La historia de Julio Pedro Vázquez, soldado conscripto de la Compañía A del Regimiento de Infantería Mecanizada N°6 de Mercedes, se escribe en un contexto atravesado por la Guerra de Malvinas, cuando su vida cotidiana quedó suspendida de un momento a otro. Tenía 20 años y jugaba en la cuarta categoría del fútbol argentino, en Centro Español, mientras soñaba con su primer contrato profesional.

Era una mañana normal en un día de partido, como tantos otros, cuando recibió en su casa la citación para el servicio militar. Sin comprender los motivos del llamado, presentía que algo estaba por cambiar y eligió no decir nada. Agarró sus cosas y se fue al club.

Cumplió con el partido como estaba previsto. Sin embargo, en el vestuario, ya finalizado el duelo, se quebró en llanto sin poder, o sin querer, dar explicaciones frente a sus compañeros, que no entendían la reacción. Vázquez, en silencio, se retiró solo, con lo puesto, en una dolorosa e involuntaria despedida que más de cuarenta años después, reconstruye con Clarín.

A cuarenta y cuatro años de Malvinas, la única imagen que recuperó Julio Pedro Vázquez.

Vivía en la casa de sus padres en Ituzaingó, hoy fallecidos, Rosa Génova de Vázquez y Elías Gregorio Vázquez. Trabajaba, estudiaba y jugaba al fútbol. Hizo inferiores en San Lorenzo, Platense e Ituzaingó y cuando terminó la secundaria tuvo un año en el que trabajaba, jugaba al fútbol e intentaba empezar una carrera terciaria.

En 1981 había realizado el servicio militar obligatorio, pero incluso allí, seguía jugando al fútbol junto a los soldados que entraban en esa camada al regimiento, en el equipo ‘General Viamonte’. En diciembre de ese año fue dado de baja, lo que le permitió volver a las canchas en un momento decisivo, ya que tenía la edad para firmar su primer contrato.

Hizo la pretemporada en Ituzaingó, porque aparentemente había una posibilidad de ir a préstamo a Platense. Una semana después del 2 de abril, exactamente el sábado 10, Julio se preparaba para jugar un partido en cancha de Ituzaingó. Jugaba en Centro Español y enfrentaría a Central Ballester por el torneo oficial de AFA, pero una carta lo sorprendió por la mañana.

Julio Vázquez, durante una charla en un colegio. Foto: @juliopedrovazquez vía Instagram.

Recibí la carta a las diez de la mañana. A la tarde fui a jugar el partido y cuando terminó me cayeron todas las fichas de lo que me estaba pasando. Me estaban reincorporando al servicio militar sin saber destino. Estaba en mi casa, mirando televisión. No existían las concentraciones en ese momento y medio te concentrabas vos solo”, comenzó diciendo.

El partido era a las tres y media de la tarde y a las doce tenía que estar en el club para almorzar. Cuando llegó, no le dijo nada a nadie y se sentó a comer. Después llegó la formación, la charla técnica y finalmente comenzó el encuentro. Julio salió a la cancha, pero cuando entró al vestuario, no era el mismo. “Cuando termina el partido me caen todas las fichas. Estaba en el vestuario y me puse a llorar”.

Mientras se cambiaba para entrar a las duchas se sintió incómodo. Estaba llorando para todo el mundo sin motivos. Así que se sacó las medias y así como estaba, se fue, con ojotas, medias y pantaloncito. “Me salieron a correr los dirigentes y el técnico para preguntarme qué había pasado. ¿Por qué me había ido a medio vestir?, ¿por qué no me había bañado?, ¿por qué no había hablado con nadie?, ¿por qué? Hablé con, con un dirigente, que creo, no me acuerdo ahora si no era el presidente del club, y el director técnico. Le dije ‘Mire, me llegó la citación para volver al regimiento’”.

Cuando llegó a su casa lo esperaba la despedida más difícil. “Me despedí de los amigos del fútbol, de los amigos de la vida, de mi pareja... Y el lunes 12 de abril a la mañana me presenté en Mercedes. El martes 13 ya estaba en Malvinas”.

