Fabio Di Tomaso volvió a ponerse el traje de Máximo Augusto Calderón de la Hoya, el recordado Conde de Floricienta. Veinte años después de aquel fenómeno que lo convirtió en uno de los galanes más populares de la televisión, el actor regresó este año al universo de Cris Morena para la tercera temporada de Margarita. Pero él ya no es el mismo.
En la serie de 2004-2005 era un joven seductor que buscaba conquistar a Floricienta. Ahora, después de pasar por la cárcel y decidido a recuperar a sus hijos y su familia, vuelve desde otro lugar. Di Tomaso formó su propia familia y, según cuenta, esa experiencia atraviesa su interpretación del personaje.
Además de volver a ser el Conde, interpreta al padre en Los ojos del perro siberiano, el musical basado en la novela de Antonio Santa Ana que aborda los silencios familiares y los prejuicios, que llegó a principios de este mes al Teatro Politeama (Paraná 353).
El actor de 49 años habla con Clarín en una cafetería de Saavedra y repasa el vértigo de la fama, el éxito de Floricienta, su vínculo con la actuación y la relación con su padre, que revisa para no repetir con su hijo aquello que alguna vez le hizo mal.
Fabio Di Tomaso habló con Clarín de su pasado y presente. Foto: Guillermo Rodriguez Adami
-¿Cómo te llevás hoy con que la gente te siga identificando como El Conde?
-Me llevo bien con la etiqueta de “El Conde”, porque así me identificaron y me encanta. Pero también hay una evolución que se ve cuando vienen al teatro y descubren otros personajes y trabajos. El público que me sigue fue creciendo conmigo. También me recuerdan por Padre Coraje o Dulce amor, pero creo que Floricienta fue muy fuerte porque llegó a la infancia y la adolescencia. Cuando algo te marca en esa edad, queda para siempre.
Antes de convertirse en el Conde, el actor nacido en Canadá pero criado en Boulogne Sur Mer, ya había trabajado en Resistiré y Padre Coraje. Pero el fenómeno de Floricienta hizo que Di Tomaso pasara, casi de un día para el otro, de una vida anónima a ser reconocido en la calle. Tenía poco más de veinte años y todavía estaba aprendiendo el oficio luego de tener otros trabajos alejados a la ficción.
-¿Cómo fue transitar semejante éxito?
-Aunque venía estudiando teatro, todo era nuevo para mí. Quería ir aprendiendo de a poco, asimilar cada experiencia, y de repente apareció Floricienta, que aceleró muchísimo ese proceso.
Al principio intenté poner un poco de freno, porque sentía que me estaba por meter en algo muy grande. Después entendí que era una oportunidad que no podía desaprovechar, así que me lancé de lleno. Fue una experiencia muy intensa, porque la televisión, en esa época, era parte de la vida cotidiana de la gente y todos los días entrabas en sus casas. Eso generaba una demanda enorme. Lo disfruté muchísimo, aunque por momentos también me resultó difícil. Yo venía del barrio, tenía una dinámica de vida muy distinta, y cuando algunas de esas cosas empezaron a cambiar me costó adaptarme.
Fabio Di Tomaso como Máximo Augusto Calderón de la Hoya, y Florencia Bertotti, como Floricienta, en la icónica serie de El Trece.
La fama cuesta
-¿En qué momento te diste cuenta de que la popularidad se había ido de las manos?
-En la calle había cosas que ya no podía hacer. Si quería ir a comer a un shopping, sabía que iba a ser un quilombo. Empezás a darte cuenta de dónde podés estar y dónde no, y por eso me refugié mucho en mi círculo más íntimo. Ensayaba en una sala de San Isidro y, en general, estaba rodeado de gente de confianza.
-¿Cómo fue despegarte de todo lo que había significado Floricienta? Teatros llenos, giras, etc.
-Después hice Juanita, la soltera, pero ya necesitaba frenar un poco y procesar todo lo que había pasado. Hubo un período en el que me sentí bastante perdido. No sabía bien cómo seguir trabajando y todavía tenía muchas cosas de mi vida anterior para acomodar. Necesitaba encontrarme, entender dónde estaba parado, qué quería y qué no.
-¿Qué te ayudó en ese proceso?
-Terapia fue fundamental. Soy una persona a la que le gusta reflexionar y preguntarse dónde está parado y qué le pasa.
-¿Qué era lo que sentías que estaba tambaleando en aquel momento?
