INTERNACIONALES

Identidad y destino en la guerra de Ucrania

La guerra entre Rusia y Ucrania suele leerse en clave coyuntural: la expansión de la Otan, el liderazgo de Vladimir Putin, el envío de armas occidentales a Volodímir Zelenski, el desgaste en el Dombás. Pero esa superficie diplomática y militar apenas roza una dimensión más profunda, más incómoda y más decisiva: lo que Ucrania representa para la imaginación histórica rusa. Sin esa capa larga de sentido -imperial, paneslavista, civilizatoria-, el conflicto se vuelve incomprensible o, peor aún, banal.

Para la tradición imperial rusa, Ucrania no es simplemente un Estado vecino. Es, en muchos relatos, el lugar de origen. La Rus de Kiev, matriz medieval del mundo eslavo oriental, funciona como mito fundacional compartido. Cuando Vladimir Putin publicó en 2021 su ensayo Sobre la unidad histórica de rusos y ucranianos, no estaba improvisando propaganda de guerra: estaba reactivando una narrativa de larga duración que atraviesa el zarismo, el paneslavismo del siglo XIX y, en parte, la propia Unión Soviética. La idea central es conocida: rusos, ucranianos y bielorrusos formarían un mismo “pueblo histórico” escindido artificialmente por intrigas externas.

En ese marco, la independencia ucraniana de 1991 fue tolerada como un accidente transitorio de la desintegración soviética, no como una ruptura civilizatoria definitiva. Mientras Kiev orbitara en la ambigüedad, entre Moscú y Bruselas, entre la lengua rusa y el nacionalismo ucraniano, el Kremlin podía convivir con la ficción de una unidad cultural más profunda. El problema, desde la perspectiva rusa, no fue la soberanía formal de Ucrania, sino su occidentalización política.

El Euromaidán de 2013-2014 marcó un punto de inflexión en el que se quebró la ilusión de que Ucrania seguiría siendo una zona gris. La caída de Viktor Yanukóvich no fue leída en Moscú solo como un cambio de gobierno, sino como un desplazamiento geopolítico irreversible. En ese momento, Ucrania dejó de ser una periferia ambigua para convertirse en frontera activa del mundo euroatlántico.

Desde la lógica estratégica rusa, heredera tanto del pensamiento imperial como de la experiencia traumática de las invasiones napoleónicas y nazis, la profundidad territorial es un activo vital. La ampliación de la Otan hacia el este fue percibida como un cerco progresivo. Polonia, los países bálticos, Rumania: cada incorporación reducía el colchón estratégico. Ucrania, por su tamaño, su ubicación y su historia militar compartida, es el último gran espacio de amortiguación. Si Kiev se integra plenamente a la Unión Europea y eventualmente a la Otan, Rusia pierde no solo influencia política sino margen defensivo.

La noción de “zona de amortiguación” puede sonar anacrónica en la era de los misiles hipersónicos, pero en la mentalidad estratégica rusa sigue operando con fuerza. No se trata únicamente de kilómetros, sino de control político y alineamiento militar. Una Ucrania neutral o subordinada garantiza previsibilidad; una Ucrania occidentalizada representa incertidumbre estructural.

Sin embargo, reducir la guerra a la cuestión de la seguridad sería insuficiente. Hay un componente identitario que excede la lógica militar. En la narrativa del Kremlin, la expansión de la Otan no es solo un movimiento estratégico, sino la avanzada de un modelo civilizatorio liberal que erosiona valores tradicionales, jerarquías históricas y formas de autoridad. Ucrania, en este sentido, funciona como espejo incómodo: un país eslavo, culturalmente cercano, que decide integrarse a un orden político distinto. Si esa apuesta prospera, desmiente la tesis de la unidad histórica y pone en cuestión el proyecto de reconstrucción imperial rusa.

Por eso, la guerra tiene también un carácter pedagógico interno. No se dirige únicamente a Kiev o a Bruselas, sino a la propia sociedad rusa. Se trata de reafirmar que la historia no terminó en 1991, que Rusia no es un Estado posimperial resignado a su condición regional, sino una potencia con derecho a delimitar su esfera de influencia. La apelación al paneslavismo, a la memoria de la “Gran Guerra Patria”, a la amenaza occidental, cumple una función de cohesión y legitimación.

Ucrania representa para Rusia algo más que un territorio. Es el borde de su identidad histórica y el límite de su ambición imperial. Perderla -en términos políticos y simbólicos- implica aceptar que el espacio postsoviético ya no es su esfera natural de influencia, sino un mosaico de soberanías autónomas. Ganarla por la fuerza, en cambio, supone consolidar una Rusia más aislada, más militarizada y más distante de Europa.

La guerra, entonces, no es solo por un corredor terrestre hacia Crimea ni por una línea en el mapa. Es por la definición misma de lo que Rusia cree ser y de hasta dónde puede proyectarse. Y en ese punto, el conflicto deja de ser coyuntural para convertirse en una disputa por el sentido de la historia en el este de Europa.

