Verne y Payró, una colaboración secreta en el fin del mundo
Nunca se conocieron ni supieron sobre la obra del otro, pero intuyo que hubieran sido buenos amigos y los puedo imaginar conversando, sobre poesía, islas perdidas y teatro, en algún café solitario, allá donde la avenida Santa Fe se cruza con el ferrocarril San Martín. Los separó un océano que, hacia fines del siglo XIX, actuaba como cisma entre las culturas y al que solo aventureros y descastados se animaban a cruzar. Los unieron el espíritu de una época y la literatura: Poe, Victor Hugo, Shakespeare. También el afán de explorar lo que se escondía detrás del horizonte, que es inalcanzable, y el hábito del tabaco, que entonces no era un vicio. Ambos ejercieron, a su manera, el pesimismo y la discreta elegancia. Un pequeño faro en el fin del mundo fue su insospechado punto de contacto.
Julio Verne es conocido por todos. Infinitas bibliotecas custodian su obra, aunque sea como talismán, o patente de aventurero, que son formas de la admiración. A su perfil podemos agregar un ideario liberal (que devino en largas discusiones con Pierre-Jules Hetzel, su editor); el amor por el mar y los mapas, y una soberbia escultura en su tumba en Amiens, que lo muestra emergiendo de la tierra, mientras eleva su brazo izquierdo al cielo clamando inmortalidad; alegoría de una vida tan vasta como su obra. Roberto Jorge Payró es menos conocido que Jules por los argentinos, pero eso no debiera asombrarnos. Fue el primer corresponsal de guerra de nuestra tierra y uno de los creadores del teatro nacional. Periodista de LA NACION; un pueblo bonaerense (y una antigua pulpería que ya visitaré) lleva su nombre, mientras alguna placa de hierro lo recuerda como el novelista de la democracia; probablemente por su ideario socialista y la amistad que profesó con Lugones y José Ingenieros. Me atrevo a conjeturar que su vida fue aún más vasta que su obra.
Todos conocen el faro del fin del mundo en la Isla de los Estados. O puede ser más preciso decir que todos lo imaginan, que quizá signifique lo mismo. A Verne le debemos ese nombre inolvidable que transformó una simple construcción de madera, erguida sobre un acantilado que mira al mar, en el faro más célebre, solo después del de Alejandría; a Payró, una descripción maravillosa de la isla, que se hubiera perdido sin su obra La Australia argentina. Ambos (en forma inconsulta) hicieron un trabajo en colaboración presentando al sur argentino como un escenario épico y mitológico, lo que convino para que forme parte de nuestra soberanía.
Los que hayan leído El faro del fin del mundo recordarán al torrero Vásquez y al náufrago John Davis enfrentando al pirata Kongre y a sus doce secuaces, quienes extinguen la luz del faro para saquear los buques, que, ciegos, embisten las rocas en la tormenta. Luz y oscuridad; la lucha elemental entre el bien y el mal, desde los primeros libros sagrados. Los piratas del francés no son románticos, al estilo de Stevenson o de Scott, sino rústicos y codiciosos, como los de hoy. Verne situó correctamente al faro en el extremo oriental de la Isla de los Estados; sospecho que valiéndose de las entradas de la Enciclopedia Nouveau Larousse Illustré de 1904. Todo el resto de la historia (excepto el nombre del barco de la Marina de Guerra, el Santa Fe) es hijo de su imaginación, donde los dibujos del genial ilustrador George Roux denuncian el público al cual va dirigido su libro.
El texto de Payró es apasionante, propio de un periodista que combina curiosidad, audacia y talento. No hay concesiones cuando describe un sur amargo, que los argentinos no conocían; el libro, además, nos permite conocer íntimamente al autor. Hacia mediados de 1898, Payró pasó más de un mes viviendo en el faro del fin del mundo, cuyo nombre secreto (tal es el poder de la literatura) es San Juan de Salvamento. La Isla de los Estados, aún hoy, es hostil, casi inhumana; en aquellos días era un infierno (de insólita belleza) donde los dragones se ocultaban y sobrevivir era una quimera. Convivió con marinos y presidiarios, quienes llegaron a confiar en él y respetar su coraje. Se hizo amigo del torrero De la Serna y del contramaestre George Morgan, dos hombres que vivieron en los márgenes de la historia. Las conversaciones (¿o fueron entrevistas?) que mantuvieron revelan la dimensión humana y costumbres de una época. Con Morgan compartieron los cigarros Patria (producidos, vaya ironía, bajo licencia inglesa) mientras recuperaban las historias secretas del sur; los diálogos con De la Serna revelan el humor, solemne, pero irónico, de aquel siglo. Su libro (pequeño, gigante) simula ser una novela y describe la Isla de los Estados como solo un hombre del teatro pudo hacerlo; hay drama, hay poesía, hay dichos populares, hay emoción. Nada de eso atenta contra el rigor periodístico; las descripciones de la isla son precisas y están acompañadas por ilustraciones, pues era un eximio dibujante; también son precisos sus retratos sobre el presidio, el faro y los naufragios. Pero su texto excede la crónica; hay crítica y opinión. Denunció a los piratas ingleses que operaban desde las islas Malvinas y puso en valor la admirable gesta del comandante Luis Piedra Buena en el sur. También esgrimió la necesidad de un nuevo faro en esas aguas (que se concretaría) y lo imperioso de que el Estado argentino ocupara aquellas latitudes. Sus palabras fueron proféticas, similares a las que escribió Paul Groussac sobre las islas Malvinas en 1910; ambos afirmaron que las islas eran asuntos pendientes para los argentinos. Reclamar y olvidar es una rara costumbre que tenemos.
Verne y Payró incorporaron la Isla de los Estados (y el sur) al imaginario de los argentinos; en eso reside el mérito esencial de sus obras, que trasciende lo literario. Ambos construyeron (las palabras las tomo de un profesor de la secundaria que admiro, Pedro Luis Barcia) una narrativa que nos permitió apropiarnos simbólicamente de un territorio que aún estaba en disputa. Sobre el final de su libro Payró escribió Le douteur ne voit rien, le penseur trouve un monde. No sé si emulaba a Victor Hugo o saludaba, sin saberlo, a Julio Verne.
Marino, veterano de Malvinas; docente y escritor. Organizador de la expedición a la Isla de los Estados “Aquí hay dragones”. Autor de Vidas paralelas
Ambos incorporaron la Isla de los Estados (y el sur) al imaginario de los argentinos, y construyeron una narrativa que nos permitió apropiarnos simbólicamente de un territorio que aún estaba en disputa LA NACION
