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Uruguay: los cinco destinos desconocidos con playas y vida propia

Dicen que la profundidad del agua fue el gran atractivo que Montevideo, ciudad puerto, tuvo en su momento para los colonizadores. A pocos metros de los muelles de los barcos, las lavanderas podían bajar a lavar la ropa porque era llano, había playa. Hoy pasa lo mismo con el agua, pero el uso cultural cambió. A unos kilómetros del ruido de los buques repletos de contenedores, cada verano hay niños jugando a la pelota en el agua, parejas tomando mate en reposeras de aluminio y amigas charlando paradas, pero con los pies en el agua.

Varias playas desaparecieron: se las comió la rambla, el puerto y hasta los accesos a Montevideo. Pero el Río de La Plata sigue definiendo la costa oeste de todo el territorio de Montevideo. Agua dulce, que en año de sequía puede tener un poco de océano pero que siempre es sin olas y con suelo marcado por rocas negras. Salvo “la ola de Buquebus”, que llega a estas playas 15 minutos más tarde de que se ve pasar el barco en el horizonte, aunque más que una ola lo que llega es una vibración que se expande en el agua y termina en la orilla.

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Para acercarse a casi todas estas playas -las del oeste de Montevideo, las que generalmente no aparecen en los móviles de la televisión- no hay colectivos desde el centro. La costa oeste tiene en la terminal de Paso de la Arena su centro logístico; al llegar ahí es necesario hacer combinaciones y tomarse “un local”, que sale a cada hora y media. Así que hay que calcular bien los tiempos.

Pasando Santa Catalina ya todo empieza a ser semirrural. Viejos caminos de tropa están ahora asfaltados. La vid es un rubro presente, con bodegas y variedad de parrales de uva. Por estos lares hay también un par de complejos de entrenamiento de equipos de fútbol de la primera división, mezcladas con canchas de baby fútbol y otras de fútbol 11.

¿Cómo son las playas del oeste de Montevideo? Hay de todo, algunas con sombra de eucaliptos y gente de vacaciones en carpas. Otras reciben a personas de todo Montevideo para pasar la tarde, darse un baño y tomar unos mates. Acá una crónica desde cuatro de ellas: Santa Catalina, Pajas Blancas, La Colorada y, más al oeste, Punta Espinillo.

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Santa Catalina

Un pueblo, ahora un barrio, a orillas del Río de la Plata. El agua es clara y dulce, pero sobre todo tranquila. Está misma quietud se traslada a los que están en la playa, tanto en la tarde como en la mañana el ambiente luce familiar.

Tampoco hay rambla y varios vecinos tienen el fondo de su casa con vista al agua. Y es territorio donde la historia reciente uruguaya tuvo su capítulo, porque en Santa Catalina solían reunirse militantes que formaron parte del “Coordinador” y luego del MLN-Tupamaros en los primeros años de la década de 1960, según relata Eleuterio Fernández Huidobro en su libro Historia de los tupamaros.

El barrio empieza donde está la terminal de ómnibus. Limita por la zona este con Casabó y con el casco del Cerro. La carnicería que era del ex-tupamaro Jorge Zabalza está a unas cuadras de la casa que supo ser su hogar y punto de militancia, que en plena campaña presidencial de 2019 fue el escenario donde se dio un cruce para el recuerdo con Daniel Martínez. Ahí frente al mar.

“Yo me levanto todas las mañanas y lo primero que veo es eso”, comenzó diciendo Zabalza, hoy fallecido. Señaló el río y abrazó a Martínez. “Qué hermosura”, respondió el candidato mirando el agua. Pero el ex-tupamaro le retrucó: “Lo primero que veo es la regasificadora, todos esos palos ahí. Sé que hay un caño que va desde la regasificadora hasta Punta Yeguas y todo eso son US$150 millones que están debajo del agua”, dijo Zabalza, en referencia a la planta regasificadora, para la que jamás se concluyeron sus obras. El video se viralizó rápido y quedó para la historia.

