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Feriado XL: escapada a un pueblo a menos de 100 kilómetros de Buenos Aires para un almuerzo inolvidable

En el partido de Exaltación de la Cruz, a unos pocos km de la ruta N°8 en el km 91, la localidad de Diego Gaynor se despereza del letargo de la mano del turismo. En esos kilómetros de asfalto poceado, la señal de celular se pierde irremediablemente, luego vuelve, luego se va, primer indicio para desconectar del frenesí cotidiano. El sol que asoma en el confín del mar de pasto que es la pampa y luego las noches oscuras, la lluvia tenue, la muchedumbre de estrellas, los rayos de la luna acariciando los campos amarillos de canola…

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“Y ahora se quejan de los pozos. Pensar que cuando vine quedabas aislado si llovía. Y se iba caminando a trabajar, por las vías, hasta Capilla”, cuenta Juan Carlos González, de 53 años, con boina y bombachas de gaucho. Dice que llegó en el 73 a construir la ruta: hoy junto con su mujer Susana, sus 14 hijos y nietos, forma parte de los pobladores más antiguos.

El persigue infructuosamente un chancho gordo, atrás de su casa en el terreno lindero, cerca de la cuidada estación. Dice que “está liiiiindo para la parrillaaaaa”, mientras señala, más lejos, el vecino campo inundado para insistir que “acá, cuando llueve, llueve”.

Un cartel un tanto descolorido en la entrada al pueblo, en la ochava de la esquina sobre una plaza enorme, da la bienvenida. Los pocos parroquianos acodados allí, en la calle, bebiendo el eterno trago que calme sus ansias de eternidad, recargan su botella de cerveza que parece pinchada en el antiguo Almacén El Descanso, sobre la Avenida Lazzaro, también conocido como el Almacén de Betty. Allí también se dan cita viajeros en moto o bicicletas en busca de bebidas y sándwiches hechos en el momento.

Beatriz Isabel Carelle (68), más conocida como Betty, nació y se crio en Gaynor. Cuenta que el negocio lo puso su abuela y su abuelo. Ellos vinieron de una Italia en guerra a este país generoso para desembarcar en el campo a trabajar; ella como cocinera y él como parquista, hasta que juntaron un dinero y construyeron El Descanso, aproximadamente en 1922.

“Mi papá Oscar nació en 1928 pero no siguió con el almacén porque no le gustaba. Cuando se casó con mi mamá, Isabel Esteinou, vinieron para el paraje pero no abrieron. Recién volví a abrir hace 20 años, en una parte de la edificación, porque antes era mucho más grande” dice.

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“Yo nací acá -reitera-, y recuerdo cuando las calles eran de tierra. En esa época estaba la estación, era zona de tambos y venían a cargar la leche en esos trenes y de paso hacían las compras. Al cerrarse la estación y hasta que los trenes dejaron de circular en los 90, todo cambió y mucha gente se fue. En los 70 hicieron el asfalto hasta la ruta 8; en el 75, vino la luz”, recuerda.

Un poco de historia

Elena Gaynor de Duggan donó parcelas para la construcción de una parada del Ferrocarril Central Argentino -a 14 kilómetros de la cabecera del distrito de Exaltación de la Cruz: Capilla-, para que llevara el nombre de su padre, Diego. Así nació el paraje Diego Gaynor como lo conocemos hoy, una estación perdida sin trenes ni silbatos, salvo en las noches fantasmales, ubicada en el antiguo camino de Buenos Aires a Pergamino, a más de 30 años del cierre del ramal, en 1992. Hoy la vía de los trenes muertos sirve para ciclistas y caminantes que unen una estación con otra.

En el rectángulo verde que es Gaynor se suceden la escuela primaria y el jardín de infantes, la capilla San Cayetano de los años 80, que abre cuando va el cura una vez por mes, el Circuito Aeróbico, la plaza de juegos infantiles, los dos paseos ecológicos y la escuela agropecuaria para jóvenes.

