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La hija menor de Alice Munro revela un oscuro secreto y denuncia el silencio de su madre: el marido de la Nobel abusaba de ella

Gran conmoción causó en el ámbito literario la denuncia que la hija menor de la Nobel de Literatura Alice Munro, la profesora de meditación Andrea Robin Skinner (1966), hizo hoy en el portal del diario canadiense Toronto Star. “Mi padrastro abusó sexualmente de mí cuando era niña. Mi madre, Alice Munro, decidió quedarse con él”, se titula la columna de Skinner, donde relata que cuando tenía nueve años, en 1976, de visita en casa de su madre en Ontario, su padrastro Gerald Fremlin, de cincuenta años, había abusado sexualmente de ella. El acoso continuó hasta la adolescencia de Skinner, cuando Fremlin “perdió interés” en ella.

“A la mañana siguiente no podía levantarme de la cama -relata Skinner-. Me había despertado con mi primera migraña, que con el paso de los años se convirtió en una enfermedad crónica y debilitante que persiste hasta el día de hoy”. El único deseo de la niña era regresar a Victoria, a la casa de su padre, el librero James Munro, primer esposo de la Nobel de Literatura 2013.

yes, it is very sad, shameful. good that the daughter Andrea has finally told her story & tragic that it was denied/ suppressed for so long.
Munro seems to have been a person of her time & place of the sort dramatized in her stories: provincial, small-town lives where being… https://t.co/bW4knDub8D

— Joyce Carol Oates (@JoyceCarolOates) July 7, 2024

La denuncia se publicó a menos de dos meses de la muerte, el 13 de mayo, de “la Chejov canadiense” y cobró alcance internacional por la notoriedad de la escritora, a la que también se define como “maestra del cuento”. Las dos hermanas de la denunciante apoyaron a Andrea y confirmaron la veracidad del oscuro secreto familiar a Toronto Star.

Sobre el affaire Munro, me deja pasmada cómo se rasgan las vestiduras algunos cuando descubren que sus artistas preferidos son mala gente. Como si hacer cosas bellas te otorgara santidad automática, superioridad moral.

— Dolores Gil (@gdolores) July 7, 2024

Décadas después, Skinner denunció a Fremlin ante la policía de Ontario. En 2005, el padrastro de la joven fue acusado de “agresión indecente” (léase sexual) contra ella. Fremlin se declaró culpable; tenía ochenta años y recibió una sentencia de prisión en suspenso y libertad condicional durante dos años. Munro permaneció con él hasta su muerte, en 2013.

“El silencio continuó”, destacó Skinner, que le había escrito una carta a su madre en 1992, contándole las agresiones sexuales que había sufrido en la infancia por parte de Fremlin. Skinner afirma que Munro le había dicho que había hablado “demasiado tarde” y que “amaba mucho” a su marido. Agregó incluso que Munro consideraba la denuncia de la hija como una “agresión” contra ella misma.

“Lo que quería era algún registro de la verdad, alguna prueba pública de que no merecía lo que me había pasado -explica la hija de Munro sobre la denuncia policial realizada tiempo después de los hechos-. También quería que esta historia, mi historia, formara parte de las historias que la gente cuenta sobre mi madre, que confrontada con la verdad de lo que había sucedido, eligió quedarse con mi abusador y protegerlo”.

Según relata Skinner, el marido de Munro se había subido a la cama donde ella dormía y la había agredido sexualmente. De regreso en la casa de su padre, le contó lo ocurrido a su madrastra, Carole, que se lo comunicó al padre de Skinner. El padre de la niña no enfrentó a su exesposa ni a Fremlin.

“Sí, es muy triste, vergonzoso -posteó en X la escritora estadounidense Joyce Carol Oates-. Es bueno que Andrea finalmente haya contado su historia y es trágico que haya sido negada/suprimida durante tanto tiempo. Munro parece haber sido una persona de su tiempo y lugar del tipo dramatizado en sus cuentos: vidas provincianas y de pueblos pequeños donde estar casado, tener un marido por despreciable que sea, es de alguna manera un valor tan alto que una madre traicionaría a su propia hija, completamente de otra época, afortunadamente no la nuestra, excepto en algunos sectores de los EE. UU. en los que las niñas y los niños sufren abusos rutinarios por parte de hombres a quienes otros protegen y habilitan. Nuestras condolencias por estas víctimas, la mayoría de ellas silenciadas para siempre”. El abuso sexual de menores sigue siendo un flagelo internacional.

LA NACION

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