“Ha sido un verdadero privilegio colaborar con la distinguida Orquesta Philharmonia y los virtuosos solistas, el violonchelista Gregorio Nieto y el pianista clásico Sergio Tiempo. Mi más profundo agradecimiento y respeto al Maestro Gustavo Dudamel, cuyo arte es parte integral de este viaje musical”, escribió el actor Anthony Hopkins al presentar su nuevo disco, Life Is a Dream, que verá la luz el próximo 21 de agosto.
Sergio Tiempo es el pianista de la obra que funciona como principal carta de presentación del álbum, 1947: Suite for Solo Piano and Orchestra, cuyo segundo movimiento, Bracken Road, fue elegido como primer single y ya puede escucharse en todas las plataformas.
Tiempo es uno de los pianistas latinoamericanos más destacados y singulares de su generación, parte de una dinastía de pianistas argentinos que atraviesa al menos cuatro generaciones, niciada en su familia materna por los pianistas y pedagogos Antonio De Raco y Elizabeth Westerkamp, ambos discípulos de Vicente Scaramuzza. Su hija, Lyl Tiempo, continuó esa tradición y fue maestra de sus hijos, los pianistas Karin Lechner y Sergio. La siguiente generación está representada por Natasha Binder, hija de Karin y sobrina de Sergio, también formada en la tradición familiar
La suite, de tres movimientos -Circus, Bracken Road y The Plaza-nació originalmente en 1963, cuando Hopkins era todavía un joven actor, y está ligada a los recuerdos de un verano de su infancia en Gales. Décadas después, aquella música vuelve a la vida en una interpretación que el propio Hopkins asocia con la melancolía, la nostalgia y ese extraño dolor que acompaña al recuerdo.
La historia detrás del disco tiene algo de improbable. Hopkins, uno de los actores más célebres del cine contemporáneo, compone música desde mucho antes de convertirse en una estrella. Algunas de estas piezas fueron escritas durante sus años de teatro, entre ensayos y en los camerinos; otras son mucho más recientes.
Life Is a Dream no es, por lo tanto, el primer registro de su música: en 2012 ya había aparecido Anthony Hopkins: Composer, con la City of Birmingham Symphony Orchestra dirigida por Michael Seal. Lo nuevo ahora es la escala del proyecto y, sobre todo, el encuentro entre Hopkins, Gustavo Dudamel, la Philharmonia Orchestra y dos solistas, Gregorio Nieto y Sergio Tiempo.
El encuentro con Dudamel también tiene su propia historia. Fue Bradley Cooper quien le hizo llegar al director venezolano una de las composiciones de Hopkins. Dudamel aceptó dirigir el proyecto y quedó impresionado por esa música que, según describió, combina imaginación, humanidad y verdad emocional.
Anthony Hopkins, en el estudio de grabación en Londres. Para Sergio Tiempo, la música del actor es autobiográfica y está compuesta como una historia.
En el lugar y el momento indicado
Pero en el centro de esa historia aparece Sergio Tiempo. Desde Bruselas, el pianista recuerda los dos días que compartió con Anthony Hopkins en el estudio de grabación. Nacido en Caracas y profundamente ligado a la tradición musical argentina, algo que todavía se escucha en su inconfundible acento porteño, construyó desde muy joven una carrera internacional, iniciada a los 14 años con su debut en el Concertgebouw de Ámsterdam. Su sonido de gran profundidad, la intensidad de sus interpretaciones y una marcada libertad expresiva lo convirtieron en un músico particularmente solicitado para proyectos que exigen algo más que virtuosismo.
-¿Cómo llegó la propuesta de grabar la música de Anthony Hopkins?
-Mi agente me llamó y me dijo: “Anthony Hopkins está escribiendo música, quiere grabar un disco y les gustaría que vos fueras el pianista”. Habían contactado primero a Gustavo Dudamel, él propuso que el pianista fuera yo y que el chelista fuera Gregorio Nieto. Me quedé sorprendidísimo. Le dije a mi agente: “Bueno, que me manden las partituras cuanto antes”.
-¿Qué pensaste cuando empezaste a leerlas?
-Había un lado un poquito cinematográfico, pero también encontré algo muy sincero, muy profundo. Me pareció una música muy autobiográfica. Y eso hizo que me conectara muchísimo con él, incluso antes de conocerlo personalmente. Sentía que había algo de su vida detrás de esas notas.
-¿Llegaste a la grabación con cierto escepticismo?
-Más que escepticismo, tenía curiosidad. No sabía exactamente qué iba a encontrar. Y también estaba un poco nervioso, porque hasta último momento había cosas que corregir en las partituras. Pero cuando empecé a leerlas encontré algo muy genuino. No es una música que busque demostrar una enorme complejidad técnica. Lo interesante está en lo que cuenta, en las imágenes que produce, en la sinceridad que tiene.
