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Perreo, videos cortos y paradojas digitales

La llegada del artista internacional más popular del momento a Buenos Aires, en el peak de su consagración, volvió a poner en el centro del debate el auge de la industria del entretenimiento en vivo: tres estadios llenos, entradas agotadas, reventa a precios alocados, celebridades convertidas en fans… La cultura caribeña, el perreo, pasó del debate en redes sociales a la fiesta total en vivo, luego multiplicada digitalmente. Sin contradicción se registraban escenas incluso ahí donde estaba “prohibido” entrar con teléfonos, como La Casita repleta de figuras, que ocupaba un lugar central en el diseño del show. Vivencia IRL y registro digital forman parte de la misma poderosa experiencia.

Otro fenómeno: “Los videos de 40 minutos son más importantes que los videos cortos”. Días atrás un informe sobre el consumo de videos en YouTube, desarrollado por una agencia británica, mostraba con claridad como la vanidosa métrica de los likes y las visualizaciones no siempre muestra el verdadero valor del negocio del video digital. Con YouTube, la empresa de contenido audiovisual de Google, convertida en “la nueva televisión”, el informe detalla algunos aspectos contraintuitivos: el valor de los ultrafans por sobre las métricas de millones de reproducciones, la importancia de los formatos extensos (más de 30 minutos de duración) por sobre los breves a la hora de generar ingresos y el valor de una plataforma que cada vez más es consumida on demand, en pantalla grande y en el living de la casa y, también, que ofrece productos de empresas de producción profesionales con formatos de creadores e influencers.

La nueva television es la vieja televisión: los ejemplos iban de Mr Beast a formatos locales de Gran Bretana y, en el mercado argentino, podrían contener el exitoso verano de LuzuTV y la comunidad que armo Nico Occhiatto alrededor de sus programas y conductores, o el exito regional de El Reino Infantil, las creaciones para chicos lideradas por Kike Pumar: “El 39% de los videos largos, más de 30 minutos, obtiene el 82% del tiempo de consumo y el 70% de la monetización en esa red”, concluye La nueva era de YouTube.

La velocidad de los acontecimientos parece impedirnos ver algo más profundo e interesante: fenómenos simultáneos de apariencia contradictoria, verdaderas paradojas, conviven y son descubiertos al mismo tiempo que los vivimos colectivamente.

La omnipresencia de los smartphones y el auge de las redes sociales como forma de comunicación global, que llevan apenas un par de décadas de vida, son objeto de análisis legal en buena parte de los países sobre el permiso para ser usados en las escuelas secundarias. Más puntualmente, el fenómeno del contenido adictivo de los videos cortos es analizado en profundidad. Dopamina, sesgos de confirmación, algoritmos diseñados para personalizar la oferta… Entretenimiento al paso, “espontáneo”, estimulado por la compensación inmediata del humor, el blooper o la opinión polarizante que contribuyen a la “viralidad” de esos clips de pocos segundos.

De un lado, es visto como parte de un deterioro en la calidad del contenido. Cuando se arruinó Internet se preguntan los especialistas de la primera era digital para diagnosticar esta era de scroll infinito y fragmentos: el ensayista Cory Doctorow habla de “enshitificacion” y el crítico musical Ted Gioia lo vincula con las apuestas (plata fácil) y los títulos clickbait (captura de atención efectiva).

Con la irrupción de las inteligencias artificiales de uso masivo y cotidiano llegó otro mal presagio: el deterioro cognitivo. O el efecto de transferir o delegar nuestra capacidad de pensamiento y procesamiento de información a entidades que lo hacen por nosotros, de manera cada vez más compleja, más amplia y más rápida. El conflicto es de alcance neurológico: operaciones complejas de alta carga cognitiva, entrenamiento de funciones y capacidad de agencia. Y también antropológico: nuestra relación con las tecnologías oscila entre la adopción fervorosa (tecno optimismo) y el rechazo temeroso (ludismo irracional). ¿Contradicción?

“Nuestros cerebros se pudrirán, sobre todo los jóvenes. Nos volveremos perezosos, olvidadizos, perderemos nuestras capacidades mentales…“. Las advertencias de Sócrates contra la escritura -afortunadamente registradas por escrito gracias a Platón- tienen absoluta vigencia argumental. Así lo destaca el analista cultural Giles Crouch. Especialista en cambios culturales, repasa esos temores como parte de nuestra relación con la tecnología. Más allá de la supuesta contradicción, Crouch destaca esos miedos (particularmente enfocados en jóvenes y niños) como parte necesaria de nuestra “domesticación de las nuevas tecnologías”. En la Edad Media, 1474, los monjes genoveses quejándose por que la imprenta permite que cualquiera pueda leer la Biblia. Pocos años después, un científico suizo advirtiendo que los libros traerian “sobrecarga informativa” y que leer puede resultar muy “confuso y perjudicial”.

La científica Genevieve Bell explica parte de estas paradojas y sobre todo los “pánicos tecnológicos” en que estas novedades muchas veces alteran la relación con el tiempo, la relación con el espacio y nuestra relación con los demás. Es decir, son un nuevo software que impacta de manera directa nuestro sistema operativo.

En definitiva, esas paradojas entre la intensa vivencia en el mundo real y el omnipresente registro digital, o entre la viralidad de los algoritmos y el valor de los consumos comunitarios, o la adopción cotidiana de la inteligencia artificial y los temores por su capacidad de agencia, son aventuras propias de esta nueva era mediática.

