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Por qué el nuevo debate entre Biden y Trump tiene más riesgos y recompensas que el de 2020

WASHINGTON.- El debate del próximo jueves entre el presidente Joe Biden y el expresidente Donald Trump será el momento álgido de su partido de revancha,. Ambos candidatos de las elecciones presidenciales de Estados Unidos subirán al ring para un enfrentamiento extraordinariamente anticipado y ante los ojos de una nación furiosa y dividida.

Para Biden, el debate en Atlanta será una oportunidad para recordarle a los votantes el caos que se vivió durante el gobierno de su predecesor y los delitos penales por los que fue condenado, y advertirle del futuro aún más sombrío que les espera si Trump consigue un segundo mandato. Para Trump, es la chance de convencerlos de que durante la presidencia de su sucesor Estados Unidos se volvió más caro, débil y peligroso.

Pero el cara a cara del jueves también entraña riesgos significativos para esos dos hombres —los dos candidatos más viejos que hayan competido por la presidencia— que desde hace más de cuatro años están trabados en una lucha signada por el odio que se profesan mutuamente. Y esa animadversión es la que potencia lo impredecible de este jueves. Cualquier traspiés demasiado evidente —alguna torpeza física, cualquier laguna mental o una violenta descarga de insultos personales— podría quedar reverberando durante meses, debido al tiempo inusualmente largo que separa este primer debate del segundo, previsto para septiembre.

“Es un gran punto de inflexión”, dice Karl Rove, estratega republicano que dirigió las dos exitosas campañas presidenciales de George W. Bush. “¿Podrá Biden ser convincente al punto de que los votantes se digan: bueno, tal vez el viejo esté a la altura? ¿Y logrará Trump contenerse lo suficiente para que la gente se diga: ‘tenemos que pensar en nosotros, no tanto cómo es él’?”

El debate del jueves por la noche será el más adelantado de la historia electoral de Estados Unidos y marcadamente diferente a los que los norteamericanos han visto hasta ahora. Para empezar, esta vez el anfitrión será la cadena CNN, y no una comisión no partidaria, y será transmitido en simultáneo por más de otras cinco emisoras, sin público en el estudio y sin declaraciones de apertura. Cada candidato tendrá dos minutos para contestar cada pregunta, seguidos de un minuto para la réplica y la contrarréplica, y sus micrófonos permanecerán apagados mientras habla su adversario.

Los preparativos de ambos han adoptado enfoques sorprendentemente diferentes. Biden se reunió con sus colaboradores en Camp David para realizar ensayos formales del debate, donde el papel de Trump seguramente lo desempeñe Bob Bauer, el abogado personal del presidente. Por su parte, el exmandatario ha adoptado un enfoque más flexible, pero está participando de más “sesiones políticas” que en 2020.

Los asesores de Trump esperan que el expresidente concentre su atención en los temas donde Biden es más vulnerable —la inflación y la inmigración—, y que no se deje arrastrar a cruces sobre sus falsas afirmaciones sobre el robo de la elección de 2020 y sus acusaciones contra el sistema de justicia, que según él ha sido manipulado en su contra.

El equipo de Biden ve la oportunidad de centrar la atención de los votantes demócratas e independientes, y hasta de algunos republicanos moderados, en la radicalización que implicaría una segunda presidencia de Trump. Sin embargo, también se están preparando para que Trump ofrezca una imagen más disciplinada que en el primer debate de 2020, cuando tuvo una actuación caótica que llegó a ser comparada “con el incendio de un contenedor de basura”.

“Este debate es una oportunidad para que al pueblo norteamericano vea lo que vemos quienes analizamos de manera profesional a Donald Trump todos los días, y lo que vemos es que está más desquiciado, es más peligroso y quiere venganza, y cualquier cosa que haga llegar ese mensaje directamente al pueblo norteamericano ya es ganancia positiva”, dice Rob Flaherty, subdirector de campaña de Biden.

Por su parte, Trump se está preparando para responder si es realmente una amenaza para la democracia estadounidense y sobre su promesa de indultar a los involucrados en la toma por asalto del Capitolio, el 6 de enero de 2021. Según les dijo a sus aliados, el expresidente enfatizará que el indulto de los involucrados en esos hechos será manejado “caso por caso”, y que distinguirá entre quienes cometieron actos de violencia y quienes no.

Después de meses de cuestionar la capacidad de Biden para soportar un debate de 90 minutos y mucho menos para desempeñarse a un máximo nivel, Trump ha dado marcha atrás para reavivar la expectativa de la gente.

“No quiero subestimarlo”, dijo Trump en un podcast reciente, y se refirió al debate vicepresidencial de Biden en 2012, hace una docena de años, para elogiar las habilidades de su actual contrincante. “Venció a Paul Ryan, así que no lo subestimo”, dijo Trump.

Steven Cheung, director de comunicaciones de Trump, culpa a los medios de bajarle el precio al posible desempeño de Biden en el debate.

“El verdadero punto de referencia para el debate del jueves debería ser si Joe Biden puede o no defender su desastroso historial en materia de inflación y en cuanto a la desenfrenada invasión fronteriza, frente al incuestionable historial de éxito del primer mandato del presidente Trump”, apunta Cheung.

El evento será la primera vez que el votante norteamericano vea a Biden y Trump en un intercambio directo desde octubre de 2020, cuando se reunieron para el debate final de la campaña electoral anterior. También será la primera vez que desde entonces estén en una misma habitación.

En el medio, son muchas las cosas que han cambiado. El país atravesó una pandemia, incertidumbre económica, un asedio al Capitolio, y la caída del derecho federal al aborto, y ha terminado envuelto en dos sangrientas guerras internacionales. Hoy Trump es un delincuente condenado por 34 cargos por un jurado de Nueva York, y Biden se ha convertido en un presidente impopular que enfrenta una fuerte oposición, y no sólo de los republicanos, sino también de las bases de su propio partido.

