No es de esos actores que, sin ficción en TV, se quedó en la queja. Válida, por cierto, pero a ella no la paralizó. A los 50 años, y habiendo debutado en una tira a los 19, vaya si sabe ampararse detrás de un personaje. Fue Carla Lucero, Ana Guerrico, Victoria Bandi, y podría seguir la lista de nombres de sus heroínas y villanas que la tuvieron como protagonista en el prime time. Ahora, Carina Zampini vuelve a la TV sin guión ni nombre de fantasía, para estar al frente de la nueva temporada de La peña de morfi, el spin off de Morfi, todos a la mesa, el magazine al que Gerardo Rozín la había llevado hace 11 años para probarla como conductora. Digamos que regresa para la tesis.

Sin necesidad de archivar a la actriz, transita el 2026 entre el streaming -a las 18.30 integra el staff de La novela, por Luzu- y su vuelta a Telefe, donde (a partir de este domingo 12 de abril a las 13) compartirá pantalla con Diego Leuco: será la nueva fórmula que armó el canal para celebrar los diez años del cálido ciclo semanal que ideó Rozín en 2016, como desprendimiento del formato diario..

Siente que vuelve a terreno conocido: estuvo en los inicios de Morfi, al lado de su creador (que murió hace cuatro años), “del que aprendí como loca. Gerardo fue un maestro para mí, por eso esta vuelta me moviliza mucho”. Y detrás de cámara la saludan como quien regresa a casa después de un viaje.

“No tenía muy en claro cómo iba a ser laboralmente este año para mí. Estaba con Luzu y hace tres semanas me llamó mi representante para decirme que me querían para esto. No tuve que pensarlo mucho. Morfi y La peña son espacios que Gerardo supo crear con un sello diferente, con lugar para la charla relajada, para la música, la cocina, el humor, como una invitación a que todos, de un lado y del otro, la pasemos bien”, entiende la mujer que ocupará el sitio en el que hasta hace poco estaba Lizy Tagliani.

A 11 años de su debut como conductora, confía en las herramientas afiladas en el tiempo, que pudo poner en práctica en El gran premio de la cocina y en Pasaplatos, por la pantalla de El Trece.

"Esta Peña tiene la esencia de aquel Morfi, que al fin de cuentas es la esencia de Gerardo", entiende Zampini en su regreso a ese mundo televisivo que creó Rozín. Foto Ariel Grinber

“A mí me fascina aprender y aprovecho cuando tengo cerca a gente que marca camino, como me pasa con Nico (Occhiato), que es un gran lider y trabaja a la par de todos”, dice Zampini sobre el dueño de la señal que en el 2025 la convocó para hacer La novela del streaming (también junto a Leuco, pero ahora están en diferentes horarios y el título del ciclo se acortó). No comparte escritorio con Occhiato, pero “él te da libertad y te va guiando. Es una máquina laburando y transmite ese espíritu de barrio y familia que me encanta. Yo nunca había hecho streaming, pero entendí que había que adaptarse, modernizarse, tener cintura para poder amplificar el mundo, las vivencias y las oportunidades”.

-¿Lo mismo sentiste cuando en el 2016, aún habiendo mucha ficción en TV, te llamaron para conducir?

-Me acuerdo que tenía 40 cuando me convocaron y me pareció que valía la pena correr el riesgo: ‘¿Qué pasa si me expongo, después de 20 años de ser actriz? Seguro que esto va a generar una crítica'. Y sentí que a esa edad estaba preparada para convivir con la mirada ajena y que quería encarar el desafío.

-¿La crítica te importó alguna vez?

-Siempre tuve gran aceptación del público y debo reconocer que la prensa ha sido amable conmigo. Sólo me afectó cuando se dijeron cosas que no eran ciertas, no asociadas a mi actuación, sino a cosas inherentes al laburo…

-Ahora también hay un rumor sobre tu vuelta...

-¿Un rumor? ¿Cuál? No sé nada…

-Que se va la locutora de La peña…

-¿Euge, decís? La verdad es que no hablé con ella todavía, sé que renunció en diciembre. Imaginate que en esa época nadie me había llamado siquiera. Yo laburé con Euge (Quibel, última pareja de Rozín) en mi primera etapa) y todo fue muy bien. No sé quién lo habrá inventado, pero cero conflicto acá.

