Mirtha, la viajera en el tiempo que se dirige a los 100
“Te espero para celebrar la vida. Por favor NO traer regalos”. Si usted no recibió esta esquela es que no forma parte del selecto grupo de alrededor de medio centenar de invitados a la cena de mañana en la que le cantarán el feliz cumpleaños a Mirtha Legrand.
Como los 99 años quedarán “cumplidos”, a partir de este lunes la gran anfitriona de la TV argentina desde hace casi sesenta años –rompió ya hace rato todos los récords del Guinness– comenzará a transitar el primer día de su glorioso centenario, en plena vigencia y siempre dando que hablar.
“Pensaban que me iba a morir porque pesaba poquísimo”, recuerda que casi no la esperaban en tiempos en que no existía la ecografía. Fue una sorpresa que, tras el alumbramiento de una robusta niña, viniera ella mucho más menudita, pesando menos de un kilo y medio. Por eso esas gemelas fueron merecedoras de elocuentes apodos: “Goldy” y “Chiquita”.
Vaya si creció “la Chiqui”. Cuando se asomó al mundo gobernaba Marcelo T. de Alvear. Año de prodigios 1927: Charles Lindbergh realizó el primer vuelo trasatlántico en solitario de Nueva York a París y se inició el cine sonoro. En el plano político, expulsaban a León Trotsky del Partido Comunista ruso y se consolidaba Stalin al frente de la Unión Soviética, en tanto que en Chascomús nacía Raúl Alfonsín, uno de los enamorados platónicos que coleccionó la diva a lo largo del tiempo gracias a su apabullante belleza.
La Chiqui comenzó su explosivo camino al estrellato en tiempos del presidente conservador Roberto M. Ortiz. En 1945 conoció a su marido, el prestigioso director cinematográfico Daniel Tinayre, que la hizo protagonista de varias de sus películas, y nació el peronismo. Legrand ascendió en su notable carrera cinematográfica surfeando esas peligrosas aguas politizadas: ni muy cerca, para no quemarse como Fanny Navarro, que cayó en desgracia después de 1955, ni muy lejos, como Libertad Lamarque y Nini Marshall, que marcharon al exilio en México. La Chiqui participó en Córdoba de la colecta popular por el terremoto de San Juan, integró el ateneo Eva Perón y eligió a Raúl Apold –el mandamás de las comunicaciones peronistas– como padrino de su hija Marcela Tinayre, en cuya casa de Palermo Chico festejará sus 99.
Gracias a una idea de Alejandro Romay, a partir de 1968 –gobierno militar de Juan Carlos Onganía–, la carrera de Mirtha Legrand experimentó una crucial transformación que la convirtió hasta el presente en una líder informal de opinión: ser anfitriona de almuerzos y cenas con invitados de jerarquía nacional e internacional y no tanto (mediáticos de baja estofa también se colaron en su mesa).
Su enorme poder de convocatoria queda de manifiesto en la colección de fotos que ostenta en una mesita del living de su departamento que da a los parques de Palermo, sobre la Avenida del Libertador. Allí aparece sonriente, en distintas tomas, con todos los presidentes elegidos en las urnas a partir de 1983, desde Alfonsín a Milei. Falta que incorpore a esa galería del poder, las fotos, a dos asientos de distancia, del presidente Juan Domingo Perón en un banquete durante el festival de cine de Mar de Plata, en 1954, y otra no tan risueña, veinte años más tarde, en una tensa reunión con la presidenta Isabel Perón y el superministro José López Rega, en la Casa Rosada, luego de que prohibieran su programa, cuando la censura y la violencia terrorista asolaban la Argentina.
¿Cuál es su verdadera ideología?: “mirthismo” puro y duro. Los presidentes pasan y ella sigue brillando en la vidriera pública por secula seculorum.
Desde “se viene el zurdaje”, a Néstor y Cristina Kirchner, en 2003, a “son raros ustedes”, el año pasado, al presidente Javier Milei y a Fátima Florez, el secreto de la fascinación que causa Mirtha Legrand en la audiencia y en el círculo rojo es que no se guarda nada y opina sin anestesia, sin importarle la relevancia de su interlocutor. Puede tener la ferocidad y el filo de un periodista avezado, pero con los “fueros” de una madre, una abuela o una tía, cuya franqueza brutal e intuitiva siempre se perdona.
Cierto es que durante la era pingüina ejerció un antikirchnerismo furibundo en respuesta a las campañas agresivas que se le hacían desde programas como 678 y su gigantografía frente al Congreso, junto a las de otras celebridades, que incitaban a los chicos para que las escupieran. Nunca se echó atrás.
Su querida hermana gemela, Silvia Legrand –otro personaje maravilloso que murió mientras dormía en plena pandemia–, la definía así: “Chiquita es como un cisne que entra en un lago de petróleo, pulcra, blanca y majestuosa, lo cruza y la vemos salir por la otra orilla, tal como entró, inmaculada”.
La viajera en el tiempo, que dijo en 1946, a los 19 años, que se retiraba para dedicarse a la vida familiar, ochenta años después no se toma vacaciones ni siquiera en verano (en cambio su nieta Juana no condujo este mes su replicante mesa dominical).
Chiquita lee LA NACION y Clarín “hasta las quiebras y convocatorias”, está al tanto hasta de las más insignificantes polémicas mediáticas y tiene una radio encendida en su mesa de luz a la que le presta atención entre sueño y sueño.
No es fácil conseguir una entrevista exclusiva con ella, pero es raro que no se detenga ante los movileros al paso y les conteste hasta las preguntas más incómodas.