Sin embargo, y a pesar de todo eso que cambió en estos cuatro años, las encuestas muestran poco cambio de voto: ambos son rechazados por amplios sectores de la sociedad norteamericana y la carrera es muy reñida, aunque en las encuestas nacionales de principios de este año Trump llevaba una clara ventaja.

El representante demócrata James Clyburn, aliado cercano de Biden, describe el próximo debate como un “momento potencialmente crucial” para el rumbo de campaña del actual presidente.

“La situación está empezando a cambiar”, dice Clyburn en referencia a recientes encuestas nacionales que muestran un ligero repunte de Biden. “Este debate es importante porque puede determinar si ese impulso se consolida o si se topará con algún escollo.”

Casi nadie –ni siquiera algunos de los principales estrategas de Biden– espera que el debate altere demasiado en lo inmediato una competencia entre dos candidatos bien definidos. Para los asesores de Biden, el debate es la campana de largada de las elecciones generales, una oportunidad de alto perfil para marcar la cancha para el resto del año. Por eso intentaron con éxito adelantar el debate varios meses, para generar más atención en la opinión pública sobre lo que para ellos está en juego en las elecciones de noviembre.

“Va a ser una carrera larga y reñida”, dice Molly Murphy, encuestadora de la campaña de Biden. “Al final del camino, lo decisivo será la coherencia en el mensaje, la perseverancia y estar en todo momento frente a los votantes.”

Pero el debate de este jueves es un reflejo invertido del debate de 2020. Hace cuatro años, fue Trump quien se vio obligado a defender su desempeño en medio de una pandemia devastadora. Y ahora es Biden quien enfrentará ataques por su gestión de una economía que, si bien es sólida en algunos aspectos, para muchos votantes es sinónimo de inflación y de un ajuste del mercado inmobiliario.

Trump apuntará particularmente contra tres datos que, en su opinión, muestran que su gobierno fue mejor: la mayor inflación actual, el involucramiento de Estados Unidos en dos nuevas guerras en el extranjero, y el aumento en los cruces fronterizos ilegales desde que dejó el cargo. Trump suele culpar de los crímenes y la inseguridad a la política migratoria de Biden.

El legislador republicano por Arizona, Juan Ciscomani, que se presenta a la reelección en uno de los distritos más reñidos del país, dice que ese contraste tan marcado puede favorecer a Trump. Los votantes de su distrito en el área de Tucson, señala Ciscomani, pueden comparar fácilmente cómo fue su vida durante uno y otro mandato de cuatro años.

“Podés estar desconectado de las noticias, de lo que no podés desconectarte es de no poder comer”, dijo Ciscomani. “Y desde el tema fronterizo hasta la inflación, hoy la gente siente que está peor que hace tres o cuatro años.”

Los asesores de Biden dicen que el presidente planea resaltar algunas de las propuestas más divisivas de Trump y sus allegados, como la posibilidad de deportar a millones de inmigrantes que viven en el país sin permiso legal e imponer un nuevo impuesto del 10% a las importaciones, y así pintar el sombrío panorama de lo que podría suceder si Trump vuelve a la Casa Blanca.

Como lo vienen haciendo los demócratas desde hace meses, Biden planea presentar a Trump como una amenaza para las libertades fundamentales de los norteamericanos, como el aborto y el derecho al voto. Y planean combinar esos ataques con un argumento económico: que Trump siempre elegirá a las grandes empresas y a los multimillonarios en vez de ayudar al norteamericano promedio. En los últimos días, Biden manifestó que piensa vincular su argumento económico con los antecedentes penales de Trump, resumiendo lo que está en juego como una elección “entre un delincuente condenado que sólo busca su propio beneficio y un presidente que lucha por la familia norteamericana.”

Biden también quiere culpar a Trump por la revocación de la protección constitucional del aborto -caso Roe v. Wade-, que el expresidente contribuyó a poner en marcha con sus nombramientos de jueces en la Corte Suprema. Hace cuatro años, Biden les advirtió a los votantes que en la boleta electoral de aquella elección en realidad estaban Roe v. Wade, una acusación que en el primer debate Trump rechazó: “¿Por qué dice que están en la boleta? No están en la boleta.”

Difícil que Trump este año logre esquivar el tema tan olímpicamente, sobre todo después de casi dos años de revuelo incesante, no solo por las prohibiciones para abortar, sino por los esfuerzos de los cristianos conservadores para restringir la fertilización in vitro y otros procedimientos ampliamente utilizados desde hace años. Trump lo ha consultado con Kellyanne Conway, una exasistente que pasó décadas haciendo encuestas sobre el tema, y es probable que se ajuste a la posición que ha adoptado en los últimos tiempos: la decisión sobre el aborto debe quedar en manos de cada uno de los estados.

Los demócratas señalan que Biden responderá argumentando que si Trump recupera la Casa Blanca iría todavía más lejos, imponiendo nuevas restricciones al acceso al aborto a nivel nacional.

Gail Gitcho, estratega republicana, dice que los enfrentamientos retóricos en el escenario del debate tal vez importen menos de lo habitual, dado que los votantes ya tuvieron la experiencia de vivir bajo ambos gobiernos.

“Lo que los votantes están considerando es cómo vivían cuando gobernaba Trump y cómo es su vida con el gobierno de Biden,” apunta Gitcho. “Pueden elegir entre dos gobiernos o entre dos presidentes, y es más probable que terminen eligiendo entre dos gobiernos.”

Por Lisa Lerer, Shane Goldmacher, Jonathan Swan y Maggie Haberman

Traducción de Jaime Arrambide

LA NACION

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