Paloma Contreras lleva del brazo a Leonor Manso, su mamá, mientras suben al quinto piso del Teatro San Martín. Abajo ya empezó a sonar el clima festivo de Tango BA y el ruido de la planta baja obliga a buscar un rincón más tranquilo. Cuando llega el café, se ocupa de endulzárselo, aunque Leonor enseguida pide un sobrecito más. Hace calor y, casi con la autoridad que suelen tener las madres, la reta: “Yo te dije que con esa polera ibas a tener calor”.

La escena alcanza para entender que los roles cambiaron un poco. O quizá se mezclaron. Porque Leonor Manso, de 78 años, sigue siendo la madre, pero hay momentos en los que Paloma Contreras, de 44, la cuida con una atención amorosa y natural.

Las dos llegan para hablar de El precipicio, la obra que protagonizan juntas y que se estrenó el sábado 5 de septiembre en la Sala Cunill Cabanellas del Teatro San Martín (Av. Corrientes 1530), con funciones de jueves a domingos a las 19.30. Spoiler: no hacen de madre e hija.

Con una mirada femenina

Dirigida y escrita por Sofía Wilhelmi, a partir de una versión libre de Un día fui yo, de Lucía Miranda y Miguel Cuerdo, la pieza propone una reflexión sobre la vejez, la muerte, los vínculos y la herencia emocional desde una mirada femenina. Todo eso atravesado con humor, ternura y sensibilidad.

Leonor Manso y Paloma Contreras protagonizarán El Precipicio en el Teatro San Martín. Foto Prensa

Vestidas como si hubieran acordado diferenciarse, Contreras apuesta a una combinación de celestes intensos y labios rojos. Manso, en cambio, elige un look completamente negro. Sin embargo, las diferencias estéticas no alcanzan para ocultar los parecidos.

“Yo siento que soy más formal que ella”, asegura Paloma al comienzo de la charla con Clarín. Leonor se ríe y admite que siempre hizo lo que quiso. En este vínculo, la hija se reconoce más estructurada; la madre, orgullosamente rebelde. Pero ambas coinciden en que disfrutan profundamente trabajar juntas.

Me encanta trabajar con ella. La amo y me gusta compartir esto”, dice Leonor. Su hija, en cambio, se sorprendió al darse cuenta de que "pasar tantos días juntas no generó el desgaste que había imaginado". Al contrario. Cada ensayo se transformó en un espacio de "alegría y encuentro".

Leonor Manso ya había dirigido a su hija Paloma en "Aurora trabaja", en el Cervantes. Foto Martín Bonetto

Aunque cualquiera que las observe percibe enseguida la complicidad, llama la atención que Paloma rara vez le diga “mamá”. Durante la entrevista la llama simplemente “Leo”. Parece una forma de reconocer, además del lazo familiar, a la colega, a la actriz y a la mujer que admira.

Coincidiendo en el trabajo

No es la primera vez que las actrices coinciden profesionalmente. En 2023, Manso dirigió a su hija en Aurora trabaja en el Teatro Nacional Cervantes, donde dos años antes habían integrado juntas La pasión según Teresa Von Hauptbanhof durante el ciclo Nuestro Teatro, realizado en tiempos de pandemia, entre otros trabajos.

-¿Disfrutan trabajar juntas?

-Leonor: Para mí es hermoso porque además me tiene cortita (risas) y me viene bien porque la amo, entonces todo lo que diga me parece bien. Me cuida mucho.

-Cuando pisan el escenario, ¿se activa el chip profesional y se olvidan de que son madre e hija? ¿O en algún momento se mezcla?

-L: No. Cuando actuás, no. Porque yo soy otra y ella es otra. Y los demás personajes también son otros.

-Paloma: El otro día un fotógrafo vino a ver un ensayo y nos dijo que, aunque la obra no trata sobre una madre y una hija, la manera en que nos miramos revela una complicidad que no hace falta actuar (risas). Y eso es muy hermoso.

Leonor, la rebelde

-Paloma, por lo que veo, pasaste a ser un poco la mamá.

-P.: No sé si soy la mamá, porque ella siempre es la mamá. Pero sí es verdad que si te amaron, después devolvés eso. Ocurre porque circula el amor. Por ahí ella me dice que ahora se cansa más que antes y me gusta poder acompañarla y cuidarla en ese aspecto. Después, por su parte, ella sigue siendo una rebelde.