Los caños se ven desde la costa de Santa Catalina, que hace unas décadas era solo una playa de pescadores pero ya hace años la densidad poblacional aumentó y las primeras casas construidas se pierden entre las nuevas, que no están hechas con materiales tan firmes. El pueblito ahora es un barrio obrero.

—¿Sos de acá? ¿Venís seguido?

—No vivo más acá. Hace dos años me mudé, pero me crié acá, a unas cuadras de la playa. Ahora que estoy de licencia nos estamos viniendo todos los días. Lo que ves de casas no estaba antes construido, comenzó a moverse cuando yo tenía más o menos ocho años.

La que habla es Verónica, que ahora tiene 30 años y está en una reposera con su novio mirando el agua. Vive en Nuevo París y se mueve en moto.

—¿Siempre está tranquila la playa?

—Sí, salvo los fines de semana, que se llena de gente. Pero después es sobre la tardecita que viene la gente del barrio, bajan cuando llegan de trabajar.

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Dos líneas van hasta Santa Catalina y son ágiles; ver el recorrido es entender cómo funciona el barrio, que -a diferencia de otros de la zona- tiene ómnibus directos. Toda la gente se traslada para trabajar a Pocitos en el 186 y a Ciudad Vieja en el 124. Este último es el que más se toman los que viven acá, porque el ómnibus toma los accesos y es una vía rápida de viaje.

Pero Santa Catalina sigue siendo un lugar donde la pesca está muy presente. Tanto la gente que vive de eso, como los que lo hacen por deporte.

—¿Vos trabajas en la pesca?

—No -contesta José María- vengo porque mi padre me enseñó de chico y me gusta. Además, siempre digo que las mejores playas de Montevideo están acá, y la mayoría de la gente no las conoce.

José María puede estar todo el día en la playa. Vive a dos cuadras de la bajada: su familia se mudó a Santa Catalina cuando él era un niño, porque se enamoraron de la playa. Los días en los que pesca con caña parado en las rocas saca corvinas y bagres. Dice que ahora “se está pescando muy bien”. Está con dos amigos, reposeras, parlante de música y heladerita, tomando Fernet a eso de las cuatro de la tarde.

Pajas Blancas

Más al oeste, un balneario que tiene entre sus construcciones hitos que delatan su edad: un siglo. Un hotel abandonado contra la rambla, que después pasó a ser baile y parador. Pérgolas de hormigón sólido que dan al mar y mojones en la entrada, que son la base de lo que iba a ser un portón.

Una calle principal en bajada para llegar a la playa, muchos eucaliptos, una iglesia que resiste a la fiebre de los nuevos modelos arquitectónicos y en este mismo balneario florece el agua mineral Sirte, que tiene su planta a cuadras del río. Estamos bajo el acuífero Pajas Blancas, uno de los más grandes de agua dulce de Uruguay, donde esta empresa extrae agua hace más de 100 años.

En la década de 1920 se construyó el hotel con salones de fiesta y diez habitaciones, que se convirtió en un destino popular para los uruguayos y argentinos. Ahora están los vestigios de aquellas ideas que comenzaron los hermanos Oscar y José Evaristo Costa cuando compraron los predios, trazaron calles y plantaron árboles.

La visión de los Costa no prosperó, pero los actuales pobladores disfrutan a pleno de la playa, que es una de las más grandes del oeste de Montevideo con un espacio grande de arena y servicio de guardavidas.

—¿Tienen problemas con la gente, que se mete muy profundo?

—No, alguna vez, pero lo nuestro es más bien trabajo de prevención -dice Sergio, uno de los tres guardavidas del horario de la mañana- y algo que lamentablemente no podemos manejar, que es que la gente baja con los perros.

