Como varios de mis personajes, yo también prefiero el tren por sobre cualquier otro medio de transporte. No me seca la nariz como el avión, ni la raza humana se amucha en unidades insuficientes, ni se comparte el aire viciado de los micros de larga distancia. El tren, particularmente los de recorridos internacionales de alta velocidad, permite estirar las piernas dentro de los vagones, cambiar de asiento con cierta naturalidad, una variedad de comidas y una conversación más grata.

Yo realizaba un largo viaje de Praga a Lublin. Era mi segunda visita a Praga y la primera a Lublin. Ya había estado en Polonia, en Varsovia y Cracovia. Pero nunca en la ciudad de marras, donde me aguardaba mi contratista: un señor octogenario que había sobrevivido, en Buenos Aires, a una tragedia edilicia.

Un edificio se había derrumbado, por fallas estructurales, en un barrio acomodado de la Capital. Encapsulado en su penthouse del quinto piso, dentro de su cuarto, había caído al vacío como en uno de esos complementos de los cohetes, que se desprenden de la nave central en la estratósfera. Por mail, me había anticipado una historia indescifrable de divinidad, pacto con el diablo, mero azar.

Pero como si el viaje en tren no fuera lo suficientemente plácido y mi destino lo suficientemente enigmático, en el vagón comedor me encontré con mi antiguo amigo Cordovero. No solo era agradable, respetuoso, de buen trato, también una de las pocas personas con las que yo podía compartir un almuerzo o cena.

Sabía callar sin que su interlocutor se sintiera incómodo. Se adaptaba con facilidad a distintas circunstancias y admitía nuestras imperfecciones sin asombro ni recriminación. Pero lo noté descuajeringado. Como mal peinado, con los gestos desordenados, algo en su rostro y su vestimenta se había deteriorado. Un desaliño esencial. ¿Quién soy yo para opinar al respecto?, me pregunté.

El propio Cordovero pareció leer en mi expresión el desconcierto.

-No puedo mirarme en los espejos -me informó-.

Pedimos sendos whiskys dobles.

“Cuando Helga me abandonó, pensé que se había terminado para mí el gran tinglado del amor. Nunca viví una relación amorosa recíproca. O me amaron más, o menos. Pero nunca igual. Por muchos motivos, consideré a Helga mi última chance. Especialmente por mi edad. A los 60 años, no sólo se pierden las esperanzas de encontrar algo mejor que lo conocido; sino de que uno sea capaz de vivir algo distinto, sea con quien sea.

“Pero entonces llegó Priscila. Me arrebató de la soledad como un tornado. Era más joven que Helga, y por supuesto bastante más joven que yo. Por motivos que se me escapan, quería pasar el tiempo conmigo. Quizá sólo necesitaba una casa. Pero hubiera conseguido mansiones, de haberlo querido.

“Laurence Olivier escribió que cuando Vivian Leigh decidió conquistarlo, carecía de recursos para oponerse. Ningún hombre hubiera podido oponerse, agrega. Yo puedo decir lo mismo de cualquier mujer. Pero Priscila me reveló una dimensión de la sensualidad que yo no había experimentado hasta entonces.

“Antes de que pudiera darme cuenta, se me había hecho imprescindible. Aunque, te confieso, no era el amor que había sentido por Helga. No hay manera de explicarlo. El corazón es necio.

“Pero un anochecer, tras una de las proezas que sólo Priscila podía lograr conmigo, me dijo: -En este espejo se miró ella.

“Se refería al espejo del baño, en el que Helga efectivamente se había mirado.

“No supe qué responder. La mención era tan dislocada, que simplemente la dejé pasar con un silencio.

-Sos muy bueno haciendo silencios -recordé-.

-Ya no -reconoció Cordovero-.

“¿Por qué te quedás callado? -me intimó Priscila-. ¿Se miró o no se miró esa puta acá?

“La adjetivación procaz, o el sustantivo, no lo sé, me alarmó. ¿Estaba a punto de estallar en algún tipo de desequilibrio irreparable?

“- Sí -concedí-. Helga se miró infinita cantidad de veces en este espejo. No podía haber sido de otra manera. Vivía en esta casa.

“- No quiero más este espejo acá -sentenció Priscila-.

“Esa misma mañana Priscila me despertó con una delicia que cautivó mis sentidos. Sus caricias eran como estrenos de esas películas que ya no se han vuelto a hacer. Pero luego, usó mi baño en lugar del compartido, como advirtiéndome que no había olvidado la 'afrenta'.

“El problema es que ese espejo no podía retirarse de allí. Estaba empotrado y asociado a la conexión de luz general de la casa. Había que sacarlo en bloque junto a la caja del neceser -perdón por la palabra-, el cablerío, y el artefacto de iluminación. Las lámparas eran como de camarín de teatro. Ya una vez se había descompuesto no sé qué cosa de ese sector y habíamos estado, con Helga, como seis meses sin luz en ese baño.

“Cuando le dije a Priscila, tras meses de escorcharme, que podía romper el espejo a martillazos y llamar a un vidriero a que lo cambiara a domicilio, me dijo que ni loca, que era muy supersticiosa, que nos podía traer insuperable mala suerte. Debía cambiarlo. No daba el brazo a torcer.

“Finalmente, Bakú, el arregla todo, me recomendó pegar un espejo encima del anterior. Había una técnica, de antiguos artesanos de Murano, una isla de Venecia, que podían incorporar un espejo a otro posterior, sin que restaran huellas del primero.

“Costaba un dineral, pero se podía hacer en el transcurso del día, en lo que iba de la clase de Pilates de Priscila, su reunión con amigas, su té cultural, y su regreso a casa.

“Cuando vio el espejo nuevo, me preguntó cómo me había deshecho del anterior:

-Se dice el pecado, no el pecador -farfullé sin sentido-.

-No sé -porfió Priscila-. Me parece que esa puta me sigue mirando. Pero está bien, es otro espejo.

“Sólo yo sabía que el espejo original permanecía tras el nuevo. Pero es un secreto que me llevaré a la tumba...”.

Por la palidez repentina, y el mudo lamento de sus labios, de las comisuras de la boca, no parecía faltar mucho.

“Una tarde, al regresar a casa, me encontré a Priscila desmayada y a Helga en nuestro baño compartido.

“Helga había vuelto a buscarme, con la llave de siempre. Se había visto necesitada de acudir al baño. Justo esa tarde Priscila faltó a Pilates. El encuentro fue ineludible.

“Revivimos a Priscila, expulsamos a Helga.

“Salió del fondo del espejo -me dijo Priscila-. No lo cambiaste. Dejaste uno detrás de otro.

“- Lo cambié, lo cambié -sollocé-“.

“Nunca en mi vida mentí así.

“Priscila no me creyó.

“Al amanecer, ni siquiera permití que me consolara con uno de sus trucos sensoriales. Me fugué. No he vuelto a pisar la casa ni a mirarme en un espejo. Son malignos.

-Sé de un hombre que sobrevivió a una caída desde un quinto piso, dentro mismo del departamento. Estaba en su cuarto. Pero no le pregunté si había un espejo.

-Yo vivo dentro de mí mismo -concluyó Cordovero-. Nadie puede sacarme de aquí.