Venezuela: “Es el petróleo, estúpido”
“Es la economía, estúpido” es un famoso lema político de la campaña presidencial de Bill Clinton de 1992, ideado por su estratega James Carville, que le sirvió para ganar las elecciones y recordarle al equipo que la principal preocupación de los votantes eran sus problemas económicos, como la recesión, por encima de otros temas abstractos para el electorado, como los alineamientos internacionales, Medio Oriente o el proceso de la perestroika y la glasnost que llevaban adelante los países que abandonaban la “cortina de hierro” socialista. El mensaje final era que la solución a estos problemas era clave para llegar al poder y mejorar la vida cotidiana de la gente.
Si Donald Trump, que suele recurrir en “sincericidios” públicos, pudiera explicar los sucesos de Caracas de esta semana con una frase que sintetice todo, tranquilamente podría resumirlo en: “Es el petróleo, estúpido”, dejando en evidencia que fue ese su cometido y no la recuperación de la democracia, la libertad, los derechos humanos y el ansiado retorno de 7,9 millones de venezolanos que tuvieron que exiliarse de su país, huyendo del hambre y la crueldad de la dictadura chavista. No es que esos objetivos no estén en la agenda del gobierno de los Estados Unidos, lo están, pero no en su solapa prioritaria. Todo eso, por lo visto, puede esperar, porque la incursión militar, el tendal de 90 muertos y decenas de heridos como consecuencia de la “operación quirúrgica” para detener al dictador Nicolás Maduro solo generó cambios de figuras en el régimen, ya que el país sigue a cargo de Delcy Rodríguez –señalada como la “arquitecta de la tortura” por la oposición-, el oscuro ministro del Interior, Diosdado Cabello, el ministro de Defensa, Padrino López, el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez; la presidenta del Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela, la operadora judicial Caryslia Beatriz Rodríguez; el fiscal general, Tarek William Saab; y el canciller, Yván Gil. Todos ellos nombrados y acusados en el “Informe Bachelet”, como se conocieron los informes presentados entre 2019 y 2022 por la entonces alta comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos Michelle Bachelet sobre la situación en Venezuela.
No es que se esperara una solución inmediata, pero al menos, ante gran parte de la opinión pública internacional, la imagen de Donald Trump que, más allá de las causas y las formas, ostenta el logro de encarcelar a Maduro, quedó deteriorada cuando descartó las figuras de María Corina Machado, Premio Nobel de la Paz e incansable luchadora por la libertad en Venezuela y de quien fue víctima de un fraude electoral a todas luces, el legítimo presidente electo, Edmundo González Urrutia. Sorpresivamente Trump sentenció que ambos “no estaban aptos” para hacerse cargo y que Machado “no tiene aceptación en Venezuela”. Hasta donde sabemos, esto lo decidió Trump, no permitió que, al menos, fuera considerado por los venezolanos votando libremente. También estos hechos deben servir para que el gobierno de Javier Milei tome nota y aprenda a tomar cierta distancia del seguidismo ciego. El sábado a la mañana la Cancillería publicó un comunicado donde celebraba la detención de Maduro y esperaba el reconocimiento al presidente electo, González Urrutia y a la líder María Corina Machado. Nada de esto sucedió, al contrario, inmediatamente después vino la frutilla del postre: el presidente estadounidense anunció que Venezuela proveerá de 50 millones de barriles de “petróleo crudo y de calidad” a Estados Unidos, a precio de mercado y que él mismo controlará la operación comercial. Será acaso el precio que pagará la dictadura por sostenerse en el poder, ordenar y alargar los tiempos de su salida, tapar lo que pueda de la ostentosa corrupción y, por ahora, seguir oprimiendo a opositores, todo a cambio del preciado oro negro. Si esta película sucediera en los años 70, los analistas no dudarían en utilizar el término “colonia” para definir el status político del hermano país sudamericano.
Trump no es un político tradicional, es uno de los outsiders que la extrema derecha aportó en la última década al poder político en distintos países del mundo, con legitimidad de origen se maneja en el mundo esgrimiendo una visión empresaria más que la de un estadista. Así lo hizo, también, cuando anunció los aranceles de modo discrecional con todos los países que comercien con Estados Unidos. Un tema aparte y para tener en cuenta: si los aranceles son definidos como impuestos por la Corte Suprema de su país se anularían de inmediato para pedir su tratamiento en el Congreso. Un problema serio para la administración republicana, que recibiría un duro golpe en su plan económico y el llamado “nuevo orden mundial”.
