NACIONALES

Elecciones 2027

Todo parece indicar que nos encaminamos a una nueva confrontación fundamental de Milei con el kirchnerismo. Dentro de veinte meses -muy poco y a la vez un siglo si es por todo lo que todavía puede suceder- los votantes deben decidir si le dan a Milei un segundo mandato, prueban algo nuevo (quién sabe qué), algo recauchutado o reponen a ese viejo conocido que es el kirchnerismo, el peronismo kirchnerizado, el peronismo en vías de deskirchnerización o como se lo quiera llamar.

Milei ya dijo que será candidato. Si gana se convertirá en el primer presidente no peronista de la historia reelecto en forma consecutiva. Aparte de Roca e Yrigoyen, reelectos discontinuos, sólo Perón, Menem y Cristina Kirchner permanecieron en el poder después de haber completado el primer mandato. Perón, derrocado en 1955, gobernó nueve años y medio seguidos. Menem, diez y medio. Y Cristina Kirchner, ocho. Ocho es en realidad lo que corresponde según la Constitución vigente a dos mandatos seguidos. Supondría para Milei quedarse en el poder hasta 2031. Ese año ya no podría ser re-reelecto. Tendría que esperar hasta 2035 para presentarse de nuevo.

¿Cuál es la novedad? En lo referido al gobierno, ninguna. Es el peronismo, más específicamente el bonaerense, el que acaba de producir una noticia presuntamente relacionada con el futuro. No de dimensiones sísmicas, desde ya, modesta, pero que merece algo de atención. Es el acuerdo de Axel Kicillof con Máximo Kirchner. Ese acuerdo fortalece la posibilidad de que Kicillof, quien apurará en los próximos 40 días un armado político nacional, sea candidato presidencial del peronismo, un concurso en el que por ahora compite consigo mismo. Nadie sabe si al final sería el candidato o un candidato. Pero a los estrategas electorales del gobierno con Kicillof enfrente se les hace agua la boca. El juego que mejor conocen es la polarización impiadosa con el kirchnerismo. Kicillof intenta correrse de allí, por lo menos descristinizarse, pero su mochila es muy pesada.

Su programa por el momento sintoniza con el del peronismo en conjunto gracias a la falta de grosor: desalojar a Milei del poder. No es un secreto. Muchos dirigentes peronistas dicen eso como toda idea, a sabiendas de que ese imperativo une a las bases. ¿Alcanza para ganar una elección presidencial? Algunos politólogos sostienen que normalmente las oposiciones no ganan, lo que puede suceder es que los gobiernos pierdan. Traducido, es una verdad de perogrullo: sólo si a Milei le empieza a ir mal -si los altos niveles de apoyo que conserva pese a las dificultades se fatigan- la oposición tiene chances de sustituirlo.

Claro que no todo pertenece a la política. Algunas cosas dependen de las reglas y de cómo se apliquen. Es muy probable que el año próximo la composición del Congreso y el nombre del próximo presidente de la Nación se resuelvan en dos elecciones distintas, tal como sucedió en 2023. El Congreso en las generales y la presidencia en el balotaje. En caso de conservar la presidencia, la chance de los libertarios de agrandar más o agrandar menos su fuerza parlamentaria dependerá entre otras cosas de quién gane en la primera vuelta (en 2023 ganó el perdedor de la segunda) y del grado de polarización que haya.

Esta vez es un poco más difícil hacer pronósticos debido a que no hay antecedentes sobre comportamiento electoral con los instrumentos que se usarán. Por primera vez habrá elecciones para elegir presidente y renovar media Cámara de Diputados y un tercio del Senado con boleta única de papel (además de las elecciones para gobernador en 21 provincias y para jefe de Gobierno de la ciudad, cuyas fechas en varios distritos se suelen desacoplar de las nacionales).

La boleta única de papel, que a nivel legislativo nacional ya se empleó el año pasado, afecta el arrastre. Asunto crucial debido a que facilita el voto cruzado. Se trata de la posibilidad de elegir al candidato a presidente de un partido y a la lista de diputados de otro, o de senadores (en las ocho provincias donde se eligen senadores).