​La llegada del artista internacional más popular del momento a Buenos Aires, en el peak de su consagración, volvió a poner en el centro del debate el auge de la industria del entretenimiento en vivo: tres estadios llenos, entradas agotadas, reventa a precios alocados, celebridades convertidas en fans… La cultura caribeña, el perreo, pasó del debate en redes sociales a la fiesta total en vivo, luego multiplicada digitalmente. Sin contradicción se registraban escenas incluso ahí donde estaba “prohibido” entrar con teléfonos, como La Casita repleta de figuras, que ocupaba un lugar central en el diseño del show. Vivencia IRL y registro digital forman parte de la misma poderosa experiencia.Otro fenómeno: “Los videos de 40 minutos son más importantes que los videos cortos”. Días atrás un informe sobre el consumo de videos en YouTube, desarrollado por una agencia británica, mostraba con claridad como la vanidosa métrica de los likes y las visualizaciones no siempre muestra el verdadero valor del negocio del video digital. Con YouTube, la empresa de contenido audiovisual de Google, convertida en “la nueva televisión”, el informe detalla algunos aspectos contraintuitivos: el valor de los ultrafans por sobre las métricas de millones de reproducciones, la importancia de los formatos extensos (más de 30 minutos de duración) por sobre los breves a la hora de generar ingresos y el valor de una plataforma que cada vez más es consumida on demand, en pantalla grande y en el living de la casa y, también, que ofrece productos de empresas de producción profesionales con formatos de creadores e influencers. La nueva television es la vieja televisión: los ejemplos iban de Mr Beast a formatos locales de Gran Bretana y, en el mercado argentino, podrían contener el exitoso verano de LuzuTV y la comunidad que armo Nico Occhiatto alrededor de sus programas y conductores, o el exito regional de El Reino Infantil, las creaciones para chicos lideradas por Kike Pumar: “El 39% de los videos largos, más de 30 minutos, obtiene el 82% del tiempo de consumo y el 70% de la monetización en esa red”, concluye La nueva era de YouTube.La velocidad de los acontecimientos parece impedirnos ver algo más profundo e interesante: fenómenos simultáneos de apariencia contradictoria, verdaderas paradojas, conviven y son descubiertos al mismo tiempo que los vivimos colectivamente.La omnipresencia de los smartphones y el auge de las redes sociales como forma de comunicación global, que llevan apenas un par de décadas de vida, son objeto de análisis legal en buena parte de los países sobre el permiso para ser usados en las escuelas secundarias. Más puntualmente, el fenómeno del contenido adictivo de los videos cortos es analizado en profundidad. Dopamina, sesgos de confirmación, algoritmos diseñados para personalizar la oferta… Entretenimiento al paso, “espontáneo”, estimulado por la compensación inmediata del humor, el blooper o la opinión polarizante que contribuyen a la “viralidad” de esos clips de pocos segundos.De un lado, es visto como parte de un deterioro en la calidad del contenido. Cuando se arruinó Internet se preguntan los especialistas de la primera era digital para diagnosticar esta era de scroll infinito y fragmentos: el ensayista Cory Doctorow habla de “enshitificacion” y el crítico musical Ted Gioia lo vincula con las apuestas (plata fácil) y los títulos clickbait (captura de atención efectiva).Con la irrupción de las inteligencias artificiales de uso masivo y cotidiano llegó otro mal presagio: el deterioro cognitivo. O el efecto de transferir o delegar nuestra capacidad de pensamiento y procesamiento de información a entidades que lo hacen por nosotros, de manera cada vez más compleja, más amplia y más rápida. El conflicto es de alcance neurológico: operaciones complejas de alta carga cognitiva, entrenamiento de funciones y capacidad de agencia. Y también antropológico: nuestra relación con las tecnologías oscila entre la adopción fervorosa (tecno optimismo) y el rechazo temeroso (ludismo irracional). ¿Contradicción?“Nuestros cerebros se pudrirán, sobre todo los jóvenes. Nos volveremos perezosos, olvidadizos, perderemos nuestras capacidades mentales…“. Las advertencias de Sócrates contra la escritura -afortunadamente registradas por escrito gracias a Platón- tienen absoluta vigencia argumental. Así lo destaca el analista cultural Giles Crouch. Especialista en cambios culturales, repasa esos temores como parte de nuestra relación con la tecnología. Más allá de la supuesta contradicción, Crouch destaca esos miedos (particularmente enfocados en jóvenes y niños) como parte necesaria de nuestra “domesticación de las nuevas tecnologías”. En la Edad Media, 1474, los monjes genoveses quejándose por que la imprenta permite que cualquiera pueda leer la Biblia. Pocos años después, un científico suizo advirtiendo que los libros traerian “sobrecarga informativa” y que leer puede resultar muy “confuso y perjudicial”.La científica Genevieve Bell explica parte de estas paradojas y sobre todo los “pánicos tecnológicos” en que estas novedades muchas veces alteran la relación con el tiempo, la relación con el espacio y nuestra relación con los demás. Es decir, son un nuevo software que impacta de manera directa nuestro sistema operativo. En definitiva, esas paradojas entre la intensa vivencia en el mundo real y el omnipresente registro digital, o entre la viralidad de los algoritmos y el valor de los consumos comunitarios, o la adopción cotidiana de la inteligencia artificial y los temores por su capacidad de agencia, son aventuras propias de esta nueva era mediática.  LA NACION