INTERNACIONALES

Cuatro años de guerra: por qué la paz entre Rusia y Ucrania parece imposible

En el sistema internacional anárquico -donde no existe una autoridad suprema que regule las relaciones-, los Estados persiguen el poder como medio esencial para garantizar su supervivencia, tal como postula el realismo político clásico. Kenneth Waltz, en su obra Theory of International Politics (1979), define precisamente este sistema como anárquico porque los Estados son las unidades soberanas principales y no existe un poder superior que las regule o imponga orden.

Cuatro años después de la invasión rusa a Ucrania (24 de febrero de 2022), el conflicto permanece enquistado en un estancamiento sangriento sin visos de resolución cercana. Los obstáculos principales para alcanzar la paz son: disputas territoriales irreconciliables, intereses nacionales opuestos de las grandes potencias, un rígido juego de alianzas y el peso decisivo de líderes como Vladimir Putin, Donald Trump y Xi Jinping. Las cifras del Sipri sobre gastos en defensa revelan además un rearme global que perpetúa la hostilidad.

El núcleo del impás radica en las demandas territoriales. Rusia reclama Crimea y las cuatro regiones anexadas en 2022 (Donetsk, Lugansk, Zaporiyia y Jersón), mientras Ucrania exige la restitución íntegra de sus fronteras de 1991, respaldada por Occidente. Cualquier concesión sería vista por Putin como humillación existencial y por Zelenski como traición a la soberanía. La desconfianza se agrava por percepciones de seguridad: Moscú interpreta la expansión de la Otan como amenaza directa; Kiev teme una agresión perpetua sin garantías firmes. A ello se suman intereses económicos: el control de recursos energéticos, agrícolas y minerales del Dombás complica cualquier acuerdo al vincularlo a compensaciones millonarias y reconstrucción.

Los intereses nacionales de los actores principales profundizan la división. Rusia busca restaurar una esfera de influencia postsoviética y zonas de seguridad contra la Otan, consolidando su estatus de gran potencia.

Estados Unidos apoya a Ucrania para desgastar a Rusia sin confrontación directa, preservando su hegemonía y el orden liberal. La Unión Europea prioriza la estabilidad continental, temiendo contagios en Moldavia o los Bálticos. China persigue un mundo multipolar: su alianza con Rusia asegura energía barata, elude sanciones y erosiona la supremacía estadounidense sin comprometerse militarmente.

El juego de alianzas rigidiza el tablero. La Otan se fortaleció con Finlandia y Suecia (2023-2024), reforzando su flanco oriental. En respuesta, el eje Rusia-China-Irán-Corea del Norte se consolidó: Pyongyang aporta artillería; Teherán, drones, y Beijing compra petróleo ruso con descuento, esquivando sanciones. Esta polarización bipolar evoca una nueva Guerra Fría; mediaciones de Brics o Asean resultan marginales ante la intransigencia de los contendientes.

Los líderes clave moldean el rumbo. Putin ha convertido la guerra en narrativa interna de resistencia al “Occidente decadente”, aunque a costa de cientos de miles de bajas y una economía militarizada. Trump, en el cargo desde enero de 2025 tras ganar en 2024, promete resolver rápidamente el conflicto presionando a Ucrania para ceder territorio, recortando la ayuda estadounidense (ya superior a U$S 120 mil millones) y priorizando “America First” sobre la Otan. Esto podría fracturar la coalición occidental, favoreciendo a Moscú. Xi Jinping mantiene un equilibrio calculado: su “amistad sin límites” con Putin (2022) se traduce en comercio récord -alrededor de 245 mil millones en 2024- y maniobras conjuntas, pero evita escaladas que lo distraigan de Taiwán. Beijing usa el conflicto para proyectarse como potencia responsable y debilitar la credibilidad de Washington.

Según Sipri, el gasto militar global alcanzó U$S 2.718 billones en 2024 (+9,4% interanual, el mayor salto desde la Guerra Fría). Rusia invirtió 149 mil millones (7,1% del PIB), Ucrania 64,7 mil millones (34% del PIB, récord mundial), EE.UU. 997 mil millones (37% del total global), China unos 314 mil millones (+7%) y Europa (incluida Rusia) 693 mil millones (+17%). Diecisiete aliados europeos de la Otan superaron el 2% del PIB en defensa. Este boom armamentístico refuerza el ciclo de desconfianza y hace la paz más costosa.

Todo parecería otorgar vigencia a las palabras de Mao Zedong: “El poder político nace del cañón de un fusil”. Como advertía Fiódor Dostoievski en Crimen y castigo: “No logro comprender por qué bombardear a la gente en un asedio regular es más honorable que asesinar a alguien a hachazos”.

En este conflicto, la diplomacia solo avanzará cuando el equilibrio de fuerzas lo imponga -una verdad cruda que las potencias siguen postergando a su propio riesgo-.