Con la tradicional boleta partidaria -la boleta de toda la vida- el arrastre venía inducido de fábrica. Dividida en categorías separadas por líneas de puntos, si uno quería hacer mezclas tenía que tomarse el trabajo de cortarla. Conducta de reminiscencias escolares: se aconsejaba llevar al cuarto oscuro una regla o una tijera (o bien el voto preparado) y había que acordarse de meter en el sobre todas las secciones para que algún faltante accidental no terminara siendo un involuntario voto en blanco. Como junto a las categorías nacionales iba muchas veces la de gobernador, el sistema empujaba a votar de manera íntegra la oferta de un solo partido. Se pensaba que el método favorecía el sistema de partidos, lo cual, en el siglo XXI sobre todo, no se verificó. Así fue como un candidato casi desconocido como Alejandro Armendáriz, por ejemplo, resultó elegido en 1983 gobernador de la provincia de Buenos Aires el día que la mayoría de los electores fue a buscar la boleta encabezada por Raúl Alfonsín (también es cierto que el peronismo llevaba un pésimo candidato, Herminio Iglesias).

Pero el arrastre quedó ahora debilitado por la ley 27.781, promulgada por Milei, que modificó el Código Electoral Nacional. El elector tendrá que marcar un casillero por cada categoría, no se podrá votar con una única cruz la “lista completa”. Al describir la boleta los legisladores hasta pusieron un inciso específico, el 10 del artículo 62 bis, taxativo: “No contendrá casillero en blanco para votar por lista completa”.

Los gobernadores de partidos provinciales dijeron durante las discusiones que un casillero de lista completa favorecía a los grandes partidos nacionales y perjudicaba a las fuerzas locales que no llevaban candidato a presidente. Como en una presidencial los candidatos a presidente se roban todos los reflectores, el método de votación resulta determinante respecto de las demás categorías. Y esto en definitiva hace a la musculatura parlamentaria que consigue quien ocupa el Poder Ejecutivo, tema de extrema actualidad: sobre eso, en esencia, versa desde hace dos años y dos meses la cuestión de la gobernabilidad de Milei.

Ahora mismo sin ir más lejos Milei está juntando en el Senado voto por voto para sacar la reforma laboral, causa mayor en la que no tiene mucho margen político para una derrota.

Un oficialismo ganador podría en 2027 incrementar moderadamente su número de legisladores, esto es sin repetir el salto sideral del año pasado, cuando los libertarios partieron de bancadas muy pequeñas. En otras palabras, un escenario bastante probable para la primera mitad de un próximo, hipotético segundo mandato de Milei es de mayor comodidad parlamentaria que la que hoy le exige tediosas (y onerosas) negociaciones con los gobernadores, regentes en la práctica de legisladores leales.

También hoy el peronismo con su versión sindical de vuelta en la calle está saliendo del letargo estival. Un repliegue atribuible a varias razones ensambladas: dispersión, falta de liderazgo, carencias programáticas, desánimo remanente de octubre, división de los gobernadores y de los líderes sindicales frente a la reforma laboral y, podría decirse para no hablar de vacaciones, motivos estacionales. Habría que adosar el silencio prolongado de Cristina Kirchner, aunque no está claro si como causa del letargo -declinación de su liderazgo- o como consecuencia. Aunque debe considerarse que la disposición de Máximo Kirchner para aflojar la tensión con Kicillof no fue una decisión autónoma de él.

Las estructuras partidarias nunca le quitaron el sueño al peronismo, que es desde su cuna, antes que nada, un movimiento verticalista. A muchos afiliados les resultaría difícil, si se los desafiara, recordar quiénes fueron presidentes del PJ bonaerense antes de Máximo Kirchner, relevado por estas horas en forma ordenada por Kicillof. Es un tema relacionado con los liderazgos. Los líderes peronistas hegemónicos suelen poner gente propia en los altos cargos partidarios. De hecho, Máximo Kirchner no había llegado solo, es fácil saber quién lo encumbró. El ascenso de Kicillof, acompañado por su fiel vicegobernadora Verónica Magario como vicepresidenta, indica que este líder que está en boxes no tuvo suficiente combustible como para delegar la presidencia partidaria en alguien de su total confianza.

Se repite ahora con frecuencia que el acuerdo evitó una interna abierta como si las elecciones partidarias fueran una rutina. Nunca lo fueron. Máximo Kirchner presidirá el congreso del PJ bonaerense, el cual tiene la función de establecer las alianzas electorales. La Cámpora compartirá las funciones partidarias, lo que significa que se alcanzó un pacto de convivencia. No se conoce demasiado, sin embargo, cuáles son las diferencias ideológicas entre el kicillofismo y La Cámpora. Al parecer no se trataría de una discusión por ideas sino antes de viejas disputas acumuladas por espacios de poder.

En cualquier caso, Kicillof no esconde su plan de desafiar el maleficio que les impidió hasta ahora a doce gobernadores de la provincia de Buenos Aires, desde Adolfo Alsina hasta Daniel Scioli, llegar a presidentes. Él primero tiene que convencer al peronismo de que él es el indicado para desalojar a Milei.