Trump no tiene problemas en cambiar los hechos si estos le presentan dificultades, así lleva a cometer papelones a sus aliados, como sucedió con el famoso “Cartel de los Soles”, ya que, una vez que Maduro fue llevado a declarar a los tribunales neoyorquinos, se supo a través de una revelación del diario The New York Times que el Departamento de Justicia de los Estados Unidos se retractó de la calificación sobre el llamado “Cartel de los Soles”, una de las excusas que utilizó Trump para atacar Venezuela y capturar a Maduro. El Departamento de Estado lo había declarado el año pasado como una organización terrorista, sin embargo, ya no lo considera como un grupo real al cartel que supuestamente lideraba el dictador, con el que manejaba el narcotráfico en Venezuela. La decisión dejó desairada a la exministra de Seguridad argentina, Patricia Bullrich, que hace poco lo declaró “organización terrorista”. Otra señal de que el alineamiento fanático no habla bien del cuidado de los intereses de un país soberano. Así nos ve el mundo hoy, donde nadie se sorprendería si el gobierno libertario apoyara hipotéticos hechos absolutamente improcedentes en el caso de que Donald Trump cumpla con sus amenazas solapadas y vaya por Groenlandia -un territorio danés autónomo- o concrete como sugirió la realización de operativos militares en Colombia o México, similares al realizado en Venezuela.
El tiempo empieza a correr con la madrugada del sábado 3 de enero como punto de partida, no será lo mismo para el chavismo, ya avisado, golpeado, debilitado y expuesto a negociar con el opresor con el desgaste que esto conlleva puertas adentro. Porque también hay que recordar que existen miles de venezolanos que creen en la “Revolución Socialista Bolivariana”, y sería infantil creer que hasta los dictadores sangrientos no tienen apoyo de una parte de la población.
La administración republicana fue en busca del petróleo y lo consiguió, fue también un tiro por elevación a las pretensiones de Rusia y China, países aliados al chavismo. Quizás el deber moral de un demócrata comprometido con la libertad y la democracia hubiese sido ir por todo, aún cuando esto hubiese sido más costoso en términos económicos y políticos. Pero tampoco EE.UU. quiere arriesgarse a repetir experiencias fallidas como la ocurrida en Afganistán. Hasta el momento parece alcanzarle con una incursión, una detención cuestionada por el derecho internacional y negociar la aparente continuidad de una dictadura debilitada a cambio de petróleo.
Al fin de cuentas, Estados Unidos obtuvo lo que quiso y necesitaba, por ahora lejos de lo que esperaban millones de venezolanos ansiosos de liberar a su país.
“Es la economía, estúpido” es un famoso lema político de la campaña presidencial de Bill Clinton de 1992, ideado por su estratega James Carville, que le sirvió para ganar las elecciones y recordarle al equipo que la principal preocupación de los votantes eran sus problemas económicos, como la recesión, por encima de otros temas abstractos para el electorado, como los alineamientos internacionales, Medio Oriente o el proceso de la perestroika y la glasnost que llevaban adelante los países que abandonaban la “cortina de hierro” socialista. El mensaje final era que la solución a estos problemas era clave para llegar al poder y mejorar la vida cotidiana de la gente.Si Donald Trump, que suele recurrir en “sincericidios” públicos, pudiera explicar los sucesos de Caracas de esta semana con una frase que sintetice todo, tranquilamente podría resumirlo en: “Es el petróleo, estúpido”, dejando en evidencia que fue ese su cometido y no la recuperación de la democracia, la libertad, los derechos humanos y el ansiado retorno de 7,9 millones de venezolanos que tuvieron que exiliarse de su país, huyendo del hambre y la crueldad de la dictadura chavista. No es que esos objetivos no estén en la agenda del gobierno de los Estados Unidos, lo están, pero no en su solapa prioritaria. Todo eso, por lo visto, puede esperar, porque la incursión militar, el tendal de 90 muertos y decenas de heridos como consecuencia de la “operación quirúrgica” para detener al dictador Nicolás Maduro solo generó cambios de figuras en el régimen, ya que el país sigue a cargo de Delcy Rodríguez -señalada como la “arquitecta de la tortura” por la oposición-, el oscuro ministro del Interior, Diosdado Cabello, el ministro de Defensa, Padrino López, el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez; la presidenta del Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela, la operadora judicial Caryslia Beatriz Rodríguez; el fiscal general, Tarek William Saab; y el canciller, Yván Gil. Todos ellos nombrados y acusados en el “Informe Bachelet”, como se conocieron los informes presentados entre 2019 y 2022 por la entonces alta comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos Michelle Bachelet sobre la situación en Venezuela.No es que se esperara una solución inmediata, pero al menos, ante gran parte de la opinión pública internacional, la imagen de Donald Trump que, más