Soy la que soy

Madre de Manuel, de 27 años (trabaja en producción de TV y streaming) e hija de “una mujer muy independiente, muy activa, mi vieja no para nunca”, Carina confiesa que “yo también activo, pero soy mucho más aquietada que mamá. Bajé unos cambios”.

El 2026 encuentra a la actriz repartida en la conducción de un ciclo vespertino de Luzu y uno dominical de Telefe. Foto Ariel Grinberg

-Pero no te quedaste sólo en el “aguante la ficción, carajo”, te animaste a abrir otras puertas.

-No, no me quedé en eso, que podría haberlo hecho por una cuestión de temor. Porque podrían haberse presentado las oportunidades que se me presentaron y no haberlas aprovechado por miedo a enfrentarme a lo desconocido. La realidad es que el universo me ofreció estas cosas, no fui yo a buscarlas.

-¿Te acordás cómo surgió lo de la conducción tras el hit televisivo que fue “Dulce amor”?

-Sí, tenía un contrato con Telefe y me estaban llamando de otro lado y el canal quería que me quedara, pero faltaba para que llegara otra ficción. Me dijeron ‘Cari, queremos que te quedes, no tenemos una tira ahora, pero en medio año sí. Si querés, mientras tanto, te damos la chance de conducir con Gerardo en un formato diario y en vivo’. Y fue mágico, hice un curso acelerado al lado suyo. Y después salió lo de la ficción, pero no me daban los tiempos para hacer las dos cosas y decidí quedarme en Morfi. Era bellísimo.

Zampini y Rozín en el debut de "Morfi, todos a la mesa", en 2015, por Telefe.

-¿Te costó aparecer en cámara sin la protección de un personaje?

-Ésa es la parte mas difícil de dejar de actuar para ser conductora. El personaje dice lo que marca el guión, no lo que uno piensa. Eso protege un poco al actor. Cuando conducís estás desnudo, de alguna manera. Y sale Carina al ciento por ciento. Si algo no soy es estratega, no lo fui nunca, no sé hacerlo ni serlo.

-¿Y eso te suma o te resta?

-Me suma, básicamente en la tranquilidad mental, porque no tengo una dedicación energética elucubrando escenarios posibles. La gente siempre vio de mí lo que soy.

-¿En el afecto sos igual?

-Totalmente, me manejo mucho con las sensaciones, como con cierta parte intuitiva. Si algo me hace ruido, lo pienso y sigue haciendo ruido es no, tanto en lo laboral como en lo personal. A partir de mis 34 ó 35 años he desarrollado un espacio muy espiritual en mi vida, que me conecta con un mundo más sensible que a mí me da respuestas. Confío en eso.

-¿Marcás ese punto cronológico por algo en particular?

-Por ese tiempo me separé del papá de mi hijo, como que empecé a tener un redescubrimiento de mí misma. Después de haber estado 12 años en una realidad compartida te encontrás en tu propia realidad. Fue como barajar y dar de nuevo y empecé a transitar algo más introspectivo. Me escucho especialmente. Trabajo mucho en la coherencia.

Y ahí nomás, a modo de ejemplo, cuenta una anécdota que marca territorio en relación a la actual tendencia de canjes de 'la nueva colonia artística', por llamarla de alguna manera: “Cuando estaba por cumplir los 20 me decían ‘Cari, por qué no festejás en tal lugar, con canje, y te damos esto y esto, y lo que te vamos a pedir es que traigas algunos famosos y nada más’. Y lo que yo quería era festejar con mis amigos y mi familia en casa y punto, con una torta casera. Y así fue".

-¿Nunca un canje o cobrar por “una presencia en un boliche”?

-Jamás. Ni tampoco me fotografié en una casa que no era mía diciendo que era mía, ni vendí una relación que no era cierta. Yo hago la mía, muy focalizada también en mi gente amada.

La madre que se va a vivir sola

-¿Cómo sos como mamá?

-Intenté estar despabilada: ser mamá no es sólo enseñar lo básico, sino también que vea que lo que digo está asociado con lo que pienso y con lo que hago. Con Manu construimos juntos un vínculo muy bueno. Hablamos seguido, pero de una manera relajada... puede que pasen dos días sin que nos crucemos, puede que me llame y me diga ‘Vieja, estoy volviendo del laburo. ¿En qué andás?’. Vive a cuatro cuadras de casa, pasa es que yo no soy apegada. No necesito ver al otro para sentirlo cerca.