Creció mucho, se ven casas nuevas, muchos se quedaron a vivir luego de la pandemia.

“Gran cantidad de ciclistas vienen de Buenos Aires, desde las 8.30 hasta las 15 los fines de semana y hasta las 13 en la semana, y luego de 17 a 21, aproximadamente. Les hago sándwiches de fiambre en el momento con pan fresco: somos una de las paradas populares del circuito de caminos rurales de la zona”.

Sin olvidarse de los restaurantes Un Galpón en Los Leones y La Materina, parada obligada del turismo gastronómico.

Dónde comer

El olor de los deliciosos costillares que preparan Nicolás Cucchi Coleoni y Leonardo Dal Maso (egresado del IAG) y el resto de las especialidades dulces que elaboran su hermana Romina y Gabriela Teglia, hacen de Un galpón en los Leones una parada ineludible en este paraje.

Además, Nicolás y Romina son profesores de educación física, él da clases en el CEPT N° 32 de Gaynor, de donde egresaron algunos de sus empleados: ellos son pareja hace 20 años.

Ofrecen un menú de pasos generoso que se sirve en el jardín de la casa -cuando diluvia no abren, no insista-, que se ofrece a los comensales con abundancia y cariño, ese que poseen también Mario Dal Maso, papá de Romina y Leonardo y cabeza de lanza al mudarse a este lugar hace 15 años. El mismo amor que poseía Teresa Lara Vázquez, alma mater también de este emprendimiento que crece de su mano, aunque ya no esté.

Escabeches, empanadas fritas de carne cortada a cuchillo, matambre de cerdo al limón en cocción larga en el chulengo sobre puré de zanahorias con curry, costillar al asador con papas fritas y ensaladas y… ¡Diez postres diferentes!. ¿Para qué más? Hay más, en mayo se sumó una gran variedad de pastas caseras.

Y hablando de pastas, otra opción es La Materina, porque son excelentes. Las prepara Claudia del vecino pueblo de Solís, y se suman a la gran parrilla de carbón y leña de donde provienen los pedazos gigantes de vacío, ojo de bife, bife de chorizo, lomo, entraña o bondiola de cerdo, que llevan el tiempo de cocción que el comensal pida, no vaya apurado, de Carolina Quirno Costa y sus hijas Sol y Sofía Grimaldi. Se come cómodamente en una casa con jardín precioso, en el interior o al aire libre en las galerías: con mal o buen tiempo, abre igual.

Ravioles de rellenos originales como queso azul, salmón y ricotta o panceta ahumada, mozzarella y ciruela se suman a los tradicionales de verdura y ricotta. Sorrentinos, ñoquis y canelones con diversas salsas completan la propuesta a la que le siguen postres livianos… Seguro que sí: mousse de chocolate, panqueque, flan.

Vaya con tiempo: si hasta el menú sugiere hacer sobremesa y dejar el celular de lado. Si llueve y hay tormenta es probable que se corte la luz y el campo y el cielo se pongan oscuros, y sobrevenga la noche negra del alma… No. Una vez pasada la ansiedad, viene la calma. Va a escampar, sólo hay que tener un poco de paciencia para emprender la vuelta a casa.

Datos útiles

Cómo llegar: desde la ciudad de Buenos Aires hasta Diego Gaynor son 99 kilómetros por ruta 8 (Panamericana ramal Pilar). Tren Mitre de Retiro a Capilla del Señor (a 14 km de Gaynor) con trasbordo en Victoria.Gastronomía. Un galpón en Los Leones: Av. Lazzaro, Diego Gaynor. Sábados, domingos y feriados, sólo si no llueve. Sólo con reservas. Tel. 1162279076 o 1131663864. La Materina: Av. Lazzaro, Diego Gaynor, sábados, domingos y feriados, llueva o no llueva. Con y sin reservas. Tel. 11 2288-0503.

LA NACION

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