Empezamos con algunas sensaciones que no eran nuevas, que eran sorpresivas. Si bien uno es educado y fundamentado, se sabía perfectamente que el clima de Malvinas ya era hostil. Tan al sur, en medio del mar… Para llegar hicimos Regimiento-Palomar, Palomar-Río Gallegos, y de Río Gallegos avión a Malvinas… un Hércules C-130".

Vázquez sigue con el relato: "Bajamos ahí y la primera sensación de que había algo diferente fue el viento, porque era un día despejado, con nubes como siempre, pero con mucho viento. Nos recibieron con grandes estibas de gaseosa, galletitas, bizcochitos, por lo menos hasta que llegué había bizcochitos de grasa, eso recibimos nosotros”.

El jefe de compañía los llevó al costado del aeropuerto de Puerto Argentino y allí permanecieron dos días, hasta que fueron designados a Casa del Gobernador. Para llegar, caminaron por la única ruta que conecta el Aeropuerto con el pueblo de Puerto Argentino, durante siete u ocho kilómetros, cargando el equipamiento. “Nos dijeron ‘bueno, tienen que empezar a hacer pozos’. Esos pozos iban a ser nuestras trincheras”. Al poco tiempo fueron trasladados nuevamente, a la vera de esa ruta.

Al poco tiempo dejamos Casa del Gobernador porque nos mandaron a cuidar una bahía. No nos movimos más de ese lugar. El resto del regimiento sí se movía, a medida que los ingleses avanzaban por donde estaban los montes. Nosotros, los últimos seis días, lo único que veíamos eran los escarceos de guerra que había en los montes, los aviones que pasaban por arriba de nuestras cabezas, los helicópteros… ya se sabía que el avance de los ingleses era muy importante, y rápido”.

Entre idas y venidas, Vázquez se rompe la rodilla, algo que a la vuelta le costaría su carrera deportiva y cae prisionero. Nos tuvieron cinco días. Hasta que volvimos en barco a Bahía Paraíso, que era el barco del Hospital Argentino y fuimos a parar a unos galpones en Río Gallegos”. Tanto él como sus compañeros fueron subidos a un avión Fokker y enviados a la escuela Lemos para reconstruirlos físicamente por el estado en el que se encontraban. Los familiares de los soldados que eran notificados hacían presión para ver a sus hijos, pero los padres de Julio no sabían nada de él desde la última carta, el 15 de mayo.

Nos dejaron tirados, porque después tuvimos que llegar a nuestras casas viajando en el tren Mercedes-Moreno, en el ramal urbano Moreno-Once, bajar del tren en Ituzaingó, tomar un colectivo y llegar y golpear la puerta de casa como si fuese uno más”, relató. "Estaban adentro mi mamá, mi hermana y mi cuñado, que fueron los que me recibieron y de ahí nos fuimos a buscar a mi viejo, que era sereno en una fábrica que hay acá en Ituzaingó", recordó.

Volver a ver a su padre no fue un recuerdo más. Eliseo lo esperaba con una larga barba, de unos treinta centímetros de largo. Había prometido a la Virgen de Luján cortársela el día que volviera a ver a su hijo. “Si no regresaba, no se la cortaba nunca más”, afirmó Julio. “Tengo en mis entrañas el abrazo de mi familia, madre, hermana, cuñado. El abrazo de mi papá, que dejó su función de sereno, no pidió disculpas a nadie y se quedó con nosotros”.

A lo que vino después, Julio lo define como el trastorno de la posguerra. Lo que significaba volver a una vida ‘normal’ después de haber vivido en carne propia el mismísimo horror. “No fue fácil, porque el destrato fue muy grande. Empezar a ver si te podías reinsertar en el fútbol… ya profesionalmente no porque había pasado un año y medio del momento en que uno tenía que firmar un contrato. Seguí jugando, pero ya no con la expectativa de ser profesional, de vivir del fútbol. Me dediqué a jugar, cobraba dinero, jugando en los clubes que me iban saliendo”.

Continuó poco tiempo en Centro Español, después volvió a Ituzaingó, luego pasó por JJ Urquiza, Vicenta y Lincoln.. entre otros, hasta que a los 37 años, diecisiete años después de la edad que tenía cuando combatió en Malvinas, se retiró en Deportivo Paraguayo. Sin embargo, antes de su regreso al fútbol, Julio se enfrentó a las consecuencias psicológicas más fuertes de la guerra.