​En el sistema internacional anárquico -donde no existe una autoridad suprema que regule las relaciones-, los Estados persiguen el poder como medio esencial para garantizar su supervivencia, tal como postula el realismo político clásico. Kenneth Waltz, en su obra Theory of International Politics (1979), define precisamente este sistema como anárquico porque los Estados son las unidades soberanas principales y no existe un poder superior que las regule o imponga orden.Cuatro años después de la invasión rusa a Ucrania (24 de febrero de 2022), el conflicto permanece enquistado en un estancamiento sangriento sin visos de resolución cercana. Los obstáculos principales para alcanzar la paz son: disputas territoriales irreconciliables, intereses nacionales opuestos de las grandes potencias, un rígido juego de alianzas y el peso decisivo de líderes como Vladimir Putin, Donald Trump y Xi Jinping. Las cifras del Sipri sobre gastos en defensa revelan además un rearme global que perpetúa la hostilidad.El núcleo del impás radica en las demandas territoriales. Rusia reclama Crimea y las cuatro regiones anexadas en 2022 (Donetsk, Lugansk, Zaporiyia y Jersón), mientras Ucrania exige la restitución íntegra de sus fronteras de 1991, respaldada por Occidente. Cualquier concesión sería vista por Putin como humillación existencial y por Zelenski como traición a la soberanía. La desconfianza se agrava por percepciones de seguridad: Moscú interpreta la expansión de la Otan como amenaza directa; Kiev teme una agresión perpetua sin garantías firmes. A ello se suman intereses económicos: el control de recursos energéticos, agrícolas y minerales del Dombás complica cualquier acuerdo al vincularlo a compensaciones millonarias y reconstrucción.Los intereses nacionales de los actores principales profundizan la división. Rusia busca restaurar una esfera de influencia postsoviética y zonas de seguridad contra la Otan, consolidando su estatus de gran potencia.Estados Unidos apoya a Ucrania para desgastar a Rusia sin confrontación directa, preservando su hegemonía y el orden liberal. La Unión Europea prioriza la estabilidad continental, temiendo contagios en Moldavia o los Bálticos. China persigue un mundo multipolar: su alianza con Rusia asegura energía barata, elude sanciones y erosiona la supremacía estadounidense sin comprometerse militarmente.El juego de alianzas rigidiza el tablero. La Otan se fortaleció con Finlandia y Suecia (2023-2024), reforzando su flanco oriental. En respuesta, el eje Rusia-China-Irán-Corea del Norte se consolidó: Pyongyang aporta artillería; Teherán, drones, y Beijing compra petróleo ruso con descuento, esquivando sanciones. Esta polarización bipolar evoca una nueva Guerra Fría; mediaciones de Brics o Asean resultan marginales ante la intransigencia de los contendientes.Los líderes clave moldean el rumbo. Putin ha convertido la guerra en narrativa interna de resistencia al “Occidente decadente”, aunque a costa de cientos de miles de bajas y una economía militarizada. Trump, en el cargo desde enero de 2025 tras ganar en 2024, promete resolver rápidamente el conflicto presionando a Ucrania para ceder territorio, recortando la ayuda estadounidense (ya superior a U$S 120 mil millones) y priorizando “America First” sobre la Otan. Esto podría fracturar la coalición occidental, favoreciendo a Moscú. Xi Jinping mantiene un equilibrio calculado: su “amistad sin límites” con Putin (2022) se traduce en comercio récord -alrededor de 245 mil millones en 2024- y maniobras conjuntas, pero evita escaladas que lo distraigan de Taiwán. Beijing usa el conflicto para proyectarse como potencia responsable y debilitar la credibilidad de Washington.Según Sipri, el gasto militar global alcanzó U$S 2.718 billones en 2024 (+9,4% interanual, el mayor salto desde la Guerra Fría). Rusia invirtió 149 mil millones (7,1% del PIB), Ucrania 64,7 mil millones (34% del PIB, récord mundial), EE.UU. 997 mil millones (37% del total global), China unos 314 mil millones (+7%) y Europa (incluida Rusia) 693 mil millones (+17%). Diecisiete aliados europeos de la Otan superaron el 2% del PIB en defensa. Este boom armamentístico refuerza el ciclo de desconfianza y hace la paz más costosa.Todo parecería otorgar vigencia a las palabras de Mao Zedong: “El poder político nace del cañón de un fusil”. Como advertía Fiódor Dostoievski en Crimen y castigo: “No logro comprender por qué bombardear a la gente en un asedio regular es más honorable que asesinar a alguien a hachazos”. En este conflicto, la diplomacia solo avanzará cuando el equilibrio de fuerzas lo imponga -una verdad cruda que las potencias siguen postergando a su propio riesgo-.  La Voz