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Patagonia en llamas: cuando el ajuste quema el futuro

La Patagonia arde. Y con ella se queman algunos de los paisajes más extraordinarios del planeta, ecosistemas irrepetibles, fuentes de trabajo locales y una biodiversidad que no tiene cómo defenderse ni cómo explicarnos su pérdida. Los incendios forestales que hoy devastan amplias regiones del sur argentino no son un accidente aislado ni una fatalidad inevitable: son la expresión más cruda de una crisis ecológica y social que el país sigue sin asumir con la profundidad que requiere.

Se pierden bosques nativos y ambientes clave que rodean áreas protegidas, entre ellas parques nacionales considerados entre los más atractivos del mundo. Vale aquí una aclaración necesaria: si realmente aspiramos a que los parques nacionales sean un motor de desarrollo regional -como se repite con frecuencia-, sus presupuestos deben estar a la altura de esa ambición. No hay turismo sostenible ni desarrollo local posible sobre territorios degradados y sin capacidad de gestión.

También se pierden funciones ambientales esenciales: la retención del suelo, la regulación hídrica, la depuración y reserva del agua. Al mismo tiempo, territorios productivos de alto valor -emblemáticos por la producción de fruta fina- conviven hoy con el humo, el fuego y la incertidumbre. Detrás de cada foco hay comunidades enteras que pierden sus viviendas y, con ellas, historias, afectos, animales que son parte de la familia, herramientas de trabajo, tranquilidad y, muchas veces, una identidad profundamente ligada al territorio. El fuego no distingue ideologías ni balances fiscales: perdemos todos.

Pero hay una pérdida que rara vez ocupa el centro de la escena pública: miles de animales silvestres que mueren sin posibilidad de escapar o que, aun lográndolo, quedan sin hábitat. Mamíferos, aves, reptiles, anfibios, insectos. Individuos y poblaciones enteras que desaparecen en silencio. Nadie los indemniza. Nadie los reconstruye. Son la dimensión invisible de una tragedia que solemos medir solo en hectáreas quemadas o en costos económicos. Y como los incendios coinciden con la etapa reproductiva de la mayoría de las especies, incluso aquellos animales que sobreviven pierden sus crías o pichones, comprometiendo la recuperación futura de las poblaciones.

En particular, muchas de las áreas afectadas en los últimos años albergan poblaciones relictuales de huemul, uno de los cuatro animales declarados Monumento Natural en la Argentina, con protección absoluta, y el único de ellos propio de los Andes patagónicos. Sin embargo, durante décadas distintos gobiernos han abordado los incendios de manera reactiva, fragmentada y, en muchos casos, con financiamiento insuficiente. Se refuerzan partidas cuando el fuego ya está desatado, se anuncian emergencias y se promete restauración. Pero la prevención estructural, la planificación territorial, el fortalecimiento sostenido de los sistemas de manejo del fuego y la inversión en ciencia y gestión ambiental -incluida la participación de las comunidades locales- siguen siendo variables secundarias. Y eso tiene consecuencias previsibles.

Reducir presupuestos, postergar inversiones o “ahorrar” en prevención y manejo del fuego no es austeridad: es miopía. El sufrimiento de miles de personas, la destrucción de paisajes únicos y la pérdida irreversible de biodiversidad no pueden ser variables de ajuste para cerrar un déficit fiscal. Cada peso no invertido a tiempo se multiplica luego en pérdidas económicas, sociales y ambientales imposibles de revertir.

La restauración ecológica será necesaria, pero no suficiente. Los bosques tardarán siglos en recuperar su estructura original y muchas especies no volverán. La Patagonia que se quema hoy no es reemplazable. No hay tecnología, plan ni subsidio capaz de reconstruir un ecosistema complejo una vez perdido, menos aún bajo las actuales condiciones climáticas y de expansión humana.

Proteger la Patagonia no es una consigna romántica ni un lujo ambientalista. Es defender una parte esencial del patrimonio natural argentino y una base concreta de economías regionales, turismo, identidad cultural y bienestar futuro. Es también una obligación ética con la fauna silvestre, que habitó estos territorios mucho antes de la llegada humana y no tiene voz para reclamar su hogar, y con las generaciones que heredarán el país que hoy decidamos proteger -o abandonar-.

El fuego nos está dando una señal inequívoca. Seguir mirando para otro lado, minimizar el problema o confiar en parches de emergencia es parte del problema. La Patagonia merece políticas a la altura de su valor. Y la Argentina, decisiones que entiendan que cuidar lo irremplazable nunca es un gasto: es una inversión en futuro.

