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Los poemas perdidos de Dorothy Parker, una pluma ácida y provocadora que supo estar en lo más alto

“Si podés leer esto, estás parado demasiado cerca”, fue uno de los epitafios que barajó para eternizar su perezosa lápida. Pero al final, la que terminó ganando la pulseada y hoy se exhibe en la tumba donde descansan sus cenizas en un cementerio de Baltimore, acabó siendo otra un tanto más cínica, acorde a su acostumbrada acidez e imbatible sentido del humor: “Excuse my dust” (Perdonen mi polvo).

Cuenta la leyenda que las cenizas de la escritora Dorothy Parker (1893-1967) estuvieron 15 años olvidadas en el despacho de un viril abogado en Nueva York, a la espera de que algún sobreviviente de su entorno tuviera piedad de hacerse cargo. Las esperanzas apuntaban a sus íntimas de la socialité, Gloria Vanderbilt y Lillian Hellman (la esposa de Dashiell Hammet). Pero ellas no perdonaron que su amiga Hyde –recordada por frases como “lo primero que hago por las mañanas es cepillarme los dientes y afilar la lengua”– nunca volviera a ser Jekyll, y la urna itinerante finalmente fue a parar a un discreto memorial emplazado en un desangelado camposanto de Baltimore.

Desde muy joven, Dorothy Parker sintió en su chispeante plexo solar que aferraba ese implacable látigo que Dios les tiende a los escritores para enfrentarse a la prueba máxima: escribir bien o alcanzar a lo Buonarroti el verdadero arte. Como lo inmortalizó años después Truman Capote: “Cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagelarse”.

Con ese látigo como ardiente aliado y tan a mano en adelante como sus inseparables canes, Dorothy Rotschild (Dottie prefirió cambiar su apellido adoptando el de su primer marido, Edwin Pond Parker II) se enfrentó a le beau monde y comenzó a publicar poesía para sobrevivir, a la deriva del naufragio al que terminó empujándola la muerte de su otrora adinerado padre. Hasta que, en 1917, su pluma incendiaria y provocadora tuvo vidriera en Vanity Fair, Vogue y The New Yorker, las smart magazines de la época.

Cuando apenas tenía 24 años, Vanity Fair le encargó la columna de crítica teatral, pero Parker concluyó que lo único que lograba su nuevo physique du role eran “malos asientos, audiencias ruidosas y obras ridículas”. Así que, en una de sus críticas a un musical soporífero, en un giro copernicano, el ingenio fulminante de Dottie se quitó de encima el asunto aconsejando a sus lectores con un lacónico “si no tejés, empezá un libro”.

Para el escritor y crítico Edmund Wilson, que prologó una de sus antologías de narrativa, “sus poemas parecen un tanto pasados de moda. Su prosa, en cambio, sigue muy viva. A mí me parece tan aguda y divertida como en los años en que comenzó a publicar”. Nórdica Editora acaba de lanzar por primera vez en nuestro idioma un soberbio volumen con sus poesías, Los poemas perdidos, escritas en los años posteriores a 1915.

El libro, generoso en páginas, suma una introducción de Stuart Y. Silverstein que echa algo más de luz sobre los afiebrados versos de Parker: “Publicó casi trescientos poemas en los años veinte, una media de más de un poema cada dos semanas –revela Silverstein–. Era un logro prolífico pero necesario, porque los poemas eran su principal fuente de ingresos”.

Edmund Wilson consideraba que en los años veinte y principios de los treinta la atmósfera psicológica y literaria en general era muy diferente a la que iría germinando años después a velocidad crucero en los escritores. “Podían amar, viajar, disfrutar de la noche hasta cualquier hora; podían pensar, decir o escribir todo aquello que les pareciera divertido o interesante –analiza–. Hay obras de las que no se puede decir sinceramente si son buenos o malos libros, porque en realidad no son en absoluto libros. Cuando los compras, no tienes más que papel impreso. Sin embargo, cuando compras un Dorothy Parker tienes de verdad un libro. No es Emily Brontë o Jane Austen, pero se ha tomado el trabajo de escribir bien y ha puesto una voz en lo que ha escrito, un estado mental, una era, unos pocos momentos de experiencia humana que nadie más ha transmitido”.

Dottie nunca escribió una novela, tal vez a sabiendas (verba volant, scripta manent, significa “las palabras vuelan, lo escrito queda”) que su novela la iba escribiendo a diario su propia vida. Su oeuvre está limitada a comedias, libros de poemas y relatos en los que juzgó con encendida mordacidad las rancias costumbres burguesas que en su época se imponían en esa Nueva York que conocía como nadie.

La humorista estadounidense Regina Barreca puso de relieve el hecho de que Dottie “escribió sobre el aborto cuando no se podía utilizar esa palabra y escribió sobre las adicciones químicas y emocionales cuando estos conceptos no eran más que un fulgor incipiente en la mente de los psicoanalistas”.