Carina tiene un hijo de 27 años: vivían juntos hasta que ella, hace un par de años, decidió mudarse sola. Foto Ariel Grinberg

-¿Pasaste por la experiencia del nido vacío?

-No, al contrario, porque yo me fui a vivir sola, no es que mi hijo se fue: vivíamos en una casa los dos y teníamos un departamento, él ya tenía 25, ponele, y le dije ‘Necesito mi espacio’ y todo bien. Somos muy buenos compañeros. Hablo de todo, le pido miradas sobre mi trabajo o sobre una relación. Es una persona brillante.

-¿Y ahora estás en una relación?

-No, estoy soltera. Y estoy bien. Estoy separada del papá de Manu hace más de 16 años y en este tiempo habré estado sólo seis años en distintas relaciones.

-Te duran poquito.

-Es que me voy yendo... Me llevo muy bien con la soledad y soy una mina muy silenciosa. Puedo estar todo un fin de semana encerrada en casa sin sacar la nariz y pasándola bomba. Si quiero activar activo, porque tengo buen entorno de afectos.

Se recuerda como una nena responsable y obediente. De chiquita tenía en claro que quería actuar en teatro.

-A los 50, conceptualmente ¿sos parecida a la que fuiste?

-En casi todos los sentidos, sí. Responsable, obediente casi siempre y soñaba con actuar. A los 9 empecé a hacer teatro en la primaria (en un curso por fuera del horario de clases). Y en los actos escolares hice de todo, de nube, de dama antigua, de Cenicienta, hasta hice de Martirio en La casa de Bernarda Alba.

Y, en medio de una ronda de café y charla sin reloj, comparte la galería de fotos de su celular y aparecen las Carinitas disfrazadas, en las que se sigue reconociendo.

Carina en el rol de dama antigua para un acto escolar, en Haedo.

La nena, la Mujercita de los '90 y la mujer de hoy

“Quizás me perdí alguna travesura de chiquita por ser tan responsable. Y de adolescente un poco también, porque me acuerdo que en el secundario se armaba una rateada colectiva y yo la llamaba a mi mamá para decirle que no iba a entrar. Lo hacía para evitarle una preocupación por si la contactaban del colegio”, reconoce aún con cierta inocencia conservada.

-¿Nunca te mandaste ninguna?

-Sí, alguna sí, ojo que no era una santita que no hacía nada.

-Contame una.

-Bueno, cuando hice Mujercitas y salí con el pelo negro cortito no fue porque sí. Resulta que con una amiga habíamos ido a bailar a un boliche de Haedo, sobre Rivadavia, y después nos sentamos en un cantero y pasaron dos chicos con dos motos, ni los conocíamos. ‘¿Quieren ir para Ramos Mejía?’. Nos subimos y a las dos cuadras nos la pusimos contra un auto. Cuando mi vieja se enteró que me había subido a la moto de un desconocido casi me mata.

-¿Te lastimaste?

-Nada grave, pero nos podría haber pasado cualquier cosa. Tuve un golpe fuerte en la cabeza y quedé 48 horas en observación.

-¿Y lo del pelo y Mujercitas?

-Bueno, que la cabeza pasó por el asfalto y me arrancó todo el pelo de este lado. Tenía media cabeza con pelo y media no, entonces me lo corté bien cortito y me lo teñí de negro. Y al poco tiempo me eligen para esa novela (se llamada Por siempre mujercitas) porque tenía el pelo corto y oscuro, si no jamás hubiera podido hacer ese personaje… buscaban a una chica más grande, tenía que dar veintipico de años. Y con el look que tenía antes, lacio, largo, rubiecito, cara de nena, no hubiera quedado. Entré porque algo llamó la atención de mi imagen. Yo creo mucho en el destino. No hay que obsesionarse con las cosas, no perseguir, sólo estar atentos. Si se tiene que dar, te llega.

Como le llegó ahora la chance de revalidar el título de conductora en la escuela televisiva que creó el hombre que la formó sin personaje. Él ya no está, pero detrás suyo una plaqueta indica que estamos pisando el “Escenario Gerardo Rozín”. Ése que el domingo la verá volver.