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Ucrania y Gaza: pequeños alivios en dos
guerras sin final a la vista

El desembarco en las playas de Normandía, el 6 de junio de 1944, fue un momento de alivio para los países aliados. Después de casi cinco años, las fuerzas de Hitler se topaban una masa crítica de combatientes capaz de derrotarlas y dar definitivamente vuelta la Segunda Guerra Mundial. El alivio y la esperanza se convirtieron en éxtasis en las calles europeas 11 meses después, cuando, el 8 de mayo de 1945, Alemania capituló. De la cauta esperanza del Día D al desahogo eufórico del Día V. Y entre uno y otro, más dolor y más desolación, sin importar el bando.

Grandes o pequeñas, todas las guerras tienen sus días de alivio y sus días de felicidad liberada. En las dos guerras que hoy desvelan al mundo, hubo, esta semana, días de alivio para Israel y Ucrania. Pero los momentos de desahogo final, de optimismo ante un futuro de paz y reconstrucción, todavía están lejos, muy lejos.

En Medio Oriente, Israel, a través de asesores de Benjamin Netanyahu, advierte que la guerra se extenderá hasta, por lo menos, fines de este año, y Hamas, con sus filas recortadas a la mitad, cambia de táctica y se refugia en una guerra subterránea en la que se siente muy cómodo. Mientras, cientos de palestinos mueren, los israelíes pierden las esperanzas de recuperar a los rehenes y el resto del planeta se sobresalta e imagina escenarios catastróficos cada vez que el conflicto amenaza con extenderse a una conflagración regional.

En los límites de Europa, Ucrania apunta, con armas norteamericanas, a blancos más y más adentrados en territorio ruso, y el presidente Vladimir Putin insiste en su amenaza nuclear. Mientras, el mundo se altera ante la eventualidad de que la guerra derive en la posibilidad que tanto lo atormentó durante la Guerra Fría, un enfrentamiento directo entre la OTAN y Rusia.

Pasan los años y los meses, y uno y otro conflicto crecen en lugar de apagarse. En ese proceso, desestabilizan al mundo agobiado por divisiones y problemas, y siembran semillas de nuevos estallidos: ¿cómo podrán coexistir palestinos e israelíes después de una guerra que deja heridas tan pero tan hondas y sangrantes de uno y otro lado? ¿Hasta dónde llegará el nuevo fantasma nuclear luego de Putin rompiera con el tabú de las amenazas y Estados Unidos empezara a replantear sus arsenales?

Para la primera de esas preguntas, nadie tiene la respuesta. Ni el gobierno de Netanyahu ni Hamas tienen un plan para “el día después”. Probablemente, no quieren tenerlo.

1) Ofensiva sin fecha de vencimiento

Las sonrisas de los cuatro rehenes liberados ayer en Nuseirat le llevaron a Israel algo de un muy necesitado, pero esquivo, consuelo después de la pesadilla del 7 de octubre pasado. Cada rincón del país celebró la vida de Noa, Almog, Andrey y Shlomi, y, en las calles, muchos exigieron el regreso del resto de los 130 israelíes secuestrados por Hamas. La contracara de esa alegría fue Gaza, donde la escena de bombardeos y muerte se repitió por enésima vez. Unos y otros deberán esperar para que los rehenes israelíes recuperen la libertad y las calles gazatíes, la vida.

La guerra entre Israel y Hamas no da ninguna señal de diluirse; todo lo contrario, los gestos y amenazas apuntan incluso a una ampliación en la frontera con el Líbano.

Este sábado, el primer indicio de que la guerra no tiene fecha de vencimiento lo dio Netanyahu, apenas horas después de la liberación de los cuatro rehenes. “No nos detendremos hasta completar la misión de traer a todos los secuestrados a casa”, dijo el premier.