Director Ejecutivo Aves Argentinas

​La Patagonia arde. Y con ella se queman algunos de los paisajes más extraordinarios del planeta, ecosistemas irrepetibles, fuentes de trabajo locales y una biodiversidad que no tiene cómo defenderse ni cómo explicarnos su pérdida. Los incendios forestales que hoy devastan amplias regiones del sur argentino no son un accidente aislado ni una fatalidad inevitable: son la expresión más cruda de una crisis ecológica y social que el país sigue sin asumir con la profundidad que requiere. Se pierden bosques nativos y ambientes clave que rodean áreas protegidas, entre ellas parques nacionales considerados entre los más atractivos del mundo. Vale aquí una aclaración necesaria: si realmente aspiramos a que los parques nacionales sean un motor de desarrollo regional -como se repite con frecuencia-, sus presupuestos deben estar a la altura de esa ambición. No hay turismo sostenible ni desarrollo local posible sobre territorios degradados y sin capacidad de gestión. También se pierden funciones ambientales esenciales: la retención del suelo, la regulación hídrica, la depuración y reserva del agua. Al mismo tiempo, territorios productivos de alto valor -emblemáticos por la producción de fruta fina- conviven hoy con el humo, el fuego y la incertidumbre. Detrás de cada foco hay comunidades enteras que pierden sus viviendas y, con ellas, historias, afectos, animales que son parte de la familia, herramientas de trabajo, tranquilidad y, muchas veces, una identidad profundamente ligada al territorio. El fuego no distingue ideologías ni balances fiscales: perdemos todos. Pero hay una pérdida que rara vez ocupa el centro de la escena pública: miles de animales silvestres que mueren sin posibilidad de escapar o que, aun lográndolo, quedan sin hábitat. Mamíferos, aves, reptiles, anfibios, insectos. Individuos y poblaciones enteras que desaparecen en silencio. Nadie los indemniza. Nadie los reconstruye. Son la dimensión invisible de una tragedia que solemos medir solo en hectáreas quemadas o en costos económicos. Y como los incendios coinciden con la etapa reproductiva de la mayoría de las especies, incluso aquellos animales que sobreviven pierden sus crías o pichones, comprometiendo la recuperación futura de las poblaciones. En particular, muchas de las áreas afectadas en los últimos años albergan poblaciones relictuales de huemul, uno de los cuatro animales declarados Monumento Natural en la Argentina, con protección absoluta, y el único de ellos propio de los Andes patagónicos. Sin embargo, durante décadas distintos gobiernos han abordado los incendios de manera reactiva, fragmentada y, en muchos casos, con financiamiento insuficiente. Se refuerzan partidas cuando el fuego ya está desatado, se anuncian emergencias y se promete restauración. Pero la prevención estructural, la planificación territorial, el fortalecimiento sostenido de los sistemas de manejo del fuego y la inversión en ciencia y gestión ambiental -incluida la participación de las comunidades locales- siguen siendo variables secundarias. Y eso tiene consecuencias previsibles. Reducir presupuestos, postergar inversiones o “ahorrar” en prevención y manejo del fuego no es austeridad: es miopía. El sufrimiento de miles de personas, la destrucción de paisajes únicos y la pérdida irreversible de biodiversidad no pueden ser variables de ajuste para cerrar un déficit fiscal. Cada peso no invertido a tiempo se multiplica luego en pérdidas económicas, sociales y ambientales imposibles de revertir. La restauración ecológica será necesaria, pero no suficiente. Los bosques tardarán siglos en recuperar su estructura original y muchas especies no volverán. La Patagonia que se quema hoy no es reemplazable. No hay tecnología, plan ni subsidio capaz de reconstruir un ecosistema complejo una vez perdido, menos aún bajo las actuales condiciones climáticas y de expansión humana. Proteger la Patagonia no es una consigna romántica ni un lujo ambientalista. Es defender una parte esencial del patrimonio natural argentino y una base concreta de economías regionales, turismo, identidad cultural y bienestar futuro. Es también una obligación ética con la fauna silvestre, que habitó estos territorios mucho antes de la llegada humana y no tiene voz para reclamar su hogar, y con las generaciones que heredarán el país que hoy decidamos proteger -o abandonar-. El fuego nos está dando una señal inequívoca. Seguir mirando para otro lado, minimizar el problema o confiar en parches de emergencia es parte del problema. La Patagonia merece políticas a la altura de su valor. Y la Argentina, decisiones que entiendan que cuidar lo irremplazable nunca es un gasto: es una inversión en futuro. Director Ejecutivo Aves Argentinas  LA NACION