Daniel Osvaldo fue un jugador original. No se pareció a otros e intentó dejar su huella con cada camiseta. Del mismo modo que colgó los botines y se subió a los escenarios, ahora es un paciente singular: sigue grave tras su internación de urgencia a última hora del jueves pasado por cuadro infeccioso en la zona pulmonar, pero los médicos prefirieron mudarlo de la Unidad de Terapia Intensiva (UTI) para que el encierro no comprometa su lucidez. En criollo, que se distraiga en otro entorno sin dejar de ser monitoreado rigurosamente. Tras poco más de tres días en el Hospital de Llavallol fue derivado al Bicentenario de Monte Grande, otro centro de Salud Público, aunque con mayor capacidad de respuesta ante un hipotético empeoramiento de su cuadro.

Todavía no tiene diagnóstico y mientras lo espera todavía le drenan el líquido de los pulmones que lo condujo a la internación. Pese al cambio, es un paciente de riesgo. Ya no está en una UTI, sino en una sala contigua con los mismos cuidados. La gravedad de su cuadro no cambió.

La gran diferencia entre su estadía en terapia intensiva y la cama que ocupa desde el lunes es una ventana. No se abre, pero puede ver cuando llueve o se limpia el cielo. Se distrae así y prefiere esa vista a la de la pantalla.

Aunque tiene permiso para mirar TV, él la detesta. Y su familia prefiere que por el momento no se entere algunas de las cosas que se dicen a partir de su internación, así que el televisor permanece apagado sin chance de encenderse. En diálogo con Clarín, su círculo íntimo apuntó contra las noticias falsas que circulan: que la infección bajó a una pierna, que debieron extirparle parte del pulmón o que vive en la indigencia...

Daniel Osvaldo ahora está en el hospital Bicentenario de Esteban Echeverría.

"Nada de todo eso es cierto. Llegó (al hospital) como llegan las personas después de sentirse mal algunos días y que por ese motivo dejaron de comer: por lo general no llegan vestidas como para un casamiento", grafican en su entorno con cierto fastidio.

La única preocupación de Osvaldo es saber qué tiene, escuchar un diagnóstico que explique lo que motivó la infección en la zona pulmonar y el tratamiento al que deberá someterse. El problema -que a la vez se tabula como algo positivo- es que está lúcido. Nunca estuvo sedado y aunque le cuelgan las mangueras del drenaje, habla, come por su cuenta y, con ayuda, puede ir al baño.

Los días que pasó en terapia no pudo hacer nada. Es lógico, pero a diferencia del resto de los pacientes él podía pensar todo el tiempo. El encierro, pensaron los médicos, podía ser contraproducente para su cuadro y por eso fue derivado a una sala distinta, aunque su pronóstico siga siendo reservado.

Está débil porque antes de la internación pasó algunos días sin apetito y no comió. Por eso está más flaco. Inquieto como pocos, lleva días acostados y festeja los ejercicios de kinesiología que, ahora, también comparte con su familia.

Tras negar el 'beneficio' de la pantalla, los médicos coincidieron en ampliar el permiso a la lectura. Por eso ya tiene en la mesita de luz algunos libros. Osvaldo sabe que primero tienen que conocer qué tiene y luego iniciar un tratamiento. Cuando la incertidumbre le ocupa la cabeza, mira por la ventana o lee. La noticia que le interesa, todavía no sale en los diarios.