Inglaterra puede espejarse en la Argentina. Es un rival camaleónico, que al igual que la Albiceleste en este Mundial 2026, aprendió a ganar incluso cuando no juega bien. Tuvo picos como aquel debut convincente contra Croacia al sufrimiento extremo contra México en el estadio Azteca. El DT alemán Thomas Tuchel no parece haber venido al Mundial para encontrar una identidad, porque ha mostrado varias caras, y quizás esa sea su mayor virtud. Los nombres propios también tienen peso específico: Jude Bellingham es su corazón, Harry Kane la referencia y un banco capaz de cambiar el rumbo de los partidos. Pero deja espacios, sufre cuando debe atacar defensas cerradas y todavía no encontró una versión estable.

El dibujo de 4-2-3-1 fue el punto de partida en los seis partidos, aunque el comportamiento cambió considerablemente según el rival y el desarrollo. Tuchel mantuvo como columna vertebral al arquero Jordan Pickford, Ezri Konsa, Declan Rice, Elliot Anderson, Bellingham y Kane, pero rotó centrales, laterales y extremos. También modificó el tipo de intervención del equipo: presión alta contra rivales replegados, bloque medio ante adversarios de mayor jerarquía y repliegue profundo cuando el desarrollo lo obligó.

Los números globales describen a un semifinalista eficiente: convirtió 13 goles, tuvo seis en contra, con 12,23 de xG acumulado y 5,40 de xG concedido. Generó 94 remates, 39 de ellos al arco. La producción ofensiva, sin embargo, no fue pareja: alcanzó 3,33 de xG ante Croacia, pero solamente registró seis tiros en todo el partido contra México, donde jugó casi todo el segundo tiempo con un jugador menos.

Contra Noruega, en los recientes cuartos de final, combinó casi todas esas versiones en un mismo partido: tuvo la pelota, retrocedió, sufrió, cambió piezas y terminó ganando en el suplementario gracias a dos apariciones de Bellingham. Así llegó con cinco victorias y un empate.

Foto: REUTERS/Dylan Martinez

Los "Leones" tuvieron una de sus mejores versiones contra Croacia cuando fue directo, vertical y agresivo. Recuperó, avanzó rápido y atacó con varios jugadores. No necesitó elaborar demasiado porque encontraba espacios. Kane fijaba o retrocedía para descargar. Bellingham irrumpía desde atrás. Anthony Gordon y Noni Madueke corrían por afuera. Rice y Anderson ganaban las segundas pelotas. Ghana se encargó de demostrar que no era tan sencillo, aunque Panamá le permitió recuperar confianza.

La fase de grupos entregó una tendencia: cuando el juego interior no alcanza, Inglaterra tiene otros caminos y puede lastimar con la pelota parada. Tiene buenos ejecutores y varios cabeceadores: Kane, Bellingham, Rice, Guehi, John Stones, Konsa. Y puede encontrar la segunda jugada, porque sus mediocampistas suelen quedar cerca del área.

Bellingham es el centro del sistema. La estructura funciona mejor cuando Inglaterra encuentra diferentes alturas: uno fija, otro apoya y un tercero ataca la profundidad.

Foto: REUTERS/Marco Bello

La eficacia es extrema. Difícil de repetir, pero no enteramente fortuita. No necesitan muchas llegadas. Les alcanza con una pérdida mal ubicada, una descarga de Kane, una carrera de Gordon o una irrupción del todocampista del Real Madrid.

Requerirá un cuidado especial. Marcarlo de manera individual puede ser una trampa. Si un volante lo sigue hasta muy atrás, Kane encontrará espacio. Si un central sale demasiado lejos, Gordon o Saka atacarán el hueco. La solución deberá ser colectiva, tomarlo por zonas. Presionarlo cuando recibe de espaldas. Evitar que gire. Y, sobre todo, no permitirle entrar libre al área.

Foto: REUTERS/Paul Childs

Kane es la otra referencia. También cambia de función según el partido. Contra defensas adelantadas, retrocede, arrastra a un central y libera el espacio para Bellingham o los extremos. Contra bloques bajos, permanece más cerca del área y ataca los centros.

Rice es el equilibrio. Protege a los centrales, cubre las subidas de los laterales y le da sentido a la salida. Anderson es el hilo que une las piezas. Se ofrece, recibe, gira y vuelve a mostrarse.

Pero todas estas fortalezas también arrastran debilidades. No es invulnerable. Le cuesta enfrentar bloques bajos. Puede tener la pelota durante largos períodos sin generar chances claras. Deja espacios detrás de los laterales y su estructura se vuelve frágil cuando pierde la pelota con Rice lejos del centro.

Ahí puede aparecer una de las claves para la Argentina. La Scaloneta deberá presionar no sólo a los centrales, sino también a Rice y Anderson. El objetivo será impedir que reciban de frente. Julián Alvarez puede orientar la salida. De Paul, Enzo Fernández o Mac Allister tendrán que saltar sobre los mediocampistas. Messi, desde una posición más libre, puede bloquear el pase hacia atrás o esperar el momento para recibir a espaldas del doble cinco.

La Argentina también tendrá que reducir las pérdidas interiores. Inglaterra es muy peligrosa cuando recupera cerca de Rice y Anderson y puede lanzar rápido a sus extremos. Una pelota perdida en el centro puede convertirse en una carrera de Gordon, una diagonal de Saka o una conducción de Bellingham. El mejor modo de desactivar a Inglaterra será obligarla a atacar en estático, cerrar los espacios centrales y empujarla hacia los centros lejanos.

Puede jugar peor que el rival y conservar el partido al alcance de una acción. Ese es, quizá, su rasgo más peligroso. No es un equipo que necesite sentirse cómodo. No requiere controlar todo. Puede esperar. Puede resistir. Puede equivocarse. Y puede ganar igual.

La Argentina enfrentará a una selección con talento, recursos y contradicciones. Una selección que todavía no sabe con exactitud qué quiere ser, pero que aprendió algo acaso más importante en un Mundial: sabe qué hacer para seguir adelante.