allá de las causas y las formas, ostenta el logro de encarcelar a Maduro, quedó deteriorada cuando descartó las figuras de María Corina Machado, Premio Nobel de la Paz e incansable luchadora por la libertad en Venezuela y de quien fue víctima de un fraude electoral a todas luces, el legítimo presidente electo, Edmundo González Urrutia. Sorpresivamente Trump sentenció que ambos “no estaban aptos” para hacerse cargo y que Machado “no tiene aceptación en Venezuela”. Hasta donde sabemos, esto lo decidió Trump, no permitió que, al menos, fuera considerado por los venezolanos votando libremente. También estos hechos deben servir para que el gobierno de Javier Milei tome nota y aprenda a tomar cierta distancia del seguidismo ciego. El sábado a la mañana la Cancillería publicó un comunicado donde celebraba la detención de Maduro y esperaba el reconocimiento al presidente electo, González Urrutia y a la líder María Corina Machado. Nada de esto sucedió, al contrario, inmediatamente después vino la frutilla del postre: el presidente estadounidense anunció que Venezuela proveerá de 50 millones de barriles de “petróleo crudo y de calidad” a Estados Unidos, a precio de mercado y que él mismo controlará la operación comercial. Será acaso el precio que pagará la dictadura por sostenerse en el poder, ordenar y alargar los tiempos de su salida, tapar lo que pueda de la ostentosa corrupción y, por ahora, seguir oprimiendo a opositores, todo a cambio del preciado oro negro. Si esta película sucediera en los años 70, los analistas no dudarían en utilizar el término “colonia” para definir el status político del hermano país sudamericano.Trump no es un político tradicional, es uno de los outsiders que la extrema derecha aportó en la última década al poder político en distintos países del mundo, con legitimidad de origen se maneja en el mundo esgrimiendo una visión empresaria más que la de un estadista. Así lo hizo, también, cuando anunció los aranceles de modo discrecional con todos los países que comercien con Estados Unidos. Un tema aparte y para tener en cuenta: si los aranceles son definidos como impuestos por la Corte Suprema de su país se anularían de inmediato para pedir su tratamiento en el Congreso. Un problema serio para la administración republicana, que recibiría un duro golpe en su plan económico y el llamado “nuevo orden mundial”.Trump no tiene problemas en cambiar los hechos si estos le presentan dificultades, así lleva a cometer papelones a sus aliados, como sucedió con el famoso “Cartel de los Soles”, ya que, una vez que Maduro fue llevado a declarar a los tribunales neoyorquinos, se supo a través de una revelación del diario The New York Times que el Departamento de Justicia de los Estados Unidos se retractó de la calificación sobre el llamado “Cartel de los Soles”, una de las excusas que utilizó Trump para atacar Venezuela y capturar a Maduro. El Departamento de Estado lo había declarado el año pasado como una organización terrorista, sin embargo, ya no lo considera como un grupo real al cartel que supuestamente lideraba el dictador, con el que manejaba el narcotráfico en Venezuela. La decisión dejó desairada a la exministra de Seguridad argentina, Patricia Bullrich, que hace poco lo declaró “organización terrorista”. Otra señal de que el alineamiento fanático no habla bien del cuidado de los intereses de un país soberano. Así nos ve el mundo hoy, donde nadie se sorprendería si el gobierno libertario apoyara hipotéticos hechos absolutamente improcedentes en el caso de que Donald Trump cumpla con sus amenazas solapadas y vaya por Groenlandia -un territorio danés autónomo- o concrete como sugirió la realización de operativos militares en Colombia o México, similares al realizado en Venezuela. El tiempo empieza a correr con la madrugada del sábado 3 de enero como punto de partida, no será lo mismo para el chavismo, ya avisado, golpeado, debilitado y expuesto a negociar con el opresor con el desgaste que esto conlleva puertas adentro. Porque también hay que recordar que existen miles de venezolanos que creen en la “Revolución Socialista Bolivariana”, y sería infantil creer que hasta los dictadores sangrientos no tienen apoyo de una parte de la población. La administración republicana fue en busca del petróleo y lo consiguió, fue también un tiro por elevación a las pretensiones de Rusia y China, países aliados al chavismo. Quizás el deber moral de un demócrata comprometido con la libertad y la democracia hubiese sido ir por todo, aún cuando esto hubiese sido más costoso en términos económicos y políticos. Pero tampoco EE.UU. quiere arriesgarse a repetir experiencias fallidas como la ocurrida en Afganistán. Hasta el momento parece alcanzarle con una incursión, una detención cuestionada por el derecho internacional y negociar la aparente continuidad de una dictadura debilitada a cambio de petróleo.Al fin de cuentas, Estados Unidos obtuvo lo que quiso y necesitaba, por ahora lejos de lo que esperaban millones de venezolanos ansiosos de liberar a su país. LA NACION
