Vico observa, con sus ojos grandes bien abiertos. Tiene solo 5 años y quizás en un tiempo no sepa si lo vivió o lo soñó. Las fotos que su mamá, Gabriela, le sacó servirán para reforzar ese recuerdo. El día en que vio un Fórmula 1 girar por las calles de Buenos Aires, con Franco Colapinto detrás del volante.

"El día de mañana van a decir 'mamá y papá me llevaron a ver a Franco'. Por eso, no dudamos en traerlos. Muy linda experiencia", cuenta ella, que abraza a Luca (7), su hijo mayor, y su marido, Juan Pablo, le suma la palabra "histórica". "Es una experiencia única, para ellos, que son muy chiquitos. Están recontentos", agrega él.

Son apenas cuatro entre las seiscientas mil personas que coparon las calles y los parques de Palermo por un piloto argentino que irrumpió en un ambiente ultra selecto con la frescura de un pibe de Buenos Aires. Fue un show en el que el actor principal no decepcionó: aceleró el Lotus E20 e hizo donas en cada metro de asfalto que tuvo a disposición.

Pero también se mostró cercano y auténtico. A esta altura, lo de ídolo popular ya no admite discusión.

Foto: Federico López Claro

Tan humano se mostró Colapinto que no ocultó a la persona que más deseaba que lo viera: su abuela Rosa. La mujer que lo vio irse a vivir solo a Europa a los 14 años y nunca tuvo la oportunidad de viajar a verlo correr, estuvo pegada al box que se había armado sobre Avenida del Libertador.

El evento. que también tuvo los shows de Soledad y Luck Ra, no comenzó puntualmente. Pero a nadie le importó. Primero, hubo emoción: Franco corrió hacia su abuela, que lo esperaba detrás de la valla de Avenida del Libertador. Con personal del SAME que la asistía y la llevó hasta ahí en silla de ruedas, el piloto se inclinó, la abrazó y, lógicamente, se conmovió.

Luego de que Pato Sardelli, el líder de Airbag, interpretara con guitarra eléctrica el himno nacional, los aviones de la Fuerza Aérea Argentina tiñeron aún de más celeste y blanco el cielo. Pero no fue hasta las 12.52 que Colapinto se puso el casco y se subió al E20 para, seis minutos después, salir por primera vez a la pista.

El público vibró en cada una de las pasadas en una salida que duró 14 minutos. Colapinto hizo donas y aceleró poco para que nadie se perdiera la chance de verlo de cerca por primera vez en un F1. Lo que dejó fue el sonido espectacular de un V8 y el olor al caucho quemado.

Su segunda intervención fue el momentazo del Road Show. Ya era épica por la unión de épocas que permitía su salida en el Flecha de Plata con el que Juan Manuel Fangio corrió y ganó los campeonatos de 1954 -empezó con una Maserati- y 1955, se volvió inolvidable gracias a él. Y no por el casco réplica de la década del '50 ni por la bandera argentina en una de sus manos.

Foto: Fernando de la Orden

Después de 10 minutos en la pista con el Mercedes-Benz W196, estacionó el auto unos metros antes del cruce de la calle Kennedy con Avenida del Libertador, se bajó a saludar y, al llegar al espacio reservado para personas con movilidad reducida y discapacidad, empezó a sacarse selfies y a firmar autógrafos.

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El piloto de F1 se subió al Mercedes Flecha de Plata de Juan Manuel Fangio, con el casco y las gafas de aquella época.

"Muy inesperado. No esperaba que frenara y menos que bajara y viniera para acá. Vino, se sacó una foto con el celular de él y empezó a filmar a todos. Es increíble", revive Martina unos minutos después. Y justifica el fanatismo por Colapinto: "Es esto: la cercanía. El argentino es una persona muy pasional en todo, también en el automovilismo, en el fútbol, en todo donde hay un argentino. Pero Franco se acerca mucho a sus fans, es una pasión muy bonita".

El intercambio con los fans fue extenso e inesperado, hasta para la seguridad, que se la pasó corriendo a Colapinto de un lado al otro. Cuando volvió a subirse a la Flecha de Plata, la llevó cuidadosamente al box y, una vez ahí, dejó su marca: su autógrafo.

Pero faltaba el clímax y llegó al final, tanto para el público como para el piloto.

Primero, lo disfrutó el público. El argentino se subió por última vez al coche número 43 para hacer lo que había prometido: acelerar a fondo y hacer nuevamente donas en cada metro cuadrado que pudo de las avenidas Sarmiento y Libertador. Fueron 14 minutos, los mismos que en la primera tanda, con una diferencia sustancial (y visual): quemó tanto los frenos que los mecánicos salieron disparados para apagar el fuego en la parte trasera del monoplaza, mientras él iba a abrazar a su abuela y a embanderarla con la celeste y blanca.

Inmediatamente después, Colapinto se subió al bus descapotable azul y, desde las alturas, magnificó su evento. A ras del suelo con el auto o desde su metro setenta y cuatro no podía ver lo que sus ojos observaron cuando pasó por la Plaza Holanda y descubrió la multitud en el parque, algo que se replicó en cada una de las plazas en las que el público tuvo acceso gratuito.

"Me quedo sin palabras. Estoy cayendo de a poco. Es una locura la cantidad de gente que vino", le dijo a Juan Fossaroli, su único interlocutor -con la excepción de Nico Occhiato, conductor en el Fan Zone-, antes de comenzar una caminata de varios metros por el Monumento de los Españoles para acercarse un poco más a sus fanáticos

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Franco Colapinto pasea y saluda a la gente después de haber hecho 3 salidas a la pista

También aprovechó para dejar su mensaje puertas afuera: "Amo a los argentinos, le estamos mostrando a la Fórmula 1 que nos merecemos volver a tener una fecha".

Con los organizadores anunciando por los altavoces que se habían reunido más de 500 mil personas -el Gobierno de la Ciudad, luego, informó 600 mil-, el Road Show de Colapinto en Buenos Aires superó los récords que la Fórmula 1 había marcado en dos grandes premios: las 525 mil personas del GP de Australia 1995 en las calles de Adelaida y los tres días de concurrencia en el GP de Gran Bretaña del año pasado en Silverstone.

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Así fue la salida apurada de Franco Colapinto del Road Show

Con esa cifra como carta de presentación, la reunión que tendrán con la F1 el próximo fin de semana en Miami, donde la Máxima retomará la actividad de la temporada tras este mes de parate, tomará otro impulso. Uno que se suma al avance de las obras de remodelación del Autódromo Oscar y Juan Gálvez, que Colapinto visitó en esta visita relámpago en el país.

Por eso, mientras las miles de personas empiezan a desconcentrarse ordenadamente, el humo del caucho se disipa y el sonido vuelve a devolver el canto de los pájaros de los Bosques de Palermo, algo queda flotando en el aire. Es la sensación de que, por un rato, la Fórmula 1 volvió a sentirse en casa. Y cuando eso pasa, aunque nadie sepa cuándo ni cómo, imaginar su regreso ya no parece una locura.