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A 140 km de Capital: una pareja reinventó un pueblo rural de tan solo 450 habitantes con una técnica de Gaudí

El enigmático Antoni Gaudí solía decir que el arquitecto es capaz de ver las cosas en conjunto antes de que estén hechas. Quizás con esa premisa Paula Reina debe haber visto a Carlos Beguerie, un pequeño pueblo dentro del partido de Roque Pérez en la provincia de Buenos Aires, que volvió del olvido.

El sitio lleva el nombre de un entrerriano que se destacó en el colegio de Paraná, donde compartió aulas con el ex presidente Julio Argentino Roca. Más tarde fue parte de las huestes de la guerra de la Triple Alianza contra Paraguay. Finalizada la contienda se instaló en la provincia de Buenos Aires para llevar adelante una explotación agropecuaria.

En ocasión de la llegada de ferrocarril, donó allí los terrenos que dieron vida al pueblo en los alrededores de la estación. Clavado en una encrucijada del empalme de las vías, se transformó en una locación célebre hasta tomar un apodo: “la perla del Provincial”. Explotación agrícola-ganadera, ciruelas manzanas, duraznos, membrillos, junto a 2.000 litros diarios de leche provenientes de una media docena de estancias de la región: La Carlota, Los Pinos, Los Altos Verdes, entre otras, todo transportado por el ferrocarril.

Carlos Beguerie tenía por entonces más de 2000 habitantes, dos médicos, un farmacéutico y cuatro almacenes de ramos generales. Es decir, más de cuatro veces la cantidad de personas que habitan el pueblo hoy.

Una de ellas es Paula Reina, cuyo destino estuvo vinculado a la cercana Roque Pérez desde la panza. Apenas por un día no nació allí, sino en Banfield. Su padre, un inmigrante italiano que llegó junto al resto de su familia para reencontrarse con el abuelo que había emigrado siete años antes, conoció a una chaqueña con quien formó una familia de seis hijos. Fue una infancia con muchos amigos en el barrio y gran pasión por las manualidades que transmitía el papá marmolero y carpintero. “De chiquita aprendí a ser curiosa y a intentar todas las veces que fue necesario -relata Paula-, mientras olía la merienda casera de mamá que esperaba cada día cuando volvíamos de la escuela”.

Los veranos se vivían en una casita hecha con las manos familiares en San Miguel del Monte. Los dos hermanos de Paula y su padre volvían durante la semana a trabajar a Banfield, mientras la mamá se inspiraba en la técnica del trencadís de Gaudí para cubrir el piso de la casa de descanso con trocitos de cerámicos. Durante la semana las chicas juntaban lombrices para venderlas a los pescadores los sábados y domingos.

Cuando Paula terminó la secundaria decidió que quería irse a vivir al campo. En Roque Pérez vivían sus padrinos, peones en una estancia junto a sus dos hijos. Así que, 18 años después, volvió al pueblo. “Fui aprendiendo de todo -continúa-, me puse en pareja con Pocho y conviví 15 años en el puesto de la estancia. Fui un peón más. No me importaban las madrugadas, las heladas, los calores fuertes, ni el chicotazo de un alambre, días enteros de arreos o arar un campo. Disfrutaba de descansar bajo la sombra al costado de una cuneta, cuidando vacas de un vecino mientras pastoreaban”.

Un sueño compartido de a tres

Apenas pudieron compraron un terrenito en Roque Pérez. La gran parte de la casa fue levantada con sus propias manos. “Coloqué metros y metros de piso solo con coraje -recuerda- No sabía cómo hacerlo, iba aprendiendo sobre la marcha”.

El tiempo pasó, el amor de pareja se fue apagando, pero el de familia seguía intacto. Decidieron separarse, pero siempre acompañarse. “En ese tiempo -sigue- solía caminar mucho, sacar fotografías a los paisajes y a la naturaleza, llegar hasta el río Salado y esperar el amanecer. Fue cuando empezaron a ser furor las páginas de pueblos de Buenos Aires. La gente me comenzó a seguir y a preguntar de dónde eran mis imágenes. Llegaban a visitarme a casa personas que no conocía, pero los llevaba en mi auto de recorrida hasta Carlos Beguerie, el único pueblo rural del partido de Roque Pérez donde había un almacén de campo”. Ahí hacían un alto en la huella y picaban algo. Por dentro le rondaba a Paula una idea: ¡qué lástima que no tengan donde quedarse!

