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Las escobas de Sarmiento

Desde que me mudé de La Plata hace unos cuántos años, vivo en la comuna cinco de la ciudad de Buenos Aires, conformada por los barrios de Almagro y Boedo. Según las estadísticas de la ciudad, y es algo que no es muy difícil de comprobar, estoy en el distrito de esta urbe con la menor cantidad de espacios verdes por persona. En los registros oficiales hay apenas 0,02 hectáreas de parques, plazas o bosques para 1000 personas. Poquito, la verdad.

Pero no es que me esté quejando de esta situación. Solo me gustaría introducir con ese comentario la visión que han tenido ciertos personajes de nuestra historia con respecto a la necesidad de que la ciudad cuente con una mayor cantidad de zonas verdes. Me quiero referir, específicamente, a Domingo Faustino Sarmiento y a su denodada insistencia en que en la ciudad se poblara de árboles.

Ya en el año 1856, antes de convertirse en el “padre del aula”, cuando ocupaba un cargo como concejal de Buenos Aires, el maestro sanjuanino decía: “Todas las plazas de las grandes ciudades están decoradas de verdura (sic), y si nos parecen embarazosos los árboles en las nuestras es porque tenemos la idea de que las plazas son destinadas para procesiones y paradas militares”.

Lo que traslucía en su mensaje Sarmiento era que había mucha gente que se oponía al avance del verde en la ciudad y parte de la población se quejaba, por caso, del arbolado que había comenzado a implantarse en la Plaza de la Victoria, parte de la actual Plaza de Mayo. “La población necesita sombras, vistas plácidas, exhalaciones húmedas de la vegetación de que desprenden oxígeno los 365 días del año”, escribía el cuyano en el diario El Nacional en 1856, demostrando que, al menos en esta materia, era un adelantado a su época.

Unos años más tarde, Sarmiento iba a salir otra vez, y con vehemencia, en defensa de la arboleda. Por partida doble. Resulta que él mismo en su presidencia de la Nación (1868-1874) había trabajado en convertir los dominios de su antiguo enemigo Juan Manuel de Rosas (exiliado en Inglaterra), que se conocían entonces como Palermo de San Benito, en un paseo público. Así, en noviembre de 1875, poco después del fin mandato del sanjuanino, pero con su impronta, se inauguró allí el Parque 3 de febrero.

Unos años más tarde, para 1883, Sarmiento ordenó plantar palmeras en una de las calles de este parque, que se llamó, a partir de entonces, la Avenida de las Palmas, o de las Palmeras (actual avenida Sarmiento). Para ese tiempo, el intendente porteño Torcuato de Alvear, gran impulsor de espacios verdes para la ciudad, también promovió la plantación de esos mismos árboles en la que hoy es Plaza de Mayo, que fueron fuertemente rechazados. A tal punto, que el concejo deliberante de Buenos Aires le exigió a Alvear que, cuanto antes, arrancara las palmeras de allí. A las palmas del Parque 3 de febrero, en tanto, la gente las llamaba burlonamente “las escobas de Sarmiento”.

Ante esta animadversión contra las palmeras de Alvear y las suyas propias, el expresidente sanjuanino escribió unas furiosas líneas en el periódico El Tribuno, en noviembre de 1883 en las que defendía al alcalde porteño. “¡Abajo las palmas de la gran plaza!” ironizaba el autor de Facundo, y seguía: “Y de paso hacerle zancadilla al intendente que no se sometió a la deliberación de los deliberantes (…) Abajo las palmas ¿Qué poner en su lugar? El pueblo pide sol, monotonía, bochinche y estupidez (…) Pues señor, arriba las palmas y que no sea con ellas arrastrada por el fango la dignidad personal del intendente”.

Lo cierto es que, con el tiempo, muchas de las palmeras de Sarmiento se secaron, quedaron en verdad como escobas y fueron retiradas de la Avenida de las Palmas. En Plaza de Mayo, en tanto, hay todavía palmeras, aunque las originales de Alvear fueron suplantadas. Lo que queda, de seguro, es la labor de estos dos hombres que se encargaron, en palabras de Avellaneda, de “dar órganos respiratorios a la ciudad”, con la mirada puesta en el futuro.

LA NACION

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