-En un momento no sabía bien qué quería del trabajo. Siempre tuve una relación bastante conflictiva con el oficio: lo amo y lo odio al mismo tiempo (risas). Tengo una relación muy tóxica con la actuación.
"Tengo una relación muy tóxica con la actuación", confiesa Fabio Di Tomaso en entrevista con Clarín. Foto: Guillermo Rodriguez Adami
-¿Qué es lo que más amás de actuar y qué es lo que más odiás?
-Lo que más me cuesta últimamente es la organización. Soy bastante quilombo para eso. Coordinar los horarios de grabación, los ensayos de teatro y organizarme con la mamá de mi hijo. Cuando él era más chico era todavía más complicado. La vida te va acomodando prioridades y, en mi caso, la paternidad también tuvo mucho que ver.
Y lo que amo es difícil de explicar. Disfruto muchísimo compartir con mis colegas, jugar una situación, hacer una escena y estar ahí, presente. Eso es lo que más me gusta de actuar.
Colectivero de la línea 71
Di Tomaso creció en una familia de inmigrantes italianos y de mucho sacrificio. Su padre fue colectivero y durante un tiempo él también manejó el 71 desde Villa Adelina a Plaza Once, después de haberse dedicado a la carpintería y otras changas. Cuando decidió estudiar teatro por invitación de un amigo, su elección no fue sencilla de entender para su familia.
-¿En algún momento tuviste que trabajar de otra cosa mientras actuabas?
-Yo hacía algunas changas, algún bolo y seguía trabajando en la carpintería. Manejar el colectivo fue algo que hacía desde muy chico y que me gustaba, pero es un trabajo muy sacrificado y estresante.
En un momento, mientras hacía terapia, mi terapeuta me planteó que si quería avanzar tenía que dejarlo. Además, empecé a sentir cierto temor al manejar, tuve algún ataque de pánico y miedo de que me pasara algo o de tener un accidente. Entonces decidí frenar, seguí haciendo teatro y retomé los castings que había dejado.
Antes de empezar su carrera actoral, Fabio Di Tomaso fue colectivero de la linea 71 y carpintero. Foto: Guillermo Rodriguez Adami
-¿Cómo tomó tu familia esa decisión?
-Mi mamá me apoyó desde el principio, pero con mi papá estuvo más complicado (risas). Con el tiempo entendí que era miedo de era un mundo que desconocía y le preocupaba que yo fracasara. Años después, cuando se bajó de un colectivo y vio en el Teatro Rex el cartel de Floricienta, fue un momento muy emocionante para él y para toda la familia.
-¿Hay cosas de tu papá que antes te molestaban y que hoy descubrís que repetís como padre?
-Sí (risas). Recuerdo una charla en terapia en la que decía que me daba mucho miedo repetir aquellas cosas de mi padre que no me habían gustado. Y mi analista me dijo: “Si lo estás pensando y hablando ahora, es porque ya lo tenés identificado y no lo vas a repetir”.
La verdad es que no puedo quejarme, tuve un gran vínculo con mi papá. Pero eran otros tiempos. Él trabajaba todo el día y nuestro vínculo era más distante. Compartíamos cosas, como arreglar el auto, cosas fierreras, pero no había más diálogo. Nunca me levantó la mano, pero cuando estaba serio o callado, uno ya entendía todo.
Fabio Di Tomaso además de ser padre, actua como tal en sus actuales proyectos. Foto: Guillermo Rodriguez Adami
-Mucho menos un abrazo o un “te quiero”...
-No, ni ahí. Yo soy bastante diferente. Si me equivoco con mi hijo, puedo pedirle disculpas y hablarlas. Soy muy demostrativo. Todo el tiempo le digo que lo quiero, lo abrazo y lo apapacho.
Con mi papá también pude reconstruir el vínculo. Un día me senté a tomar un café con él en Once y le dije: “Yo sé que te voy a amar siempre y que sos mi papá, pero si te molesta lo que elijo para mi vida, esto va a terminar afectando nuestra relación”. No quería que algún día tuviéramos que lamentar todo lo que no dijimos o no compartimos. A partir de esa charla pudimos reconstruir nuestro vínculo y tuvimos una relación hermosa.
La pérdida de su hija: “Es un dolor para toda la vida”
En 2016, Di Tomaso perdió a su hija Malvina durante el séptimo mes de embarazo, a causa de una trombofilia adquirida. Hablar de aquella pérdida no fue sencillo y todavía hoy es un tema que atraviesa la garganta con angustia.
