Las élites, la moral y el poder
El informe de la Universidad de Saint Gallen sobre la calidad de las élites en los 151 países evaluados, y la colocación del nuestro en la posición 86, invitan a reflexiones sobre las que es oportuno detenerse.
¿Qué es una élite, quiénes las integran? Si la mirada se dirige al campo científico hay pocas dudas de que la élite científica, al menos, está compuesta por los investigadores y profesionales sobresalientes, por los de mayor talento y devoción hacia las disciplinas que encarnan. Si la mirada se dirige, en cambio, al campo político, las élites no necesariamente se hallan asociadas a lo más alto del poder por más que el informe de Saint Gallen procure establecer una ambigua concomitancia de esa naturaleza.
Las élites tienen la responsabilidad de contribuir al desarrollo más sustentable posible de las sociedades en el campo específico de su desenvolvimiento
Las élites tienen la responsabilidad de contribuir al desarrollo más sustentable posible de las sociedades en el campo específico de su desenvolvimiento. Las verdaderas élites orientan en el sentido más provechoso y en la dirección más fructífera, potencian los mejores valores humanos y facilitan las condiciones de prosperidad material y de afirmación espiritual de los pueblos.
Un gobernante como Stalin, justamente ahora reivindicado por la Rusia nacionalista de Putin, acaparaba como un avaricioso todo el poder disponible en la Unión Soviética. Stalin era el vértice de una “élite” en el sentido burocrático de vanguardia del mando, pero no porque fuera la expresión individual destinada a la emulación dentro del férreo poder político concentrado en ese imperio que terminó volando por los aires en 1990/91.
Desde esta última perspectiva, la que Pierre Bourdieu denominaba la élite de los “actores dominantes”, la competencia por influir sobre las sociedades ha sumado a nuevos e inesperados protagonistas: los influencers. Son tantos y tan variados que van desde un corredor de fórmula 1 con carisma que pareciera construido por inteligencia artificial para disimular sus tropiezos colosales en las pistas a una modelo descocada, que urde la curiosidad y fantasías públicas a fuerza de reiterar escándalos en calles, pubs o sets de televisión.
A partir de un cierto nivel y prestigio, las instituciones deben estar a cargo de los más capaces, probos y actualizados en su formación específica. Nada sería más horroroso que una academia que funcionara como agencia de colocaciones Vip
La Argentina había figurado en la medición anterior en el puesto 70; ahora ha cedido 16 lugares, lo que es preocupante como promedio resultante. Salen mal parados sus gobernantes, sus aspirantes a gobernar, y quienes conducen empresas o universidades. A partir de un cierto nivel y prestigio, las instituciones deben estar a cargo de los más capaces, probos y actualizados en su formación específica. Nada sería más horroroso que una academia que funcionara como agencia de colocaciones Vip.
Brasil está algo mejor que nosotros en el informe: 72, pero peor está Rusia, 99, mientras se destruye a sí misma destruyendo a Ucrania y se funde en la ignominia dictaminada en su contra por el juicio mundial. Lo hace en una guerra de más de tres años que debió haber ganado en una semana, según los cálculos generales al volcar su poderío contra el país presidido por Zelenski.
El informe de la Universidad de Saint Gallen abarca un espectro inmenso en su abanico de consideraciones a fin de llegar a la evaluación final: apertura de la economía, regulaciones, transparencia de los negocios públicos y privados, participación ciudadana, libertad de prensa, movilidad social, porcentaje de mujeres en el ejercicio efectivo del poder, derechos humanos, y esa variante de acrónimo tan elástica que cada tanto agrega una nueva inicial a lo que se propone: LGBTI+. Es evidente que la segunda parte de los recaudos sopesados en el informe han pesado más decididamente que los del encabezamiento económico.
En este, como en cualquier otro estudio internacional de naturaleza equivalente, es inevitable preguntar por el papel que cumplen los intelectuales en las sociedades evaluadas. ¿Cuál es, en efecto, el grado de receptividad de las ideas de aquellos a quienes se supone preparados para cuestionar a todos, o a todo, como se decía en su tiempo de Jean-Paul Sartre, que no era precisamente el intelectual de propuestas más luminosas para una república democrática, tolerante y renuente a aceptar los intentos de instaurar el pensamiento único?
El galardón número uno correspondió en el informe de Saint Gallen a Singapur; el segundo, a los Estados Unidos, por el impacto de la inteligencia artificial desarrollada por sus empresas tecnológicas, no por la política atrabiliaria de Trump en su medio año de gobierno; el tercero, a China, con méritos también fundados en la creatividad de sus científicos en la elaboración de inteligencia artificial. Después siguen Japón, Corea, Qatar, Nueva Zelanda y Alemania, en ese orden.
Trabajos como el que analizamos aquí ilustran sobre cómo y dónde está parado el mundo. Lo decimos con la esperanza de que el estudio realizado gravite en apreciación del papel de las élites, pero mucho más que por la coacción que deviene del ejercicio autoritario del poder, por el resultado que se obtiene de replicar la influencia moral y sabiduría de los mejores.
La clave es potenciar los mejores valores humanos y facilitar las condiciones de prosperidad material y de afirmación espiritual de los pueblos LA NACION