​Todo parece indicar que nos encaminamos a una nueva confrontación fundamental de Milei con el kirchnerismo. Dentro de veinte meses -muy poco y a la vez un siglo si es por todo lo que todavía puede suceder- los votantes deben decidir si le dan a Milei un segundo mandato, prueban algo nuevo (quién sabe qué), algo recauchutado o reponen a ese viejo conocido que es el kirchnerismo, el peronismo kirchnerizado, el peronismo en vías de deskirchnerización o como se lo quiera llamar. Milei ya dijo que será candidato. Si gana se convertirá en el primer presidente no peronista de la historia reelecto en forma consecutiva. Aparte de Roca e Yrigoyen, reelectos discontinuos, sólo Perón, Menem y Cristina Kirchner permanecieron en el poder después de haber completado el primer mandato. Perón, derrocado en 1955, gobernó nueve años y medio seguidos. Menem, diez y medio. Y Cristina Kirchner, ocho. Ocho es en realidad lo que corresponde según la Constitución vigente a dos mandatos seguidos. Supondría para Milei quedarse en el poder hasta 2031. Ese año ya no podría ser re-reelecto. Tendría que esperar hasta 2035 para presentarse de nuevo. ¿Cuál es la novedad? En lo referido al gobierno, ninguna. Es el peronismo, más específicamente el bonaerense, el que acaba de producir una noticia presuntamente relacionada con el futuro. No de dimensiones sísmicas, desde ya, modesta, pero que merece algo de atención. Es el acuerdo de Axel Kicillof con Máximo Kirchner. Ese acuerdo fortalece la posibilidad de que Kicillof, quien apurará en los próximos 40 días un armado político nacional, sea candidato presidencial del peronismo, un concurso en el que por ahora compite consigo mismo. Nadie sabe si al final sería el candidato o un candidato. Pero a los estrategas electorales del gobierno con Kicillof enfrente se les hace agua la boca. El juego que mejor conocen es la polarización impiadosa con el kirchnerismo. Kicillof intenta correrse de allí, por lo menos descristinizarse, pero su mochila es muy pesada. Su programa por el momento sintoniza con el del peronismo en conjunto gracias a la falta de grosor: desalojar a Milei del poder. No es un secreto. Muchos dirigentes peronistas dicen eso como toda idea, a sabiendas de que ese imperativo une a las bases. ¿Alcanza para ganar una elección presidencial? Algunos politólogos sostienen que normalmente las oposiciones no ganan, lo que puede suceder es que los gobiernos pierdan. Traducido, es una verdad de perogrullo: sólo si a Milei le empieza a ir mal -si los altos niveles de apoyo que conserva pese a las dificultades se fatigan- la oposición tiene chances de sustituirlo. Claro que no todo pertenece a la política. Algunas cosas dependen de las reglas y de cómo se apliquen. Es muy probable que el año próximo la composición del Congreso y el nombre del próximo presidente de la Nación se resuelvan en dos elecciones distintas, tal como sucedió en 2023. El Congreso en las generales y la presidencia en el balotaje. En caso de conservar la presidencia, la chance de los libertarios de agrandar más o agrandar menos su fuerza parlamentaria dependerá entre otras cosas de quién gane en la primera vuelta (en 2023 ganó el perdedor de la segunda) y del grado de polarización que haya. Esta vez es un poco más difícil hacer pronósticos debido a que no hay antecedentes sobre comportamiento electoral con los instrumentos que se usarán. Por primera vez habrá elecciones para elegir presidente y renovar media Cámara de Diputados y un tercio del Senado con boleta única de papel (además de las elecciones para gobernador en 21 provincias y para jefe de Gobierno de la ciudad, cuyas fechas en varios distritos se suelen desacoplar de las nacionales). La boleta única de papel, que a nivel legislativo nacional ya se empleó el año pasado, afecta el arrastre. Asunto crucial debido a que facilita el voto cruzado. Se trata de la posibilidad de elegir al candidato a presidente de un partido y a la lista de diputados de otro, o de senadores (en las ocho provincias donde se eligen senadores). Con la tradicional boleta partidaria -la boleta de toda la vida- el arrastre venía inducido de fábrica. Dividida en categorías separadas por líneas de puntos, si uno quería hacer mezclas tenía que tomarse el trabajo de cortarla. Conducta de reminiscencias escolares: se aconsejaba llevar al cuarto oscuro una regla o una tijera (o bien el voto preparado) y había que acordarse de meter en el sobre todas las secciones para que algún faltante accidental no terminara siendo un involuntario voto en blanco. Como junto a las categorías nacionales iba muchas veces la de gobernador, el sistema empujaba a