Un día cualquiera en la facultad, durante una clase de Estadística, cayó en cuenta de que desconocía dónde estaba, y no pudo comprender qué se encontraba haciendo allí: no recordaba nada de lo que había ocurrido desde aquel regreso a casa. “Habíamos estado cinco días prisioneros, a eso se sumaron dos o tres días viajando y el trayecto hasta mi casa. Esa misma noche que llegué, vinieron familiares, gente del barrio… Se hizo tarde y yo estaba muy cansado. Pedí que se vayan y que me dejen dormir, y allí me quedé una vida en el aire, digamos”, relató Julio.

Los días posteriores, su familia comenzó a escucharlo quejarse en las noches, dormido. Vázquez se movía y se oían ruido, lo que alertó a la familia. “Dormía con la puerta cerrada y aparentemente, dormido y todo, me movía de un lugar a otro”. Pasaron varios meses, hasta que durante una clase ‘despertó’. “Digo: ¿qué me pasó? ¿Dónde estoy?, empecé a mirar para los costados, estoy en la facultad. ¿Qué facultad será esta?”.

Al comentar lo sucedido con sus padres, estos le cuentan que había sido él mismo quien se había inscripto en la facultad, que había tenido una vida normal desde la guerra, que no lo habían vuelto a ver tener comportamientos extraños, pero no recordaba nada de eso. “Se ve que me quedó algún chip dando vuelta mío de ir a hacer la facultad, que es lo que quería y tratar de continuar con el fútbol, que lo pude hacer una vez que se me despertó la cabeza”, confesó.

Su vida laboral, a la par del fútbol de ascenso, también era algo que debía reconstruirse. “La posguerra de Malvinas, fue muy dolorosa para el soldado. Muy dolorosa, porque había una desmalvinización muy, muy potente. Nos hacían llegar de alguna forma mensajes diciendo: ‘No hablen de lo que vivieron porque hay inteligencia’. Y en ese momento, ya estábamos muy crudos todos con la dictadura”.

Nos negaban los trabajos si nos identificábamos como veteranos de guerra. Entonces empezamos a ocultar nuestra condición para que nos dieran empleo, pero de alguna forma lo descubrían o nos preguntaban, o salían charlas y ahí nos despedían. No nos querían dar trabajo porque supuestamente no estábamos bien de la cabeza”.

Para Julio, que había sido detenido por los ingleses durante la guerra por robar comida, el alimento en la posguerra también le fue difícil. Con el sueldo que percibía por jugar en el ascenso, recibiendo ayuda de sus padres que le daban un techo y un plato de comida cada día, colgándose en el tren para ‘rendir’ con el poco dinero que obtenía, fue luchando hasta acomodarse con el pasar de los años.

El laburo más fácil que se conseguía era por ahí algún corretaje y agarrabas un corretaje para vender cosas, en mi caso cosas de perfumería, y así ir creciendo. Entonces, con la plata que ganabas en el club de ascenso y se te sumaba un poquito de plata que ganabas en la empresa, un poquito que te daban de viáticos, un poquito que te ayudaban tus viejos”, recordó. “Me di cuenta de que si bien había pasado momentos muy duros, estaba relativamente bien, porque todas las miserias que pasamos nosotros en la guerra son al extremo”.

A cuarenta y cuatro años de Malvinas, Vázquez lleva su testimonio a los colegios a través de charlas. “Cuesta mucho, con palabras decir lo que vivimos. Ni mi familia sabe. Mi mujer, mi hijita, mis hijos más grandes, lo que realmente pasamos, más allá de que prácticamente conviven conmigo o están conmigo. Es muy difícil pasar un día sin comer y pasamos tres días sin comer. Me convertí en ladrón porque si no, no comía.

"Cuando te bombardean por cinco horas y las bombas te pasan por arriba de la cabeza, o cuando te pasa un avión por arriba de la cabeza, o sentís el zumbido de una bala o de un proyectil que sale de un buque, son cosas muy difíciles de graficar. No tener agua, la sensación de sed al extremo...", recordó.

