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El viaje sin regreso de las novias extranjeras de Estado Islámico

La serie El Velo, en Star+, comienza en un enorme campamento de refugiados en la frontera entre Siria y Turquía. De lejos parece una ciudad. Es invierno y la nieve lo tapa todo. Se ve a mujeres y niños que malviven en carpas pasando frío y hambre. Un incidente por unas bolsas de harina desata el conflicto. Unas refugiadas jazidíes descubren o creen ver entre ellas a una francesa militante del Estado Islámico, la organización responsable de sus desgracias, e intentan lincharla. Los guardias del campo llegan con lo justo y la salvan.

La ficción toma elementos verosímiles, como la miseria, la violencia y la presencia de una chica europea y educada militante de EI. En la vida real no hay ninguna agente secreta como la que interpreta Elisabeth Moss que rescate a las mujeres de los campos de refugiados. En cambio, sí existe un campamento con las características del de la serie; se llama Al Hol, está en el noreste de Siria, cerca de la frontera con Irak, y es controlado por las Fuerzas Democráticas Sirias (kurdas), con respaldo de Estados Unidos.

Se calcula que de sus 50.000 habitantes, no menos de 6000 son mujeres y niños occidentales.

Nadie sabe qué hacer con esa gente. Las repatriaciones se dan por goteo; seis familias hoy, ocho dentro de tres meses. Los refugiados pueden estar años en ese limbo donde falta de todo menos conflictos y enfermedades y donde los chicos crecen malnutridos o mueren porque no alcanza la atención médica.

Es difícil determinar quiénes son civiles inocentes que huían de la guerra y quiénes terroristas o exterroristas. En el caso de las mujeres y niños originarios de la región, los clanes y tribus árabes no los quieren de regreso. El temor a la infiltración del EI es más fuerte que la compasión. Los países occidentales tampoco tienen apuro para determinar qué destino se les dará a sus ciudadanas. Naciones como Finlandia o Australia toman infinitos recaudos al repatriar a sus connacionales ante el temor de que lleven con ellas un nuevo germen de extremismo.

Las mujeres son sospechosas de haber participado en los crímenes del jihadismo o al menos de haber colaborado con ellos. Muchas reivindican abiertamente al EI. Estas son mantenidas separadas del resto por la violencia que provocan contra las refugiadas que no comparten su fanatismo. Otras, sobre todo las europeas, se muestran arrepentidas y también están las que juran completa inocencia.

Un caso que expuso el desconcertante fenómeno de chicas y mujeres occidentales de clase media o baja que viajaban en secreto a Siria para unirse a las filas del EI fue el de tres adolescentes de 15 y 16 años de Bethnal Green, un barrio de clase obrera con fuerte presencia islámica en el este de Londres, en febrero de 2015. Solo una sobrevivió a la aventura, Shamima Begum, que está en Al Hol, pero los tres hijos que tuvo con un jihadista murieron.

La cobertura de los medios que siguió a la noticia de la huida de las tres chicas recordó al mundo una realidad conocida pero que no había tenido antes derivaciones políticas tan llamativas: el sometimiento familiar y comunitario de mujeres musulmanas de clase baja en las grandes capitales europeas. A muchas de ellas la frustración las llevó a buscar refugio en la religión. Manipuladas por imanes extremistas, decenas de ellas terminaron abandonando sus familias y su país, para cruzar Europa e ingresar a Siria en plena guerra civil para unirse al EI. Una locura que solo era el comienzo de algo mucho peor.

Pero en este proceso primero fue la radicalización religiosa, que surgió como una consecuencia de la realidad familiar y social que soportaban. En el hogar, las demandas y la vigilancia permanente. Afuera, la discriminación y la falta de perspectivas.

La mezquita era una de las pocas salidas que sus familias no objetaban y un espacio libre de exigencias y control. Allí podían hablar con un imán o alguna mujer de la comunidad en los grupos de acción social. De a poco se fueron comprometiendo con una versión radicalizada de la religión, la de la rama más extrema del salafismo. Comenzaron a usar el velo, y las que ya lo hacían, a cubrirse la cara.

Las redes tuvieron un rol fundamental en las conversiones, no solo entre las adolescentes. Cuentas de Facebook y de Twitter las invitaban a participar de una aventura épica, la construcción de un califato, un nuevo Estado sólo para musulmanes, sin infieles. Serían verdaderamente libres bajo la Sharia y fuera del alcance de un régimen secular.

No entendían todo porque no hablaban árabe, y algunos videos que mostraban los crímenes de los jihadistas resultaban perturbadores, pero la manipulación psicológica hacía efecto. Necesitaban creer.

Los reclutadores les aseguraban que la propaganda norteamericana quería perjudicar al EI. Les prometían que al llegar a Siria podrían poner un negocio, trabajar o estudiar. No les decían que en realidad las opciones serían las brigadas femeninas armadas o el casamiento forzado con un jihadista, y que cuando ese combatiente muriera deberían casarse inmediatamente con otro asignado por el liderazgo militar.

Con matices, hay un patrón de casos y puede decirse que cientos de chicas y mujeres occidentales cayeron en la trampa de la propaganda por ingenuidad, ignorancia, vulnerabilidad o ansias de rebelión. El fenómeno alcanzó también a chicas nacidas en entornos cristianos o laicos que vieron en el islam una forma de religiosidad genuina o una manera de rebelarse y llamar la atención.

También hay coincidencias en que, una vez en Siria, muchas quisieron escapar y no pudieron. O se resignaron a la cosificación y el maltrato, y se acostumbraron a presenciar los crímenes más aberrantes hasta que les dejaron de llamar la atención. Finalmente, fueron arrastradas con sus hijos de pueblo en pueblo, bajo las balas, a medida que el EI se caía a pedazos, para terminar sus maridos muertos y ellas en un campo de concentración.

Hoy es difícil saber quiénes fueron víctimas o victimarias.

En Francia, cuando alguna es repatriada pasa directamente a la cárcel y es separada de sus hijos, que son puestos bajo protección del Estado hasta que la situación legal se resuelva. Gran Bretaña le quitó la nacionalidad a la sobreviviente de Bethnal Green. Shamima Begum quedó en condición de apátrida y eso impide que pueda dejar Al Hol, ya que no hay país que la reciba.

Leonora Messing, una alemana de 15 años que se convirtió al islam sin que su familia se diera cuenta y terminó en Siria casada con un jihadista, fue repatriada y juzgada por trata de personas. Su marido, también alemán, había comprado a una mujer yazidí en condición de esclava.

Arrepentidas o no, esperan su destino en el limbo de Al Hol, o en las cárceles de sus países, para siempre marcadas como las novias del Estado Islámico.

LA NACION

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