El profesor Mario Burkan daba las últimas puntadas a su clase de Filosofía Comparada, delante de sus alumnos: “Catilina se llamaba el enemigo de Cicerón”, recapituló.

“Pero ese nombre, más propio de pañuelos de papel, o de un medicamento... ¿era verdadero?”

“Es cierto que aquellos romanos no usaban dni ni adn. ¿Cómo podríamos confirmar o desmentir el nombre que llega hasta nuestros días? Deductivamente, soy dado a pensar que es falso.

“Si pensamos un poco los nombres, si hubiera una guía telefónica de aquella Roma, Marco Antonio, Julio César, Cayo, Craso, Pompeyo, Lucrecio, Catón... Catilina desentona. Mucho más desentona Catilinarias, como se llaman los discursos de Cicerón contra Catilina, que ya nos llevan al terreno de Cantinflas, el astro humorístico mexicano. O al término Canflinfero, utilizado por Borges y Bioy... ¿Podría ser Catilina apellido de referí?”.

Afortunadamente para Burkan, sonó el timbre. Se había perdido en su perorata, no sabía para dónde iba. En la salida del edificio, un joven le detuvo el paso con la mirada.

“Si me hace una pregunta sobre lo que acabo de decir”, pensó Burkan, “no sabré qué responderle. Es una mera especulación...”.

-¿Mario Burkan? -preguntó el muchacho-.

El profesor asintió, con cierta aprensión.

-¿Tiene un minuto, por favor?

-La verdad es que no en este momento -respondió gentilmente-.

-Me llamo Eugenio Lamas. Soy su hijo.

-¿Hijo de quién? -farfulló confundido Burkan, pero había entendido-.

-Hijo suyo, de usted -insistió Lamas-.

Se reunieron en el bar La Guirnalda, a 23 cuadras del edificio de la facultad. Extrañamente caminaron en silencio. Ya en el bar, el muchacho hablaba en susurros gentiles, mientras que Burkan no podía evitar soltar sus preguntas y comentarios en un irreprimible vozarrón.

Eugenio decía ser el hijo de Burkan y Marina Gadea, una breve novia de hacía treinta años. Burkan efectivamente recordaba que la mujer, cuando él quiso terminar la relación, lo presionó con estar embarazada. Le envió por correo una ecografía. Burkan desconfió. Finalmente, Marina reconoció que la ecografía era falsa.

Poco tiempo después Marina se casó con una gran luminaria del teatro independiente. Más tarde con un político. Por último, ensambló una familia con el CEO de una multinacional.

-Fui su pecado de juventud -detalló Eugenio-. Me cedió a una comuna hippie en el sur. Me criaron colectivamente. Cuando Marina me reveló mi origen, vine a verte. Mi padrastro, el actual marido de Marina, me ayudó mucho.

-¿No le decís “mamá”? -consultó Burkan, sin reparar en que tampoco lo llamaba “papá”-.

-No sé -caviló Eugenio-. Me da cosa.

Burkan no tuvo más remedio que reconectar con Marina.

Era una gran señora. Aún bella y fragante. O usaba el perfume perfecto. El rostro se le había abotargado un poco; pero algo de la decadencia le quedaba bien. Las caderas se mantenían como las de una diosa de la fertilidad hindú. No quiso calcular cuántos años tendría. Había en su frente tantos inviernos, que tampoco ella quiso calcular. Se reunieron en el bar sofisticado de una entidad bancaria, propiedad del marido de Marina.

-Es una patraña -le descerrajó Marina-. Yo no tengo hijos. No sé cómo supo este mamarracho lo de la ecografía. Se volvió loco. Me vino a increpar. Habló con Gastón...

Gastón era el marido de Marina.

-Pero tu marido lo ayudó...

-Gastón dice cualquier cosa. Es un empresario de izquierda. Quiere ser solidario. Prefirió seguirle la farsa a desengañarlo.

-No lo puedo entender -farfulló Burkan-.

-Nunca entendés -ratificó Marina-.

-Es hijo de una falsa ecografía -peroró Burkan-.

-No tendría que haberte dicho esa mentira -reconoció Marina-.

-Ahora ya es tarde -dijo sin saber por qué Burkan-. Era tarde desde que tenía uso de razón, desde antes de conocer a Marina, y por supuesto después.

Entre el relato de Eugenio y el de Marina, Burkan no sabía por cuál inclinarse. Citó a Eugenio para un nuevo encuentro, en el bar de la Facultad. Temía que pedirle concurrir con el adn sonara policial. Marina estaba loca. Pero Eugenio... Por lo pronto, un segundo encuentro contribuiría a seguir buscando la verdad. ¿Acaso no era aquella la vocación primaria de la filosofía?

Habían quedado a las 10 de la mañana. Pero a las 11 y media, cuando Burkan debía iniciar su clase, aún no había llegado.

En esa jornada curricular, Burkan desplegaría la derrota de Catilina. Pero el nombre le molestaba tanto que no podía repasar los hechos en su memoria. En alguna parte del universo del tiempo, aquellos acontecimientos serían adulterados por su lenidad.

En lugar de iniciar con la alocución, ofreció al alumnado formular preguntas sobre la clase anterior.

Cedió la palabra al primero que levantó la mano. Sólo cuando el alumno comenzó a hablar, descubrió que era Eugenio. A su lado, una muchacha despampanante le rozaba la palma con el reverso de su mano, aunque no terminaba de quedar claro.

-¿Hasta dónde la existencia está determinada por la palabra? -preguntó Eugenio, sin relación alguna con la clase, si es que existía alguna coherencia en las clases de Burkan-. ¿Puede un hombre nacer de una voluntad, de una decisión? ¿No hay historias de hombres nacidos sin el previo concurso de la cópula?

-Creo que ese no es el tema de la clase de hoy -respondió Burkan tras unos instantes de perplejidad-. Pero en esos mismos instantes encontró en los rasgos de Eugenio alguna consonancia con la que recordaba de los suyos. Hacía años que no podía encontrar su rostro en el espejo, pero en el del muchacho le pareció vislumbrar algún atisbo de su juventud.

-Yo creo que sí -replicó Eugenio-. Suponga que una mujer le hace creer a un hombre que está embarazada, le proporciona una ecografía. El hombre le cree durante un tiempo. De esa creencia, surge un ser vivo.

-Es una locura -exclamó Burkan-. A la clase, su reacción le resultó un exabrupto.

Eugenio sonreía condescendiente.

-Si la historia la escriben los que ganan... -apuntó el muchacho, casi en un susurro, como el eppur si muove de Galileo-.

-No -sentenció Burkan-. ¿Quién le habría imbuido aquella chorrada? Seguramente el empresario de izquierda Gastón.

-No -repitió Burkan-. Cicerón fue asesinado por Marco Antonio. Y sin embargo reivindicamos a Cicerón como a un defensor de la libertad, y condenamos a Marco Antonio en ese mismo episodio. La Historia no se escribe según quién gana. No la escribe Caín, ni tal o cual conquistador. La Historia se escribe en zigzag y de modos misteriosos.

Repentinamente, la mortal rivalidad entre Catilina y Cicerón afloró en la memoria de Burkan con una claridad prístina. Impartió su clase con una verborragia académicamente irreprochable. La sonoridad del nombre Cicerón, ponderó, merecía por sentido común imponerse al del referí Catilina.

Cuando sonó el timbre, Eugenio ya no estaba. La compañera de banco tenía algo del tono de Marina.

Burkan abandonó la docencia, y vivió de corregir libros, escritos, discursos. Nunca volvió a encontrar a Eugenio. Pero lo siguió buscando, como a la misma verdad.