En 2005, aquella historia de la detención, junto a Alfredo Páez y César Alvear, sale a la luz, y el programa de televisión Cadena de Favores le propone regresar a Malvinas. Aunque fue, y el programa se emitió, Julio siente que su verdadero retorno a las islas ocurrió en 2018, cuando viajó junto a otros trece soldados.

Nos juntamos con algunos más allá y yo volví, volvimos muy cerquita. A través de la exhumación de cadáveres ya empezaban a ser reconocidos los cuerpos. Volvimos más o menos un poquito antes que fueran todos los familiares y pude ir con los muchachos que estuvieron en los montes, que vivieron una guerra diferente. Yo viví totalmente en el Puerto Argentino porque estaba cuidando una bahía, lo único que nos pasaba eran aviones por arriba, aviones ingleses. En muy menor medida veíamos algún avión argentino, porque si hacía algún sobrevuelo extra se terminaba el combustible”.

Vi lo que tenía que ver, toda la llanura de Malvinas en lo que fue el avance de los ingleses eran todos hoyos. Había pasado mucho tiempo y fueron tapados por esos pastos duros, pero las posiciones nuestras estaban todas. Ahí dije: ‘Bueno, hasta acá llegué’”.

Muchos años después de su último partido en Deportivo Paraguayo, el fútbol volvió a Julio desde otro lugar. “Hice el curso, me recibí de director técnico y agarré mi primer club como director técnico, que fue el Club Atlético Ituzaingó. Yo había jugado y vivo en Ituzaingó. Hice una buena campaña y agradezco a los dirigentes por esa oportunidad.” Luego, dirigió en Deportivo Lugano, Deportivo Paraguayo, Cañuelas, Universitario de Sucre, e incluso la Primera de fútbol femenino de San Lorenzo, club por el que pasó su hija, la reconocida futbolista, Constanza Vázquez, quien en la actualidad continúa su carrera en España.

Julio continuó en la dirección técnica hasta que llegó a Nueva Chicago, donde fue ayudante de Omar Labruna. Lograron el ascenso a Primera, donde permanecieron quince partidos hasta que se desvincularon del club.

Un 2 de abril, Julio hace catarsis con Clarín. "Saber que en poco tiempo tu historia va a quedar en una red, o en algún libro hace que te vayan cayendo las fichas diferente. Te va doliendo un poco más todo. Este año y el año pasado, las charlas me han cargado mucho mentalmente y me cuesta salir. A veces me tengo que quedar un rato tranquilo para tratar de que mi cabeza vuelva a la normalidad".

Me hubiese gustado ir con mi familia a Malvinas. No creo que lo logre ya a esta altura de mi vida, porque, primero que es mucha guita y no la tengo, y segundo, no sé si lo quiero hacer hoy en día”.

Una foto lo interpela. Es la única imagen que pudo recuperar de una pequeña cámara Kodak que compró en un store de Malvinas durante la guerra. "En una de las tantas excursiones que hicimos para robar comida, descubrimos que había una cámara de fotos, la vieja Kodak cuadradita, y tres rollos de fotos. Nosotros como soldados no podíamos ir al pueblo, pero sí podíamos ir si le robábamos las tiras a nuestro cabo. Le robamos las tiras y en esa ida a robar comida en un store de Malvinas, encontramos la cámara de fotos y los rollos de treinta y seis fotos".

"Nos sacamos un montón de fotos, pero cuando yo caigo prisionero y pasamos por esa línea de ingleses que nos hacían preguntas hasta subir al barco, me sacaron los tres rollos. En el otro bolsillo tenía las cartas de mis familias, esas no me las sacaron, pero por supuesto, nunca más agarré una".

"Sin embargo, en el Centro de Veteranos de Guerra de Pilar, muchos años después, Daniel Staffolarini, que es un soldado que estuvo en la guerra que también jugaba al fútbol en Argentinos Juniors, ve la foto y la manda. ‘Ñato, esta foto es tuya’".

"Fue muy duro ver esa foto, porque es la única foto que tengo de Malvinas, pero tiene un segundo mensaje, alguien reveló esos tres rollos de treinta y seis fotos, porque si hay una dando vuelta, significa que hay o treinta y seis, o setenta y dos, o ciento ocho o, cuarenta y ocho o no sé cuántas de mi grupo en Malvinas dando vuelta", concluyó.