Esa misión podría lograrse de forma diplomática, pero parece improbable. Estados Unidos, Qatar y Egipto conducen desde hace meses negociaciones para nuevo alto al fuego, luego del acordado en noviembre. Netanyahu y Hamas se alternan el “no” cada vez que los negociadores llegan al umbral de una tregua. El primero, porque quiere la liberación de todos los rehenes, el final del grupo terrorista y una Gaza bajo control israelí antes de comprometerse con la paz definitiva. El segundo, porque pretende que Israel acabe totalmente con su ofensiva y le garantice que se retirará de la franja antes de devolver a los rehenes.

Queda entonces la opción militar. Y si los datos de estos meses de ofensiva israelí sobre Gaza, fuera parámetro para proyectar cuánto tardará Israel en cumplir su objetivo de recuperar los rehenes y desbaratar a Hamas, entonces la guerra irá mucho más allá de 2024.

En ocho meses de operaciones en la Franja, las Fuerzas de Defensa de Israel recuperaron con vida solo a siete cautivos y, de acuerdo con un cálculo que realizó la semana pasada la agencia Reuters, acabaron con entre 10.000 y 12.000 de los 25.000 militantes de Hamas. El total de palestinos muertos superó los 35.000, un número provisto por autoridades de Gaza y avalado por organismos internacionales. La mayoría de esos muertos son civiles, sobre todo, mujeres y niños.

Por su lado, el grupo terrorista, pasó de una estrategia de combate convencional a refugiarse en sus túneles para, desde allí y rodeado de escudos humanos, blandir una guerra subterránea para la que se preparó durante más de una década. Ni Hamas ni Israel parecen interesados en los civiles palestinos.

La operación de liberación de los rehenes fue un respiro más que oportuno para un Netanyahu cada vez más aislado en el mundo y más cuestionado dentro de Israel.

La noticia irrumpió entrada la tarde de Israel, apenas unas horas antes de que Benny Gantz, exmilitar, exministro y el candidato con más chances de derrotar al premier en caso de elecciones, anunciara que iba a abandonar el gobierno de unidad de Netanyahu ante la inexistencia de un final para la guerra y un “plan del día después”. Gantz decidió entonces suspender su anuncio.

El líder de las mil vidas mantiene su gobierno gracias a los ultraortodoxos y la extrema derecha, determinados a aniquilar a Hamas y a hacerse con el control total de Gaza y hasta de Cisjordania. Concentrado en esa, Netanyahu no da señales de pensar en una tregua. Si lo abandonan sus aliados, el gobierno cae y al premier le esperan varias causas por corrupción y tráfico de influencias.

Eso llevó a un impaciente Joe Biden a insinuar, la semana pasada, que la guerra en Gaza es más política que cualquier otra cosa. En Washington, funcionarios y especialistas sospechan que Netanyahu quiere prolongar la guerra hasta las elecciones norteamericanas del 5 de noviembre próximo, a la expectativa de que gane Donald Trump, de quien espera un aval total para su ofensiva.

Además de la Franja de Gaza, Netanyahu y su gobierno tienen otro frente bélico sobre el que preparan definiciones. En la frontera con el Líbano los enfrentamientos con Hezbollah son cada vez más frecuentes e intensos.

Después de la matanza perpetrada por Hamas el 7 de octubre, el gobierno de Israel desplazó hacia el sur a unas 70.000 personas que vivían cerca de esa frontera norte. Pero la presión de esos israelíes por regresar a sus hogares crece y la administración Netanyahu apunta a que vuelvan a sus ciudades en septiembre, para el comienzo de las clases. Antes debería blindar el área de los ataques de Hezbollah, lo que hace prever a especialistas y otros gobiernos una escalada inminente en el norte.

2. Adiós a las líneas rojas

La guerra en Medio Oriente ya fue más allá de las fronteras de Israel, Gaza o el Líbano, con el intercambio de ataques controlados entre fuerzas israelíes e iraníes, en abril pasado. Ese cruce puso al mundo al borde de un ataque de nervios por el potencial catastrófico de impacto global que tiene una eventual guerra entre los mayores enemigos de Medio Oriente.