​La guerra entre Rusia y Ucrania suele leerse en clave coyuntural: la expansión de la Otan, el liderazgo de Vladimir Putin, el envío de armas occidentales a Volodímir Zelenski, el desgaste en el Dombás. Pero esa superficie diplomática y militar apenas roza una dimensión más profunda, más incómoda y más decisiva: lo que Ucrania representa para la imaginación histórica rusa. Sin esa capa larga de sentido -imperial, paneslavista, civilizatoria-, el conflicto se vuelve incomprensible o, peor aún, banal.Para la tradición imperial rusa, Ucrania no es simplemente un Estado vecino. Es, en muchos relatos, el lugar de origen. La Rus de Kiev, matriz medieval del mundo eslavo oriental, funciona como mito fundacional compartido. Cuando Vladimir Putin publicó en 2021 su ensayo Sobre la unidad histórica de rusos y ucranianos, no estaba improvisando propaganda de guerra: estaba reactivando una narrativa de larga duración que atraviesa el zarismo, el paneslavismo del siglo XIX y, en parte, la propia Unión Soviética. La idea central es conocida: rusos, ucranianos y bielorrusos formarían un mismo “pueblo histórico” escindido artificialmente por intrigas externas.En ese marco, la independencia ucraniana de 1991 fue tolerada como un accidente transitorio de la desintegración soviética, no como una ruptura civilizatoria definitiva. Mientras Kiev orbitara en la ambigüedad, entre Moscú y Bruselas, entre la lengua rusa y el nacionalismo ucraniano, el Kremlin podía convivir con la ficción de una unidad cultural más profunda. El problema, desde la perspectiva rusa, no fue la soberanía formal de Ucrania, sino su occidentalización política.El Euromaidán de 2013-2014 marcó un punto de inflexión en el que se quebró la ilusión de que Ucrania seguiría siendo una zona gris. La caída de Viktor Yanukóvich no fue leída en Moscú solo como un cambio de gobierno, sino como un desplazamiento geopolítico irreversible. En ese momento, Ucrania dejó de ser una periferia ambigua para convertirse en frontera activa del mundo euroatlántico.Desde la lógica estratégica rusa, heredera tanto del pensamiento imperial como de la experiencia traumática de las invasiones napoleónicas y nazis, la profundidad territorial es un activo vital. La ampliación de la Otan hacia el este fue percibida como un cerco progresivo. Polonia, los países bálticos, Rumania: cada incorporación reducía el colchón estratégico. Ucrania, por su tamaño, su ubicación y su historia militar compartida, es el último gran espacio de amortiguación. Si Kiev se integra plenamente a la Unión Europea y eventualmente a la Otan, Rusia pierde no solo influencia política sino margen defensivo.La noción de “zona de amortiguación” puede sonar anacrónica en la era de los misiles hipersónicos, pero en la mentalidad estratégica rusa sigue operando con fuerza. No se trata únicamente de kilómetros, sino de control político y alineamiento militar. Una Ucrania neutral o subordinada garantiza previsibilidad; una Ucrania occidentalizada representa incertidumbre estructural.Sin embargo, reducir la guerra a la cuestión de la seguridad sería insuficiente. Hay un componente identitario que excede la lógica militar. En la narrativa del Kremlin, la expansión de la Otan no es solo un movimiento estratégico, sino la avanzada de un modelo civilizatorio liberal que erosiona valores tradicionales, jerarquías históricas y formas de autoridad. Ucrania, en este sentido, funciona como espejo incómodo: un país eslavo, culturalmente cercano, que decide integrarse a un orden político distinto. Si esa apuesta prospera, desmiente la tesis de la unidad histórica y pone en cuestión el proyecto de reconstrucción imperial rusa.Por eso, la guerra tiene también un carácter pedagógico interno. No se dirige únicamente a Kiev o a Bruselas, sino a la propia sociedad rusa. Se trata de reafirmar que la historia no terminó en 1991, que Rusia no es un Estado posimperial resignado a su condición regional, sino una potencia con derecho a delimitar su esfera de influencia. La apelación al paneslavismo, a la memoria de la “Gran Guerra Patria”, a la amenaza occidental, cumple una función de cohesión y legitimación.Ucrania representa para Rusia algo más que un territorio. Es el borde de su identidad histórica y el límite de su ambición imperial. Perderla -en términos políticos y simbólicos- implica aceptar que el espacio postsoviético ya no es su esfera natural de influencia, sino un mosaico de soberanías autónomas. Ganarla por la fuerza, en cambio, supone consolidar una Rusia más aislada, más militarizada y más distante de Europa.La guerra, entonces, no es solo por un corredor terrestre hacia Crimea ni por una línea en el mapa. Es por la definición misma de lo que Rusia cree ser y de hasta dónde puede proyectarse. Y en ese punto, el conflicto deja de ser coyuntural para convertirse en una disputa por el sentido de la historia en el este de Europa.  La Voz