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Hinchas de Instituto en Houston para apoyar a la selección argentina en la Copa América

La pasión por la selección argentina une mundos y latitudes que parecen imposibles y que distan de cierta lógica racional. Y justamente ese es el ingrediente o el virus contagioso que se expande a modo de pandemia en todos aquellos que siguen al combinado nacional. No importa el lugar del globo terráqueo, cuando suena el himno, todos figuran unidos por la misma camiseta.

Este jueves, la explanada del moderno estadio NRG de Houston volvió a tener capítulos memorables en ese sentido. Amigos que viajan miles de kilómetros sólo para abrazarse y alentar a los campeones del mundo y a Lionel Messi, sin límites.

Como ocurre con los cordobeses del motorhome, una de las atracciones del parking. “No nos dejaron encender el asado, solamente permiten parrilla a gas. Pero, de todas maneras, un churrasquito nos comemos, como dice la tradición”, describe Walter “Pacha” Fonseca, hincha de Instituto, quien encabezó la cruzada de llegar a Houston desde Miami.

“Tardamos dos días en llegar pero todo vale la pena por la selección. Conseguimos entradas en enero, estamos planificando el viaje desde ese día y pasamos mil aventuras, como quedarnos sin electricidad en Tampa Bay y meterse a nadar en la bahía Casey Key, donde avistamos a tres tiburones a pocos metros”, cuenta.

“Si todo sale bien, devolvemos el motorhome en Miami, recorriendo 7 mil kilómetros”, agrega su hija Rocío (29 años), profesora de la UNC. Los tripulantes restantes son Enzo Del Llano, quien reside en Barcelona hace dos años, y su padre Marcelo. “Soy analista de videos. Uno estando lejos, extraña a Córdoba y a Instituto, por eso apenas salió la idea acepté de una para estar más tiempo con mi viejo”, dice.

Pero hay más historias, como Natalia Aguirre, quien vive hace 24 años en Orlando. nacida en la localidad bonaerense de Burzaco, casado con un brasileño, pero que le ganó el litigio pasional para bautizar a sus hijas Bianca e Isabella como argentinas, a pesar de haber nacido en Estados Unidos. “Es mufa y por eso no lo invitamos a la cancha”, relata. Su hermana Yanina completa la delegación albiceleste.

“Muchachos, ahora nos volvimos a ilusionar”, cantaban los argentinos mientras posaban para fotos de medios de Ecuador, Estados Unidos, Honduras y hasta España. La turba no paraba de alentar. Es el efecto contagio perfecto. Y fiel prueba de este fenómeno es la aparición espontánea de unos “gringos” pintados en cuerpo y torso de celeste y blanco, alternados, para formar la bandera argentina.

“Somos de Austin, vinimos a ver a Messi y a los campeones del mundo”, declaran con un más que forzado español, cantando el monótono “Meeessi, Meeeessi”, mientras beben cerveza casi sin respirar. “Vamos Argentina carajo”, los abrazan unos correntinos que trabajan en un hotel en Honolulu (Hawai) y se reunieron con otro amigo proveniente de Irlanda. “Esto es así, juega Argentina y estamos todos cerca”.

Argentina tiene un récord: la hinchada más uniforme del mundo: cuando juega Messi no importa la distancia, el lugar de reunión es la cancha y Houston, por un momento, fue centro del planeta.

​La Voz

​La pasión por la selección argentina une mundos y latitudes que parecen imposibles y que distan de cierta lógica racional. Y justamente ese es el ingrediente o el virus contagioso que se expande a modo de pandemia en todos aquellos que siguen al combinado nacional. No importa el lugar del globo terráqueo, cuando suena el himno, todos figuran unidos por la misma camiseta.Este jueves, la explanada del moderno estadio NRG de Houston volvió a tener capítulos memorables en ese sentido. Amigos que viajan miles de kilómetros sólo para abrazarse y alentar a los campeones del mundo y a Lionel Messi, sin límites.Como ocurre con los cordobeses del motorhome, una de las atracciones del parking. “No nos dejaron encender el asado, solamente permiten parrilla a gas. Pero, de todas maneras, un churrasquito nos comemos, como dice la tradición”, describe Walter “Pacha” Fonseca, hincha de Instituto, quien encabezó la cruzada de llegar a Houston desde Miami. “Tardamos dos días en llegar pero todo vale la pena por la selección. Conseguimos entradas en enero, estamos planificando el viaje desde ese día y pasamos mil aventuras, como quedarnos sin electricidad en Tampa Bay y meterse a nadar en la bahía Casey Key, donde avistamos a tres tiburones a pocos metros”, cuenta.“Si todo sale bien, devolvemos el motorhome en Miami, recorriendo 7 mil kilómetros”, agrega su hija Rocío (29 años), profesora de la UNC. Los tripulantes restantes son Enzo Del Llano, quien reside en Barcelona hace dos años, y su padre Marcelo. “Soy analista de videos. Uno estando lejos, extraña a Córdoba y a Instituto, por eso apenas salió la idea acepté de una para estar más tiempo con mi viejo”, dice.Pero hay más historias, como Natalia Aguirre, quien vive hace 24 años en Orlando. nacida en la localidad bonaerense de Burzaco, casado con un brasileño, pero que le ganó el litigio pasional para bautizar a sus hijas Bianca e Isabella como argentinas, a pesar de haber nacido en Estados Unidos. “Es mufa y por eso no lo invitamos a la cancha”, relata. Su hermana Yanina completa la delegación albiceleste.“Muchachos, ahora nos volvimos a ilusionar”, cantaban los argentinos mientras posaban para fotos de medios de Ecuador, Estados Unidos, Honduras y hasta España. La turba no paraba de alentar. Es el efecto contagio perfecto. Y fiel prueba de este fenómeno es la aparición espontánea de unos “gringos” pintados en cuerpo y torso de celeste y blanco, alternados, para formar la bandera argentina. “Somos de Austin, vinimos a ver a Messi y a los campeones del mundo”, declaran con un más que forzado español, cantando el monótono “Meeessi, Meeeessi”, mientras beben cerveza casi sin respirar. “Vamos Argentina carajo”, los abrazan unos correntinos que trabajan en un hotel en Honolulu (Hawai) y se reunieron con otro amigo proveniente de Irlanda. “Esto es así, juega Argentina y estamos todos cerca”.Argentina tiene un récord: la hinchada más uniforme del mundo: cuando juega Messi no importa la distancia, el lugar de reunión es la cancha y Houston, por un momento, fue centro del planeta. 

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