El otro conflicto con capacidad de conducir al planeta al mismo estado derriba gradualmente tabúes y líneas rojas en lugar de desescalar. Ajena a cualquier negociación diplomática, la guerra de desgaste entre Ucrania y Rusia se extiende de a poco, a veces de forma imperceptible y sin marchas atrás.

En febrero de 2022, cuando Putin ordenó la invasión de sus vecinos, Occidente fue al rescate de Ucrania con todo su apoyo financiero y una ayuda militar fuerte, pero llena de líneas rojas.

En ese momento Biden y sus pares europeos lo dejaron clarísimo: para Kiev, no habría ni aviones de combate, ni armas de largo alcance, ni soldados norteamericanos, nada que involucrara a Estados Unidos o Europa en una guerra directa con Rusia.

Dos años después, en medio de una guerra en la que ni Ucrania ni Rusia logran sacar una ventaja definitiva y ante un Putin que evitó el colapso económico y reforzó el control sobre los rusos como nunca, Occidente borra lentamente sus líneas rojas. Para Ucrania, el final de algunas de esas líneas también trajo la semana pasada días de alivio.

El respiro para Kiev fue diferente al de Israel y llegó en la forma de mensajes. Por un lado –el más significativo para el presidente Volodimir Zelensky–, la Casa Blanca habilitó a Ucrania a usar sus armas en territorio ruso.

Por el otro, en las playas de Normandía, Estados Unidos y Francia –dos aliados que, a veces, se recelan tanto que parecen rivales– renovaron su respaldo justo cuando el gobierno ucraniano se asustaba ante el hartazgo con la guerra registrado entre norteamericanos y europeos.

Ante un Putin con afanes totalitarios, las democracias occidentales ofrecieron resistencia y victoria desde el mismo lugar donde empezó el final del nazismo.

Zelensky agradeció inmediatamente a Biden la autorización para usar las armas más allá de las fronteras ucranianas. Pero fue por más. Al habilitarlas, la Casa Blanca advirtió que su uso debía estar dedicado a reforzar la defensa de Kharkiv, la ciudad del nordeste ucraniano que es blanco de ataques aéreos lanzados por Rusia desde puntos cercanos a la frontera. Y descartó expresamente que su arsenal fuera a ser empleado para alcanzar, por ejemplo, Moscú.

Sin embargo, no pasaron muchos días hasta que el presidente ucraniano le pidiera a Estados Unidos que le permitiera lanzar ofensivas aéreas más profundas. Las líneas rojas caen y… ¿será que algún día los proyectiles norteamericanos tocarán Moscú?

Putin, alertado por esta autorización, hizo algo que nunca había hecho desde el inicio de la guerra: hablar con periodistas occidentales. Un poco desconcertado, un poco enojado, dijo: “Por alguna razón, Occidente cree que Rusia nunca va a usar armas nucleares”. Claro, un Putin que sobreestimó sus fuerzas de entrada repite esta amenaza desde hace dos años. Ya casi parecen palabras vacías. Tal vez no lo sean para nada.

Anteayer, la Casa Blanca advirtió que analiza cambiar su estrategia nuclear de décadas ante las constantes amenazas rusas y el avance de los arsenales nucleares de China. En un discurso ante la Asociación para el Control de Armas, Pranay Vaddi, director del Consejo de Seguridad Nacional, dijo que el gobierno evalúa pasar de una estrategia de “modernización de armas nucleares” a una de “expansión de los arsenales”. Las potencias, otra vez en la carrera de armas que desveló al mundo con pesadillas de destrucción nuclear.

Para Israel y Ucrania, los alivios de esta semana fueron necesarios y bienvenidos, pero el largo plazo de esas guerras trae pocos respiros.

LA NACION

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