-¿Te considerás rebelde, Leonor?

-L: Sí, sí, sí. Yo escucho y no digo nada, pero hago lo que me parece a mí (risas). Me siento muy libre.

"Me siento libre", dice Leonor Manso a los 78 años. Fotos: Martín Bonetto

La rebeldía lleva a hablar sobre las mujeres y los cambios generacionales. Sin embargo, Paloma evita los discursos cerrados. Prefiere hablar desde lo que vio en su propia casa. Para ella, gran parte de las ideas que hoy tiene sobre la libertad, la autonomía y el derecho a elegir nacieron observando a su madre mucho antes de escuchar definiciones teóricas o consignas.

"Mi mamá nunca se cuestionó si por ser mujer podía o no dirigir a Beckett. Siempre hizo lo que quiso", resume.

-Leonor, la actuación suele implicar horarios exigentes, ensayos, funciones y giras. ¿Cómo hiciste para combinar la maternidad con tu profesión?

-L: Cuando ellos eran chicos estaba mi mamá, y ella me ayudó muchísimo.

-¿Porque la nombraste Paloma?

-Porque me gusta decir Palomita y porque es voladora.

Paloma Contreras (44) es hija de Leonor Manso y Patricio Contreras. Es actriz, directora y dramaturga

Profesión por vocación

Paloma, hija también del actor Patricio Contreras, participó en ficciones como El elegido, El donante, Guapas y, más recientemente, Barrabrava, además de desarrollar una intensa actividad teatral en 1810, Gris de ausencia, Última luna, Desde el monte, Premonición, Así en la tierra como en el cielo, Cara de fuego y Las amargas lágrimas de Petra von Kant, entre otras. Sin embargo, no siempre estuvo segura de que la actuación fuera lo suyo.

-Hace algunos años contabas que, al principio, no sabías si habías elegido esta profesión por vocación propia o por mandato familiar. Hoy está claro que la actuación es una elección. ¿Cuándo sentiste esa confirmación?

-P: Desde muy chica hice teatro en el Instituto Vocacional de Arte, que es una institución pública muy valiosa. En los últimos años del secundario había que elegir una especialización y yo elegí teatro. Durante mucho tiempo me pregunté si realmente era mi vocación o si, simplemente, estaba emulando lo que veía en mi casa. Porque no dejaba de ser el trabajo de mis padres. Además, yo era la única hija de actores en la escuela, así que crecí en un universo bastante particular.

Durante la adolescencia sentí la necesidad de tomar cierta distancia. También porque siempre me interesó mucho el mundo académico y por eso me acerqué a la Facultad de Filosofía y Letras. La confirmación llegó cuando hice el ingreso al entonces UNA (Universidad Nacional de las Artes). Lo hice con un grupo de amigos, casi como una experiencia para ver qué pasaba. Pero cuando ingresé, empecé a cursar y a enfrentarme seriamente a la formación, entendí que no podía tomar esa decisión a medias tintas. Ahí apareció la certeza de que quería dedicarme a esto.

Mientras estudiaba actuación, Paloma encontró una forma bastante particular de ganarse unos pesos. Junto a Martín, su pareja de aquel entonces, se subían al colectivo de la línea 92 para interpretar una escena de Molière que estaban preparando para la universidad. Recorriendo Avenida Las Heras, la función duraba apenas un par de paradas. Con vestuario incluido y la complicidad de varios choferes que ya los conocían.

La primera experiencia de Paloma fue "El elegido".

-Paloma, ¿qué recuerdos tenés de esa casa de actores?

-P: Lo recuerdo como algo muy divertido. Siempre lo viví como una experiencia especial. Era una vida distinta, pero muy enriquecedora. Tal vez, si lo hubiera vivido desde un lugar más traumático o pensando 'qué extravagante es esta gente', habría sido diferente. No teníamos una rutina convencional. Cuando yo era chica, por ejemplo, vivimos tres meses en París mientras ellos ensayaban una obra en el Teatro Odeón bajo la dirección de Lluís Pasqual.

Mi abuela, la mamá de mi mamá, vivía con nosotros. Cuando mis padres se iban a trabajar por la noche al teatro y yo era muy chiquita, hacía unos dramas tremendos. Ya tenía algo de actriz (risas). Me abrazaba a mi mamá, lloraba, y mi papá prácticamente tenía que despegarme de ella. Era una escena muy de tragedia griega. Pero apenas cerraban la puerta se me pasaba.