También hay varios perros callejeros en la zona, cachorros que la gente abandona y son mansos al trato con humanos, buscando comida. Entre vendedores de algodón de azúcar y borlas de fraile caseras, estamos a 17 kilómetros del centro de Montevideo. Y sí, este es un balneario, más allá de que funciona como ciudad dormitorio igual que Santa Catalina. En Pajas Blancas las construcciones, la oferta gastronómica, la rambla nueva construida y las manzanas de barrio con casas que tienen nombre, dan una pista.

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-—¿Qué se vende más?

—De todo la verdad -dice Sandra, que tiene un carrito que acepta débito como forma de pago-, lo que más salen son las hamburguesas y baurú. Estoy 14 horas trabajando. Tortas fritas, pasteles, empanadas, todo se vende.

La Colorada

Una bahía, cuidada en los dos extremos por rocas. De la punta izquierda salen los barcos a pescar, y a la derecha el camino para los que se cuelan por playas que no tienen guardavidas y son en los hechos privadas. Acá es el mar, no hay pueblo ni barrio. Sólo un ómnibus local que pasa cada hora y media y sale de Paso de la Arena. Hay un pequeño parador y un espacio para estacionar. Y hay servicios de guardavidas.

Gustavo tiene 66 años y, desde que se recibió de guardavidas en 1985, esta es la única playa en la que trabajó. Era de Pocitos, pero le gustó la zona y se mudó.

El camino para llegar a La Colorada está asfaltado, pero son muy pocas las casas que se ven, es una zona rural. Hay una estancia turística, quintas de limones y algunas nuevas plantas de olivos.

Gustavo llegó por descarte a esta playa y también a estudiar lo que ama. “Estuve tres años en veterinaria y dejé, después fisioterapia un año y también dejé”, relata. Entonces se anotó en el Instituto Superior de Educación Física (ISEF), quería ser profesor. En el medio vio la posibilidad de hacer el curso de guardavidas. Y se tiró a hacerlo.

—En aquella época en Montevideo uno elegía la playa de acuerdo a la calificación en el curso -recuerda-. Y como la mía era de las más bajas, me dijeron que lo único que me quedaba era ir al oeste. Había dos playas con servicio, una era La Colorada y la otra Frigorífico Nacional. Y me hizo gracia el nombre La Colorada, y empecé ahí de 14 a 20 horas. Viviendo en Pocitos, en la rambla y Pereira, me hacía 56 kilómetros en ómnibus.

—¿Qué es lo más característico?

—Es muy familiera. Para llegar hay que venir en bicicleta, moto o auto. Porque el ómnibus es uno cada hora y media. Uno la ve en verano y dice “qué lindo esto”. Ahora en invierno es otra cosa, acá no hay Abitab, farmacia, ferretería, nada.

Pero sí hay nuevos vecinos. Mucha gente ha venido a vivir a La Colorada huyendo del ruido. Compran una o dos hectáreas y se hacen una casa de campo para descansar.

Punta Espinillo

Un parque público, que dentro tiene una playa muy chica, y un camping privado, que por 200 pesos uruguayos se puede pasar la noche. Entre semana las carpas son pocas, pero sobre el fin de semana se llena y las 100 parcelas quedan ocupadas, al menos así viene pasando en estos días de enero que “el tiempo acompaña”, dice una de las trabajadoras del camping.

Cada parcela tiene luz, un tendido llega directo para poder poner iluminación, y lo más importante: cargar los celulares. Aunque hay algunos muy audaces que se llevan hasta batidora y licuadora, para usar entre las ramas de eucaliptos en este extenso parque.

“Es más bien un ambiente familiar, se arma a veces algún grupo de jóvenes, pero son los menos”, dice una empleada a El País un martes a las 10 de la mañana, donde se ven varias carpas instaladas. La mayoría ya en actividad.

Casi todos llegan desde barrios de Montevideo, hay también algunos que vienen de Canelones: Las Piedras y la Paz. Además del camping con espacio para lavar ropa y lo que se use para cocinar, hay baños con duchas con agua caliente.