votar de manera íntegra la oferta de un solo partido. Se pensaba que el método favorecía el sistema de partidos, lo cual, en el siglo XXI sobre todo, no se verificó. Así fue como un candidato casi desconocido como Alejandro Armendáriz, por ejemplo, resultó elegido en 1983 gobernador de la provincia de Buenos Aires el día que la mayoría de los electores fue a buscar la boleta encabezada por Raúl Alfonsín (también es cierto que el peronismo llevaba un pésimo candidato, Herminio Iglesias). Pero el arrastre quedó ahora debilitado por la ley 27.781, promulgada por Milei, que modificó el Código Electoral Nacional. El elector tendrá que marcar un casillero por cada categoría, no se podrá votar con una única cruz la “lista completa”. Al describir la boleta los legisladores hasta pusieron un inciso específico, el 10 del artículo 62 bis, taxativo: “No contendrá casillero en blanco para votar por lista completa”. Los gobernadores de partidos provinciales dijeron durante las discusiones que un casillero de lista completa favorecía a los grandes partidos nacionales y perjudicaba a las fuerzas locales que no llevaban candidato a presidente. Como en una presidencial los candidatos a presidente se roban todos los reflectores, el método de votación resulta determinante respecto de las demás categorías. Y esto en definitiva hace a la musculatura parlamentaria que consigue quien ocupa el Poder Ejecutivo, tema de extrema actualidad: sobre eso, en esencia, versa desde hace dos años y dos meses la cuestión de la gobernabilidad de Milei. Ahora mismo sin ir más lejos Milei está juntando en el Senado voto por voto para sacar la reforma laboral, causa mayor en la que no tiene mucho margen político para una derrota. Un oficialismo ganador podría en 2027 incrementar moderadamente su número de legisladores, esto es sin repetir el salto sideral del año pasado, cuando los libertarios partieron de bancadas muy pequeñas. En otras palabras, un escenario bastante probable para la primera mitad de un próximo, hipotético segundo mandato de Milei es de mayor comodidad parlamentaria que la que hoy le exige tediosas (y onerosas) negociaciones con los gobernadores, regentes en la práctica de legisladores leales. También hoy el peronismo con su versión sindical de vuelta en la calle está saliendo del letargo estival. Un repliegue atribuible a varias razones ensambladas: dispersión, falta de liderazgo, carencias programáticas, desánimo remanente de octubre, división de los gobernadores y de los líderes sindicales frente a la reforma laboral y, podría decirse para no hablar de vacaciones, motivos estacionales. Habría que adosar el silencio prolongado de Cristina Kirchner, aunque no está claro si como causa del letargo -declinación de su liderazgo- o como consecuencia. Aunque debe considerarse que la disposición de Máximo Kirchner para aflojar la tensión con Kicillof no fue una decisión autónoma de él. Las estructuras partidarias nunca le quitaron el sueño al peronismo, que es desde su cuna, antes que nada, un movimiento verticalista. A muchos afiliados les resultaría difícil, si se los desafiara, recordar quiénes fueron presidentes del PJ bonaerense antes de Máximo Kirchner, relevado por estas horas en forma ordenada por Kicillof. Es un tema relacionado con los liderazgos. Los líderes peronistas hegemónicos suelen poner gente propia en los altos cargos partidarios. De hecho, Máximo Kirchner no había llegado solo, es fácil saber quién lo encumbró. El ascenso de Kicillof, acompañado por su fiel vicegobernadora Verónica Magario como vicepresidenta, indica que este líder que está en boxes no tuvo suficiente combustible como para delegar la presidencia partidaria en alguien de su total confianza. Se repite ahora con frecuencia que el acuerdo evitó una interna abierta como si las elecciones partidarias fueran una rutina. Nunca lo fueron. Máximo Kirchner presidirá el congreso del PJ bonaerense, el cual tiene la función de establecer las alianzas electorales. La Cámpora compartirá las funciones partidarias, lo que significa que se alcanzó un pacto de convivencia. No se conoce demasiado, sin embargo, cuáles son las diferencias ideológicas entre el kicillofismo y La Cámpora. Al parecer no se trataría de una discusión por ideas sino antes de viejas disputas acumuladas por espacios de poder. En cualquier caso, Kicillof no esconde su plan de desafiar el maleficio que les impidió hasta ahora a doce gobernadores de la provincia de Buenos Aires, desde Adolfo Alsina hasta Daniel Scioli, llegar a presidentes. Él primero tiene que convencer al peronismo de que él es el indicado para desalojar a Milei.  LA NACION