Dotada de una música verbal única, la pluma y la obra de Parker abundan con vehemencia en el músculo y la vena de sus obsesiones: la vida, la muerte, el matrimonio, el divorcio, el amor, las pérdidas, los perros y, claro está, el whisky. En ella llegó una vez a la conspicua deducción de que “si nadie hubiera aprendido a desnudarse, muy pocas personas estarían enamoradas”.

“Su humor intimida a algunos lectores –observa Barreca–pero solo huyen de él aquellas personas a las que la escritora no habría podido soportar de estar viva. El ingenio de Dorothy caricaturiza a los que se engañan a sí mismos, a los poderosos, a los déspotas, a los vanos, a los tontos y a los engreídos. Jamás ridiculiza a los marginados, ni a los marginales, ni a los parias. Cuando Parker se lanza a la yugular, normalmente, por ella fluye sangre azul”.

A renglón seguido, una de las lacerantes sentencias de Dottie explica cabalmente lo que afirma Barreca: “Si querés saber lo que Dios piensa del dinero, solo echale un vistazo a la gente a la cual se lo dio”.

La vigencia de la Ley Seca no logró cerrar la canilla de scotch a la sed inapagable de Dottie y sus camaradas de entonces, Robert Benchley y Robert Sherwood, que ya en 1919 habían formado la célebre Mesa Redonda del hotel Algonquin de Manhattan. “La brevedad es el alma de la lingerie”, escribió por entonces en medio de una de aquellas pletóricas y trasnochadas tertulias literarias.

“El hecho de que Parker sea brutalmente graciosa –sostiene Barreca– no es ninguna broma: la naturaleza implacable del humor que empleaba, no solo consigo misma sino con cualquier personaje que se tomara demasiado en serio, constituye su sello característico. Su ingenio no sorprende a quienes hayan leído más de dos o tres de sus obras, ya sean relatos, poemas, piezas teatrales o reseñas, pues los efectos de su estilo no dependen tanto de la emboscada de lo inesperado como de la expectativa de lo inevitable”. Pero como decía Flaubert, “no bien llegamos a este mundo, pedazos de nosotros comienzan a caerse”. La obra maestra, una vez concluida, “difícilmente se detiene –como concedía Julian Barnes–. Continúa en movimiento, cuesta abajo”.

En 1929 Dottie ganó el Premio O. Henry por su relato “Big Blonde” (rebautizado al castellano como “Una rubia imponente”) y para comienzos de los años 30 ya era toda una celebridad. Las mujeres y los hombres que deambulan en sus cuentos recogiendo los hábitos burgueses escondidos bajo la alfombra –reunidos en “Narrativa Completa” (Debolsillo, 2011)–son en su mayoría seres patéticos que desafiaron la máxima de Santa Teresa y derraman más lágrimas por plegarias no atendidas.

La recientemente desaparecida escritora y crítica de danza Joan Acocella recordó en un ensayo de 1993 en The New Yorker que “los dramaturgos escribían obras sobre ella y la gente la seguía a los cocktail parties esperando que dijera algo divertido”. Pero ya entonces la procesión iba por dentro. “Descubrió que si tomaba pequeños sorbos de scotch durante todo el día, las horas pasaban más fácilmente”, reveló Acocella. Y cuando no hablaba de suicidarse, directamente estaba intentándolo.

Según ventiló una de sus biógrafas, Marion Meade, entre 1923 y 1932 buscó quitarse la vida cuatro veces: cortándose las muñecas, tomando Veronal y barbitúricos, y hasta ensayando un fondo blanco con una botella de lustra zapatos. Irónicamente, aquel fue el período dorado de su trabajo.

Después de numerosos affairs, hacia 1933, a los 39 años, Dottie conoció al actor de pacotilla Alan Campbell, once años menor que ella, y un año más tarde estaban comprando un auto, contrajeron matrimonio y condujeron sus abyectos sueños de alcohol rumbo a Hollywood. Su fuerza y originalidad contribuyeron a emparchar dos docenas de películas (casi siempre en colaboración con Campbell), pero Parker odiaba ese trabajo. Probablemente su mejor filme haya sido Nace una estrella, de 1937, que le hizo ganar una nominación al premio de la Academia.

Cuando en 1963 Campbell murió de una sobredosis de alcohol y barbitúricos, Dottie regresó a Nueva York, donde pasó sus últimos años en una suerte de crepúsculo alcohólico. “No te sientas mal cuando yo muera –le advirtió a un amigo–. He estado muerta durante largo tiempo”. Para Acocella, “en términos de percepción pública, lo que decía era verdad”. Dottie murió de un ataque al corazón, en 1967, a los 74 años, en el hotel Volney de Nueva York, acompañada de su perro y varias botellas de whisky, “los obituarios sorprendieron a la gente –recordó Acocella–. Pensaban que Dorothy había muerto décadas atrás”.

LA NACION

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