"La vida es sueño". Así se llamará el álbum de Anthony Hopkins que se edita el 21 de agosto.
-¿Cuándo conociste a Hopkins?
-Recién en el estudio en Londres, donde grabamos. Hasta entonces había estado en contacto con las partituras, con el equipo de grabación y un poco con Gustavo (Dudamel). Cuando llegué, Anthony vino, me abrazó y me dijo: “¡Ah! ¿Eras vos el que estaba tocando Liszt? ¡Qué lindo!”. Yo estaba preparando otras cosas mientras esperaba para grabar. Me sorprendió que supiera lo que estaba tocando.
También me sorprendió que una de las primeras cosas que me dijo fue que tenía Asperger. No sabía qué decirle. Y luego me contó que en realidad siempre quiso ser músico, no quería ser actor. “Y bueno, tan mal no te fue”, le dije. Me respondió: "Sí, sí, me fue muy bien. Pero, bueno, tengo Asperger”. No sé qué me quiso decir con eso. Pero además es indetectable.
-¿Y se encontraron fuera del estudio de grabación?
-Ese mismo día, después de grabar, quería que fuéramos a su casa. Gustavo estaba muy cansado, pidió ir a un restaurant cerca de su hotel, y fuimos con su mujer, Stella. Anthony se volvió a su casa. Y ahí le pregunté: "Stella, una de las primeras cosas que me dijo Tony es que tiene Asperger, pero ¿en qué se manifiesta? Porque no detecté nada". Y me respondió que tiene algunas dificultades para decodificar ciertos códigos sociales y necesita estar solo mucho tiempo, y también le resulta difícil el contacto físico. Stella me dijo que tuvo que forzarlo un poco para que acepte que a ella le gusta darle la mano.
Sergio Tiempo, en el Colón. El pianista fue parte del Festival Argerich de 2023. Foto: Arnaldo Colombaroli
-Pero a vos te abrazó.
-¡Claro! Le dije eso a Stella, porque conmigo fue super efusivo. Me dio un abrazo, me agarró la mano, me hablaba muy dulcemente. Y Stella me dijo: "Sí, pero sabes, él es muy buen actor". Y grabando fue lindísimo, porque él estaba grabando una película en Gales justo el día anterior y vino especialmente para la grabación.
Un amor de persona
-¿Cómo fue trabajar con él?
-Fue lindísimo. Es un amor de persona. Estuvo con nosotros los dos días enteros de grabación, desde la mañana hasta la noche. No se movió de ahí. Escuchaba cada nota. Íbamos a la consola con los técnicos, escuchábamos las tomas y él estaba siempre ahí, muy atento, pero al mismo tiempo muy respetuoso y discreto.
-¿Intervenía mucho?
-No. Y eso también me llamó la atención. Escuchaba muchísimo. Hacíamos varias tomas de cada pieza para después elegir y montar el disco. Él estaba presente en todo el proceso. No tenía esa actitud de alguien que llega a decirles a los músicos cómo tienen que tocar. Más bien parecía estar descubriendo su propia música a través de nosotros.
Un momento de la grabación del disco con composiciones de Anthony Hopkins, que tuvo como director a Gustavo Dudamel y como pianista a Sergio Tiempo.
-Eso debe haber sido especialmente fuerte para él.
-Sí. Porque muchas de esas obras están relacionadas con momentos concretos de su vida. Hay música sobre su infancia, sobre Gales, sobre recuerdos, sobre personas cercanas. Y durante la grabación hubo momentos de mucha emoción. En una de las obras, relacionada con su experiencia en Gales y con su equipo de rugby, se puso a llorar. Fue muy fuerte. Había mucha emoción, pero también mucho amor en esa sala de grabación.
-¿Te sorprendió verlo emocionarse?
-No tanto, porque cuando conocés un poco la historia de esas piezas entendés que para él no eran simplemente partituras. Estaba escuchando recuerdos de distintas épocas de su vida convertidos en música. Y además este proyecto significaba mucho porque, hasta donde sé, él no se habría animado a hacer el disco si la gente que lo rodea, especialmente Stella y su sobrina, no lo hubiera impulsado.
-¿Qué te contó de su relación con la música?
-No hablamos demasiado de su formación musical. Tengo la impresión de que es prácticamente autodidacta, aunque no podría asegurarlo. Lo que sé es que algunas de estas obras las escribió mucho antes de convertirse en una estrella de cine. Cuando hacía teatro, componía entre actos o mientras estaba en el camarín esperando. Es impresionante pensar que esa música que escribió en esos momentos terminó, décadas después, grabada por una gran orquesta y dirigida por Dudamel.
Sergio Tiempo se hizo íntimo amigo de Anthony Hopkins, al punto de que le preguntó si lo podía adoptar. Foto: Arnaldo Colombaroli
-La obra que abre la puerta al disco, 1947: Suite for Solo Piano and Orchestra, tiene precisamente ese recorrido.