“Vimos a la beba durante 40 minutos. Fue fuerte, porque nos imaginábamos acunándola y, de repente, nos encontramos en una casa velatoria, despidiéndola”, contó en aquel momento.
-¿Cómo fue cambiando tu manera de hablar de lo que pasó con tu hija?
-Fue muy duro. Necesité hablarlo en ese momento y fui tratando de acomodarlo como pude. Recuerdo que durante un tiempo sentía que no podía volver a reírme. Y yo soy una persona a la que le gusta mucho reírse, divertirse, hacer chistes. Es un dolor para toda la vida. Estás esperando una vida, imaginando todo lo que va a venir, y esa vida no llegó.
-¿Qué cambió en vos después de atravesar algo así?
-Cambió todo. Después de algo así, nada me parece demasiado importante. Todo se vuelve más efímero, más finito. Durante un tiempo busqué respuestas, hasta que entendí que no hay. Empezás a mirar el mundo de otra manera y también a los demás.
Después de esa pérdida llegó Fidel
-Después tuve la posibilidad de que llegara Fidel, aunque también atravesamos un momento muy difícil a los dos meses y medio de su nacimiento. Tuvo que ser operado del corazón por una cardiopatía congénita. Por suerte estuvo en manos de grandes médicos y cirujanos.
Cuando pasó eso sentí que era el último golpe que tenía que atravesar. Y después, verlo crecer, verlo sano, fue también empezar a salir de todo aquello.
Fabio Di Tomaso y su hijo Fidel, quien lo acompaña en su carrera. Foto: Gza Fabio Di Tomaso
-¿Sentiste miedo?
-Un montón. Sobre todo porque lo ves tan chiquito y no entendés cómo puede estar pasando por todo eso. Ver salir del quirófano a un bebé de dos meses y medio y todo lo que implica una terapia intensiva infantil es muy duro. Estuvimos un mes ahí adentro. Es un lugar muy difícil.
-¿A qué te aferraste durante ese tiempo?
-Es raro, ¿no? Porque uno está enojado con todo el mundo. Ni siquiera sé bien con quién. Podría llegar a ser Dios. Me llegaban estampitas, me llegaban cosas. Yo siento que me aferré mucho a toda la energía que me llevó la gente. De todo mi entorno y también de gente que no conocía. Creo que fingí demencia o algo así (risas). Dije: “Esto va a salir todo bien y no me importa nada”.
Fidel, nombre que eligió por Castro, porque nació en Cuba mientras estaban de vacaciones, tiene 8 años y hoy lo acompaña a ensayos, giras, entrevistas y temporadas teatrales. De a poco también empezó a entender que ese hombre que para él es simplemente “papá” es reconocido por mucha gente.
-¿Tu hijo ya toma dimensión de que sos una persona conocida?
-Sí, de a poco. Pero empezó a verme en YouTube y, cuando entró a la escuela, algunos chicos le decían “Condorito”. Obviamente, para mi hijo todo lo que hago está mal, soy el que peor actúa (risas).
-¿Con qué Fabio se encuentra Margarita después de 20 años?
-Es un Fabio más relajado, mucho más conforme consigo mismo y más contento. Me encuentra en un buen momento de mi vida, disfrutando de mi paternidad que es lo más importante, de la vida y de mi trabajo.
Como papá también en teatro
-Los ojos del perro siberiano, la obra que protagonizás, habla de los silencios familiares, los prejuicios y los vínculos. ¿Qué te gustaría que el público se lleve después de verla?
-Justamente, la importancia de hablar de lo que no se dice. Me gusta que las cosas se hablen, porque necesitamos poder expresar lo que nos pasa.
Fabio Di Tomaso actua la versión musical de "Los ojos del perro siberiano", en el Teatro Politeama junto a Alan Madanes y Felipe Bou Abdo. Foto: Gentileza Fabio Di Tomaso
A mí mismo me pasó con mi hijo. Tiene 8 años y, a partir de la obra, me preguntó: “¿Qué es el sida, papá? ¿Y por qué lo echan de su casa si está enfermo?”. Y ahí se abre una conversación que quizás de otra manera no tendríamos. Eso me parece muy valioso. Ojalá la gente pueda salir con ganas de hablar, de contarle a un amigo, a alguien cercano, lo que le pasa. Cuando ponés algo en palabras, empieza a tener otro peso y otro significado.
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