Más allá del camping, acá casi no vive gente. La casa del rebelde diputado del Partido Ecologista Radical Intransigente (PERI), Cesar Vega, es de las pocas en la zona.

Pero el camping es lo último que tiene Punta Espinillo, al entrar primero hay un parque de la Intendencia de Montevideo (IMM) con juegos infantiles y después un espacio de parrilleros. Todo muy cuidado: tachos de basura, espacios delimitados con números, calles internas y el pasto cortado. Carteles de advertencia por la presencia de serpientes, y otros que anuncian la venta de miel y huevos.

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¿Lo más común por acá? Hacer un asado y pasar el día en familia a la sombra. Eso decidió hacer Julio y su familia, que se instalaron sobre las 11 de la mañana. “Acá ves tres generaciones, mi hijo y mi nuera, mis nietos, estos que ves acá, y los que andan por allá corriendo”, dice Julio.

Disfrutar del área libre, de la naturaleza y de la pesca, es el objetivo de esta familia que vino en camioneta con todo: leña, carne, bebidas y comida para picar. Julio dice que le quiere enseñar a sus nietos a pescar, que de joven frecuentaba la zona y que hace unos días agarró su camioneta y se animó a dar una vuelta por el parque. Hace unos siete años que no la visitaba.

En el mismo predio del Parque de Punta Espinillo, Claudio lleva a su madre a pasar la mañana y tomar unos mates viendo el agua. “Divino está acá, solía venir con mi marido. Sentarse en esta sombra, con el viento del mar, y con todo tan prolijo como tienen acá, es un placer la verdad”, dice Ilda.

Son del barrio Nuevo París y Claudio ahora está de licencia. Dice que le aburre un poco el ruido de las playas del este de Montevideo, y que esta vez salieron a probar. Ya lo saben: van a volver al oeste.

—¿Por qué les gusta el ambiente de acá o es por la playa?

—¿Fuiste hasta la playa?

—No.

Ahí empieza una minitravesía para bajar hasta la playa, a unas dos cuadras de la zona del parque. Una playita diminuta pero con una vista muy abierta del Río de la Plata. “Para mí esto es hermoso, no hay ruido, no anda nadie”, dice Claudio, que reconoce que se cansó con la caminata, pero recuerda cómo mucha de la magia de esta zona queda intacta. “Cuando éramos gurises veníamos siempre con mis amigos, en bicicleta hacíamos kilómetros. Me acuerdo de meternos por las playas que son privadas; antes le decía a una de acá, la Playa de Mailhos era una de las mejores”.

Ahora le espera una nueva aventura en el lejano oeste montevideano: volver con tiempo y con championes para caminar y encontrar las playas en las que se bañó de niño.

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Una playa y un barrio que están escondidos: “Los Cilindros”

Al final del Camino Tomkinson, después de pasar el barrio Monte Rosa, detrás de montes y viñedos, aparece el barrio Los Cilindros. Viven alrededor de 200 personas, según información que maneja el Municipio A, al que pertenecen todas estas playas. Este barrio tiene llegada de una línea de ómnibus local, pero la playa parece estar realmente aislada de todo. Es Montevideo, pero puede ser cualquier balneario de San José o Colonia.

El servicio de guardavidas trabaja en una caseta de metal, no como en las típicas de madera pintada de amarillo, que se ven en las otras bajadas. Un solo puesto improvisado que promete torta fritas a 25 pesos y anuncia que “hay hielo”, son los dos elementos que muestran que estamos en un lugar público, porque la concurrencia de personas es muy reducida.

Una playa rodeada de rocas, con la luz de pastizales amarillos, es el paisaje que los vecinos de este barrio tienen. Las casas están hechas de materiales muy sólidos, tiene balcones que dan vista al mar, y en casi todas se ven autos afuera o garajes. Son solo unas manzanas, y por la forma parece casi un barrio privado de clase obrera, aún no lo es. Los Cilindros es un oasis entre Santa Catalina y Pajas Blancas.

LA NACION

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