-Sí. La Suite tiene tres movimientos y es una de las obras que yo grabé. Hopkins la escribió antes de convertirse en una estrella de cine. Es una música con distintas caras. Hay un movimiento más nostálgico, pero los otros son mucho más dinámicos, incluso tienen algo de virtuosismo, de motor. No todo el disco tiene el mismo estilo. Hay piezas muy diferentes entre sí, algunas más melancólicas y otras mucho más enérgicas.
-¿Y qué fue lo que más te interesó como pianista?
-La honestidad. Hay una aparente sencillez, pero detrás de eso suceden cosas interesantes. Es una música muy descriptiva, casi cinematográfica en algunos momentos. Cuenta cuadros, situaciones. Y eso tiene mucho que ver con quién es Hopkins. Es un narrador. Toda su vida estuvo ligada a contar historias y creo que eso también aparece cuando compone.
Casi una familia
Gustavo Dudamel. El músico venezolano fue el director de la Orquesta que grabó la música de Anthony Hopkins. Foto: Joel Saget/ AFP
-En algún momento le dijiste que te adoptara.
-(Risas.) Sí. Después de grabar me dio un abrazo y me dijo, muy solemne: “Mi hijo”. Al día siguiente fuimos a comer a su casa. Me senté al lado de él y charlamos toda la noche. Me contó muchísimas cosas de su vida, me dio consejos y, en un momento, me dijo: “Bueno, ahora somos amigos, ¿verdad? Tenés mi email”. Y desde entonces nos escribimos cada dos o tres semanas.
-¿Qué clase de vínculo se estableció?
-Fue una afinidad inmediata. Como si nos conociéramos desde antes. Es una persona muy sincera, muy directa, sin vueltas. Me habló de su vida, de sus problemas con el alcohol, de su infancia, de su padre, de sus frustraciones. Me contó que durante mucho tiempo sintió que era una decepción para su padre, que en la escuela no le iba bien y que cuando comenzó a actuar también había algo de demostrar que podía hacer algo, que podía valer.
-¿Hay algo de todo eso que reconociste en él?
-Sí. Y por eso creo que me conecté tanto. Mi papá también era una persona muy modesta, muy circunspecta. Decía poco, pero cuando hablaba era muy puntual. Tenía una inteligencia enorme y una bondad infinita. Era un hombre muy noble. Todo eso lo reconocí en Tony.
-¿Se lo dijiste?
-Sí. Se lo dije. Y creo que comprendió que no era simplemente una broma cuando le pedí que me adoptara. Por supuesto que había humor, pero también había algo profundo. Él aceptó ese pequeño papel de papá postizo con mucho cariño.
-¿Y qué te quedó después de esos dos días?
-Me quedé viviendo en una nube durante meses. Fue una experiencia muy profunda. No solamente por la música, sino por el encuentro humano. Pasó algo muy especial entre nosotros.
-¿Cómo describirías ese triángulo entre Hopkins, vos y Dudamel?
Anthony Hopkins y el piano. Mucha de su música la escribió en camarines.
-Creo que cada uno tenía un papel muy diferente. Hopkins estaba ahí como el creador de esas obras, pero también como alguien que estaba descubriendo lo que esas obras podían llegar a ser. Gustavo tiene una capacidad enorme para transformar la música cuando dirige. Y nosotros, los músicos, teníamos que encontrar la manera de darle vida a esas partituras. Había mucho amor en esa sala de grabación. La verdad, era un poco indecente (risas).
-¿Hopkins te escribió después de la grabación?
-Sí. Hace poco me mandó un mail para agradecerme nuevamente. Me dijo: “Sergio, le diste una dimensión a mi música que era exactamente lo que me imaginaba y esperaba. Te agradezco muchísimo”. Y lo dijo con una humildad y una falta de pretensión enormes. Y eso, justamente, es lo que yo encuentro en su música.
-¿Qué pensás que va a escuchar el público cuando finalmente pueda oír el disco completo?
-Hay mucha nostalgia, pero no solamente nostalgia. Hay muchos estilos. Algunas piezas son más dinámicas, otras más melancólicas; hay obras para orquesta, para orquesta y coro, otras con violonchelo y las que tienen piano. Y creo que lo que las une es esa dimensión autobiográfica. Cuando escuchás la música, sabés que detrás hay una persona contando algo de su vida.
-¿Y qué significa para vos haber formado parte de ese relato?
-Es difícil explicarlo. Me siento muy afortunado. Uno hace muchos conciertos, graba muchos discos, conoce mucha gente. Pero de vez en cuando aparece una experiencia que va mucho más allá de la música. Esta fue una de esas. No solamente grabé las obras de Anthony Hopkins: conocí a una persona con la que sentí una afinidad muy profunda. Y eso es algo que me voy a llevar para siempre.
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