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Pruebas Aprender: una catástrofe educativa que ningún dirigente termina de “humanizar «

Entre 2013 y 2023 se sucedieron tres gobiernos nacionales, dos del mismo signo político y uno distinto. Lo único casi invariable fueron las malas notas obtenidas por los alumnos en lengua y matemática en sexto grado del nivel primario.

Prácticamente no hubo diferencias entre los resultados de las evaluaciones en la segunda presidencia de Cristina Kirchner, en la única de Mauricio Macri–que las bautizó Aprender e incluso las convirtió en bienales para cada nivel– y la de Alberto Fernández, que casi lidera el récord mundial de días sin presencialidad en las escuelas por las restricciones que impuso frente a la pandemia de Covid.

También lo único casi invariable entre 2013 y 2023 fueron las cúpulas de los gremios docentes que, además, siempre han tenido férreas actitudes en favor de mejorar sus condiciones laborales, pero han esquivado responder por qué en las aulas sus alumnos no adquieren los saberes más que vitales para la vida adulta.

La única metodología de los gremios es el paro en reclamo de mejoras laborales, pero no han desarrollado iniciativas para autoevaluarse ni definir dónde fallan en su metodología frente a sus alumnos.

Lo paradójico de estos resultados desfavorables de las pruebas Aprender 2023, que se habían difundido preliminarmente en diciembre y ahora son definitivos, es que todos los políticos han manifestado en esta década, lo mismo que en las anteriores y lo que prometerán para las próximas: la educación es clave para el desarrollo del país.

Lo único distinto en estos 10 años es que desde diciembre pasado el ministerio nacional fue degradado a secretaría, aunque el diálogo con las provincias que definen en forma autónoma sus políticas se sucede con cierta armonía. De hecho, esta misma semana acordaron avanzar en un Compromiso Federal por la Alfabetización. Ya ningún distrito, con tantas evaluaciones a disposición, puede dejar de intentar mejorar la situación de los estudiantes argentinos.

Pero ningún dirigente termina de “humanizar” esas evaluaciones de aprendizaje. No le ponen nombre y apellido a la catástrofe. Eso sí pueden hacerlo los docentes que cotidianamente y desde hace años ven pasar por sus aulas las dificultades de sus alumnos para entender consignas.

¿Alguien piensa qué pasó con aquel chico de 6° grado de 2013 que no comprendía lo que leía y no podía resolver cálculos? Pasaron 10 años, ¿alguien cree que está, como debería por una cuestión temporal, terminando una carrera universitaria? ¿Alguien piensa poner el foco en el estudiante real detrás de las malas notas?

LA NACION

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