En 1961 pasó por Carlos Beguerie el último tren de pasajeros y seis años más tarde el último vagón de carga con más de 40 familias que partieron con otros rumbos. El pueblo quedó por entonces casi desolado. Pero Paula consideraba que el lugar merecía un alojamiento. En 2017 compró una casita con Pocho, su ex pareja. Apenas diez días después, a él le diagnostican leucemia. La pelearon juntos en el Hospital del Cruce de Varela. Estando allí recibieron una foto de Graciela y Esteban, unos visitantes con los que habían compartido una picada. La foto era de su casita y el mensaje decía “volvimos a Beguerie”. Eso los animó a volver a soñar.

Más adelante, Paula conoció por Facebook a Rubén. Él estaba en Entre Ríos, en General Ramírez, a 550 km de distancia. Charlas mediante, el vínculo creció. “Siempre estaba fuerte para sostener a Pocho y acompañarlo en su enfermedad -cuenta Paula-, pero en mis momentos de desahogo estaba sola”.

Cuando empezó a hablar con Rubén, Paula le aclaró que ella venía “con un combo”. No tenía hijos, pero sí una ex pareja a la que iba a acompañar siempre. A su vez, le contó a Pocho y él la animó a seguir adelante.

El sueño del alojamiento se hizo realidad con los primeros huéspedes, justo unos días antes de la muerte de Pocho.

El camino de regreso a Gaudí

El alojamiento se llama El Rebusque y es liderado por Paula y el escritor Rubén Feit. La casa fue armada a partir del rejunte de descarte. “Estás casonas tienen más de 100 años y al poquito tiempo de pintadas, las paredes se descascaran”, explica Paula.

En una visita de ambos a la antigua casa familiar con el piso sembrado de rompecabezas de mosaicos, se les ocurrió repetir la técnica. “Juntamos pedazos de cerámicos por todos lados -sigue Paula-, hasta los vecinos nos traían recortes de sus casa. El corralón del pueblo nos regaló una cuantiosa cantidad. Así empezamos a pegar, sin ningún conocimiento, sólo las ganas de hacer. Nos inspiraba la flora y la fauna, además de nuestras costumbres”. Hoy las paredes representan sus pagos, su gente, sus ríos y animales. “Lo único diseñado previamente en un papelito fue la figura de Pocho a caballo”, relata ella. Hoy este mural recibe a cientos de personas que llegan cada mes a conocerlos.

Cubrieron la totalidad de la construcción con murales hechos con pedacitos de cerámicos, rememorando la técnica de Gaudí y de la mamá de Paula. El Rebusque se convirtió en la punta de lanza para que llegaran muchos otros emprendimientos que se animaron a apostar por Carlos Beguerie.

Hoy hay seis alojamientos, almacenes de campo, parrilla, paseo, jardín, y hasta una oficina de turismo que ofrece visitas guiadas y bicicletas gratuitas para recorrer el pueblo, no sólo lo agreste, sino para descubrir un sitio bien auténtico, con identidad y arraigo.

“La propuesta incluye disfrutar de las viejas construcciones, de la iglesia del Perpetuo Socorro, de las plazas donde también está nuestra intervención -afirma Paula-, con tableros de damas y tatetí con la técnica del trencadis, un mural de las Islas Malvinas y otro en el cuartel de bomberos”. En cada columna de luminaria pública aplicaron intervenciones de aves autóctonas que guían hasta El Rebusque.

“Fuimos ese puntapié de confianza para la gente del pueblo -continúa-, para que se animen a valorar lo que tienen. No todo está atado a un nivel adquisitivo importante. Con ganas, perseverancia, creatividad y compromiso comunitario, se puede lograr que ese tren que dejó de pasar alguna vez hoy venga transformado en turismo. Carlos Beguerie es especial. Acá realmente el visitante va a descubrir un pueblo en su verdadero esplendor, sin más brillo que el propio y el de su gente”. El trinar de los pájaros, el aroma a naturaleza pura, su gente sencilla y sus cielos estrellados… Como diría Gaudí, “original es aquello que vuelve a la simplicidad”.

Datos útiles

Whatsapp: (02227) 61-0664.

IG: @alojamientoelrebusque

Toda la casa es exclusiva para quien la alquila, no se comparte con otro grupo. Tiene capacidad hasta 6 personas y un parque amplio. Pileta, parrilla, disco, matera al aire libre, cocina completa, wifi, mesa de pool artesanal, juegos de mesa y TV. El baño queda en la parte exterior, pegado a la casa. Por día, $40.000.

LA NACION

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