-¿Y cómo te entretenía tu abuela mientras ellos trabajaban?

-P: Recuerdo que dibujábamos, veíamos películas y, bien de abuela, nos cocinaba esas cosas que cuando estaban mis papás no estaban tan habilitadas, como las papas fritas (risas). Era muy mimada. Quizá yo también hacía tanto drama porque sabía que después iba a tener alguna compensación. Todos esos recuerdos quedaron atesorados como algo lindo, nunca como algo triste o como si me hubiera sentido sola.

-¿Qué ves que repetís de Leonor?

-P: Y... Veo que me voy pareciendo cada vez más a ella, incluso en cosas que antes me irritaban o le criticaba. Por ejemplo, en este trabajo conocés muchísima gente. Yo no podía entender cómo ella se olvidaba de personas que venían a saludarla de manera muy afectuosa. Bueno, ahora me empezó a pasar a mí también. También yo la veía a ella como alguien más colgada y pensaba que yo era más formal. Y ahora me doy cuenta de que yo también soy un poco así.

Paloma y Leonor estrenaron "El precipicio" el 5 de septiembre.

-¿Ser “hija de” implicó una exigencia extra para despegarte de la etiqueta o lo viviste como un plus?

-P: Quizá cuando era más joven. Tenía mi grupo de compañeros y amigos estudiantes con quienes hacía mis cosas. Y es lógico que, en ese momento, quisiera compartir más con gente de mi generación que estaba acercándose al teatro desde otro lugar.

Mis padres ya eran profesionales, vivían de esto. Y vivir de este oficio implica un salto importante. No alcanza con que te guste actuar sino que también hay que poder vivir de ello. Hay que tolerar cierto nivel de riesgo, tener fortaleza, no temerle demasiado al rechazo y aprender a entrar y salir constantemente de distintos proyectos.

Se necesita cierto valor y también amor por la incertidumbre. No es algo tan común. En general, uno desea tener vacaciones pagas, estabilidad, saber qué va a pasar mañana.

Paloma Contreras define a su madre como rebelde y valiente.

-Hablando de eso, ¿con qué idea creciste acerca de lo que significa ser artista y vivir de este oficio?

-P: En ese sentido me siento muy afortunada. Mis padres son grandes actores y cuando yo nací ya tenían una trayectoria. Por eso nunca viví la incertidumbre laboral más dura del oficio. Nunca me transmitieron miedo ni angustia respecto al trabajo. Siempre los vi trabajar.

Recuerdo que cuando mi mamá dirigió Esperando a Godot, con mi papá como actor, llegaron a hipotecar la casa para obtener un crédito y producir la obra. Por eso siempre digo que la autogestión y el espíritu emprendedor de ella eran algo natural para mí. Era lo que veía en casa.

El paso del tiempo no parece haber domesticado a Manso. La encuentra disfrutando de todo lo vivido. Sigue actuando, dirigiendo y ensayando con una energía envidiable, y admite que todavía siente esos nervios previos al estreno que confirman que el deseo sigue intacto. La experiencia, además, le dio la libertad de elegir sólo proyectos que la entusiasmen, con personajes que la desafíen y le permitan "seguir jugando arriba de un escenario".

Leonor Manso y Paloma Contreras llevan su complicidad arriba y abajo del escenario. Foto Prensa

Otro de los temas de los que habla la obra es la muerte. Cuando la conversación llega al duelo que ambas comparten por Lucas Rebolini, hijo de Leonor y hermano de Paloma, las dos se emocionan. Se produce un silencio largo, cargado de complicidad y dolor. Leonor apenas alcanza a decir que es "un duelo muy grande que todavía sigue y no tiene palabras", por lo que prefirió no hablar del tema. Paloma asiente.

Cuando termina la entrevista, las dos se levantan de los sillones y salen del brazo. Esta vez también es Paloma quien guía el camino con la campera de cuero de su mamá en el brazo. Ya dentro del ascensor, en medio de la rutina más cotidiana, se acuerda de que tiene que pagar la luz. Leonor escucha, comenta algo al pasar y ambas siguen hablando mientras bajan. Instantes después vuelven a lo suyo porque el ensayo las espera.

POS