¡Feliz cumple, Mirtha! Y por muchos años más.
“Te espero para celebrar la vida. Por favor NO traer regalos”. Si usted no recibió esta esquela es que no forma parte del selecto grupo de alrededor de medio centenar de invitados a la cena de mañana en la que le cantarán el feliz cumpleaños a Mirtha Legrand. Como los 99 años quedarán “cumplidos”, a partir de este lunes la gran anfitriona de la TV argentina desde hace casi sesenta años –rompió ya hace rato todos los récords del Guinness– comenzará a transitar el primer día de su glorioso centenario, en plena vigencia y siempre dando que hablar. “Pensaban que me iba a morir porque pesaba poquísimo”, recuerda que casi no la esperaban en tiempos en que no existía la ecografía. Fue una sorpresa que, tras el alumbramiento de una robusta niña, viniera ella mucho más menudita, pesando menos de un kilo y medio. Por eso esas gemelas fueron merecedoras de elocuentes apodos: “Goldy” y “Chiquita”. Vaya si creció “la Chiqui”. Cuando se asomó al mundo gobernaba Marcelo T. de Alvear. Año de prodigios 1927: Charles Lindbergh realizó el primer vuelo trasatlántico en solitario de Nueva York a París y se inició el cine sonoro. En el plano político, expulsaban a León Trotsky del Partido Comunista ruso y se consolidaba Stalin al frente de la Unión Soviética, en tanto que en Chascomús nacía Raúl Alfonsín, uno de los enamorados platónicos que coleccionó la diva a lo largo del tiempo gracias a su apabullante belleza. La Chiqui comenzó su explosivo camino al estrellato en tiempos del presidente conservador Roberto M. Ortiz. En 1945 conoció a su marido, el prestigioso director cinematográfico Daniel Tinayre, que la hizo protagonista de varias de sus películas, y nació el peronismo. Legrand ascendió en su notable carrera cinematográfica surfeando esas peligrosas aguas politizadas: ni muy cerca, para no quemarse como Fanny Navarro, que cayó en desgracia después de 1955, ni muy lejos, como Libertad Lamarque y Nini Marshall, que marcharon al exilio en México. La Chiqui participó en Córdoba de la colecta popular por el terremoto de San Juan, integró el ateneo Eva Perón y eligió a Raúl Apold –el mandamás de las comunicaciones peronistas– como padrino de su hija Marcela Tinayre, en cuya casa de Palermo Chico festejará sus 99. Gracias a una idea de Alejandro Romay, a partir de 1968 –gobierno militar de Juan Carlos Onganía–, la carrera de Mirtha Legrand experimentó una crucial transformación que la convirtió hasta el presente en una líder informal de opinión: ser anfitriona de almuerzos y cenas con invitados de jerarquía nacional e internacional y no tanto (mediáticos de baja estofa también se colaron en su mesa). Su enorme poder de convocatoria queda de manifiesto en la colección de fotos que ostenta en una mesita del living de su departamento que da a los parques de Palermo, sobre la Avenida del Libertador. Allí aparece sonriente, en distintas tomas, con todos los presidentes elegidos en las urnas a partir de 1983, desde Alfonsín a Milei. Falta que incorpore a esa galería del poder, las fotos, a dos asientos de distancia, del presidente Juan Domingo Perón en un banquete durante el festival de cine de Mar de Plata, en 1954, y otra no tan risueña, veinte años más tarde, en una tensa reunión con la presidenta Isabel Perón y el superministro José López Rega, en la Casa Rosada, luego de que prohibieran su programa, cuando la censura y la violencia terrorista asolaban la Argentina. ¿Cuál es su verdadera ideología?: “mirthismo” puro y duro. Los presidentes pasan y ella sigue brillando en la vidriera pública por secula seculorum. Desde “se viene el zurdaje”, a Néstor y Cristina Kirchner, en 2003, a “son raros ustedes”, el año pasado, al presidente Javier Milei y a Fátima Florez, el secreto de la fascinación que causa Mirtha Legrand en la audiencia y en el círculo rojo es que no se guarda nada y opina sin anestesia, sin importarle la relevancia de su interlocutor. Puede tener la ferocidad y el filo de un periodista avezado, pero con los “fueros” de una madre, una abuela o una tía, cuya franqueza brutal e intuitiva siempre se perdona. Cierto es que durante la era pingüina ejerció un antikirchnerismo furibundo en respuesta a las campañas agresivas que se le hacían desde programas como 678 y su gigantografía frente al Congreso, junto a las de otras celebridades, que incitaban a los chicos para que las escupieran. Nunca se echó atrás. Su querida hermana gemela, Silvia Legrand –otro personaje maravilloso que murió mientras dormía en plena pandemia–, la definía así: “Chiquita es como un cisne que entra en un lago de petróleo, pulcra, blanca y majestuosa, lo cruza y la vemos salir por la otra orilla, tal como entró, inmaculada”. La viajera en el tiempo, que dijo en 1946, a los 19 años, que se retiraba para dedicarse a la vida familiar, ochenta años después no se toma vacaciones ni siquiera en verano (en cambio su nieta Juana no condujo este mes su replicante mesa dominical). Chiquita lee LA NACION y Clarín “hasta las quiebras y convocatorias”, está al tanto hasta de las más insignificantes polémicas mediáticas y tiene una radio encendida en su mesa de luz a la que le presta atención entre sueño y sueño. No es fácil conseguir una entrevista exclusiva con ella, pero es raro que no se detenga ante los movileros al paso y les conteste hasta las preguntas más incómodas. ¡Feliz cumple, Mirtha! Y por muchos años más. LA NACION
