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“Estaba devastada, pero había que seguir”. Andrea Bursten, de modelo a empresaria gastronómica

La fuerza de Andrea Bursten se refleja en su cuerpo, postura, en cada frase y actitud ante los temas más profundos. Brilló como modelo en los 90, y su familia feliz agotó tapas de revistas. Lo mismo sucedió cuando su marido, el empresario Federico Ribero, falleció. El duelo comenzó cuando supieron que el final era inexorable, una postal en la que participaron amigos, entre ellos muchos famosos, e impactó de lleno en la sociedad. De pronto Andrea quedaba sola, con dos chiquitos y heredando un imperio vinculado a lo gastronómico.

Hoy, a los 51, luce con orgullo el título de empresaria y es dueña de una sabiduría que conmueve. Está en pareja con Juan Manuel “Cochito” López, piloto de automovilismo, con quien comparte lo que considera fundamental en este momento: paz. “La relación es reciente, pero lo que me une a él es que ambos estamos en una búsqueda parecida, que tiene que ver con lo espiritual. Yo ya estoy hecha; sólo me interesa vivir con serenidad, compartir buenos momentos y saber que mis hijos, de a poco, se van realizando”, dice Andrea.

–¿Cómo están hoy tus chicos?

–Por suerte muy bien. Francesca tiene 22 y estudia Interiorismo. Cada tanto modela o hace algo vinculado a la moda porque también trabaja en la agencia de Lorena Ceriscioli. Le gusta ganar su dinero y es absolutamente hermosa por donde la mires. Pero está más abocada a la facultad, que pronto termina. Fefo (Stefano) tiene 19 y acaba de empezar Administración de Empresas.

–Salieron estudiosos…

–La verdad es que me salieron bien porque son excelentes personas. Son educados, estudiosos… Bueno, alguno más que otro. Pero hubo una buena tarea por ahí. Yo estoy orgullosa. Ellos no tuvieron una niñez fácil con todo lo que sucedió. Pero, con muchísima voluntad, pudimos salir adelante.

–Cuesta imaginar todo lo que pasaron. Y vos, además del dolor, transformándote en empresaria, sosteniendo todo.

–Tuve que hacer mucho trabajo personal. Estaba devastada, pero tenía que organizarme porque había que seguir; era madre de dos chiquitos. Yo me dedicaba a la moda, pero de pronto heredé una empresa que, con el tiempo, fue mutando. Cerramos algunos lugares pero fuimos abriendo otros. Hoy tengo seis locales: Francesca, Salvador y Public, que se repiten en diferentes shoppings. Aprendí todo junto al socio de Fede, Guillermo “Willy” Reinwick, que hoy es socio mío, amigo, hermano, un poco guardián. Al principio fue muy importante sumergirme en ese mundo; lo necesitaba para recuperarme del golpe tremendo que estaba viviendo. Mi familia vivía de la gastronomía, pero yo estaba ajena a esa situación.

–Y te zambulliste nomás. ¿Era lo que le hubiera gustado a Federico?

–Pienso que lo que pasó no se lo imaginó ni él ni nadie. A medida que avanzaba la enfermedad, obviamente ese tema era una de las preocupaciones. Dejó armada una empresa que funcionaba muy bien; tuve buenos maestros. Desde algún lugar debe estar orgulloso.

–¿En qué consiste tu trabajo?

–Más que nada en la recorrida de locales, redes sociales, y estoy muy presente físicamente. Al principio me vi empapada en cada detalle –números, proveedores–, pero hoy tengo un equipo, todo fluye diferente.

–¿Qué herramientas usaste en los peores momentos?

–Yo sabía que debía mantenerme de pie, así que todas las que estuvieron a mi alcance. Es terrible porque no se habla mucho de la muerte, no queremos asumirlo hasta que de pronto estás obligado a entender que también es parte de la vida.

–Ustedes eran una especie de tribu. Resultaba emocionante verlos en grupo, haciendo rituales.

–Los amigos que acompañaron, esa gran tribu repleta de amor, fue algo que generó Federico. Él siempre hizo una gran oda a la amistad, que luego trasladó a la familia. Por eso estamos tan acompañados, en los primeros años fue abrumador.

–Sirvió para elaborar el duelo. También para sostener a los chicos, supongo.

–Igual el duelo es el duelo y nadie lo puede hacer por el otro. No quiero decir eterno porque suena patológico, pero es muy difícil terminar de cerrar. Mi marido falleció con hijos muy chiquitos, entonces hay un montón de circunstancias de la vida que quedan con espacios en blanco, que es la ausencia. Siempre están las reflexiones sobre qué hubiera dicho o qué hubiera pensado papá. Está muy presente. Y yo creo que también es un poco mi obligación generar eso. Porque si bien pasó mucho tiempo y todos hacemos terapia, siento que de alguna manera la herida no termina de cerrarse.

–¿Con qué soñás ahora?

–Estoy tratando de remontar el asunto de mi pasión por la moda. Tuve una marca y tal vez vuelva al ruedo junto a mi hija. Pero sería una propuesta deportiva. Vamos a ver qué pasa. Ahora, si hablamos de sueños reales, lo único que me importa realmente es ver a mis chicos realizados. Ahí está mi desafío. Porque yo tengo 51 años. Disfruté mi carrera, familia, hijos. Me siento hecha en lo personal, así que ahora mi energía está puesta en ellos. No fue fácil criar sola a los chicos. Pasé momentos durísimos con criaturas de 8 y 11 años. Fue difícil y por momentos sigue siéndolo. No es que al estar más grandes uno relaja. Para nada. Yo estoy atrás.

–Ahora estás acompañada, ¿no?

–Sí, estoy saliendo con alguien hace un par de meses. Estoy con Juan desde octubre del año pasado, pero antes había tenido otra pareja; esta no es mi primera relación después de lo de Fede.

–¿Y qué esperás de esta etapa?

–Lo que tengo, que es mucha paz. Me hace bien su personalidad, nos divertimos mucho, intercambiamos libros, cocinamos, charlamos largo y profundo. Estamos en una búsqueda parecida, que tiene que ver con lo espiritual. Y eso te une mucho.

–Los dos tienen hijos, ¿ese es un ítem tachado, o no?

–Absolutamente tachado. El tiene sus chicos que aún son mini y los míos ya son grandes. Yo no me hubiese enganchado con alguien que no tuviera hijos. Ese es mi límite. Puedo involucrarme con alguien más joven que yo, como es este caso, porque no es un tema. Pero no podría estar con alguien sin hijos, que quisiera construir algo por ese lado. No quiero y calculo que tampoco podría ser.

–¿Ya están ensambladas las familias o preferís ir despacio?

–Nuestros hijos prácticamente no se conocen por la diferencia de edad, que es enorme. Yo me veo un poquito más con sus hijos, pero tampoco un montón. Ojo, se vieron todos y re buena onda, pero vamos con precaución. Estamos en el momento de vivir bastante de a dos, de ir serenos.

–La pregunta del millón es sobre tu cuidado físico…

–Yo entreno hace 30 años ininterrumpidamente. Tengo mucha disciplina. Lo hago porque me genera un bienestar enorme a nivel físico. Y lo mismo me sucede psíquicamente. A partir de eso, claro, surge un beneficio estético. Por lo tanto el esfuerzo me cierra por todos lados. Me gusta comer sano, aunque me permito un rico vino, helado de dulce de leche, que adoro. Después hay un tema genético, así que el agradecimiento es para mis padres.

LA NACION

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