"¡Necesitamos a sus perros! Tenemos una persona atrapada y a la tarde se escuchó que dio prueba de vida". Dos jóvenes venezolanos irrumpen apurados en el campamento de rescatistas argentinos. Faltan dos minutos para las 21 del martes y el calor húmedo no cede en la cancha de fútbol de Playa Lido, la base del comando conjunto de policías federales, bomberos bonaerenses y militares del Ministerio de Defensa en La Guaira, Venezuela.

Comparten el césped sintético con los rescatistas de Brasil. Los militares argentinos eligieron el lado oeste, donde hay un mural de Diego Maradona. Un equipo de Clarín pasó la noche con ellos para vivir en la primera línea cómo trabajan, la organización con otros equipos internacionales y desentrañar la gestión de la ayuda humanitaria en una tragedia como la que dejaron los dos terremotos consecutivos.

Los cinco escalones con butacas de plástico que hasta el miércoles de la semana pasada eran gradas, ahora es parte del vivac de los militares argentinos. Entre los asientos están las cuatro cuchas, incluida la de Bart, el pastor belga malinois que ayudó a encontrar dos nenes con vida debajo de los escombros.

Una patrulla se alista para salir con dos perros. Por la rotación les toca a Gina, algo temeroso a los ruidos, y a Brooklyn, un poco más agresivo. Los dos venezolanos guían la caminata por la costanera que tiene unas pocas luces encendidas. En medio de la oscuridad, los haces de luces de motos y autos generan penumbras, entre las que se divisan las ruinas de edificios de más de diez pisos aplastados. El paisaje es apocalíptico.

Clarín acompañó toda la noche a los rescatistas argentinos en Venezuela. Foto: Fernando de la Orden / Enviado Especial

Por una entrada vehicular destruida, el equipo llega a la parte trasera del edificio La Gabarra. Hay que atravesar una pileta con trampolín que está llena de escombros. Entre las ruinas, hacia adentro se ve que cuelga una pierna. El olor a putrefacción solo se detiene con los barbijos.

Hay un equipo de brasileños que trabaja en la recuperación de cuerpos sin vida. Los retiran y los ponen en unas bolsas blancas. Los argentinos tienen que esperar que los de Brasil se retiren para poder entrar con los perros.

"Hay un audio y unos perros ladraron a las cuatro de la tarde. Ayer también ladraron perros y había fe de vida. Mi papá vivía en el quinto piso de esta torre que tenía doce pisos. El edificio cayó hacia abajo y los pisos del cuarto al sexto se fueron hacia atrás y quedaron aprisionados. La hipótesis es que mi papá podría estar en las escaleras y hay una cámara", dice Juan Pablo Peñaloza.

La angustia en la búsqueda de personas del edificio La Gabarra, de La Guaira. Foto: Fernando de la Orden / Enviado Especial

Pero la espera se hace larga. Los brasileños trajeron un equipo capaz de detectar latidos. A los argentinos les toca esperar, e hidratar a los perros. Pasadas más de dos horas, no hay respuestas y los rescatistas y la familia concuerdan en que seguirán los trabajos con la luz del día.

Mientras tanto, a 600 metros, en el campamento argentino, los que no harán tareas nocturnas preparan la cena. El sonido de los grupos electrógenos para tener energía es insoportable. Algunos descansan en camas plegables con ese ruido constante. Lograron recuperar los reflectores caídos de la cancha de fútbol. Apoyados en las gradas iluminan el centro de comando de los militares, con el mate siempre en la mesa.

Los militares son 30, con cuatro perros. Responden al coronel Miguel Wissinger, de las Fuerzas Armadas. Durante la noche que compartió Clarín, llegó otro refuerzo de militares argentinos y el grupo completó los 78 integrantes. "Como fuimos de los primeros que llegamos, el sábado, se nos asignó Caraballeda, que es el epicentro dentro de La Guaira", señala el coronel Wissinger.

El campamento de los militares argentinos en La Guaira. Foto: Fernando de la Orden / Enviado Especial

Pegados, hay otros 45 personas y tres perros bajo las órdenes de Gonzalo Dominique, subcomisario de la Policía Federal y líder del equipo USAR (Búsqueda y Rescate Urbano, según sus siglas en inglés).

En el puesto de comando tienen planos, la estructura del equipo, pizarras para el armado del cronograma de trabajo. “Llegamos el sábado, la célula de coordinación internacional nos asignó los edificios que están a un kilómetro a la redonda por una cuestión de logística y no tener que trasladar en vehículos”, explica Dominique a Clarín.

Los equipos están divididos en grupos de trabajo, con la premisa de que siempre haya turnos operativos. Mientras unos están en terreno, otros descansan.

El campamento de la Policía Federal en La Guaira. Foto: Fernando de la Orden / Enviado Especial

Cerca de la 1 de la mañana del miércoles, baja el ritmo. Se ve poco movimiento entre las grandes carpas de la Policía Federal y en las del Ejército.

Los vecinos brasileños coparon su mitad de cancha con muchas carpas individuales y alojaron también a los rescatistas británicos que pedían un lugar. El césped sintético es algo más cómodo que la pista de karting contigua, que es el campamento base para otros países.

Las luces se empiezan a apagar. La humedad sigue alta, se siente el polvo pegado en la piel. Desde la vereda, una tienda del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados mantiene prendido un generador. Es el único que queda. El ruido tapa el sonido de las olas que rompen a muy pocos metros de donde descansan los argentinos.

Miguel Wissinger, Comandante Conjunto Protección Civil Emergencia. Foto: Fernando de la Orden / Enviado Especial

Gonzalo Dominique, subcomisario PFA y líder misión argentina. Foto: Fernando de la Orden / Enviado Especial

Saben que minutos antes de las seis empezará a aclarar y se va a volver a sentir el calor, que al mediodía no se tolera. Pese a que es la sexta noche desde la tragedia, entre los argentinos mantienen la esperanza.

Hidratan a los perros y descansan como pueden. Cuando se les pregunta si aún pueden aparecer personas vivas, en los dos campamentos con bandera de argentina tienen la misma respuesta: “Para esto estamos acá”.

El mural de Diego Maradona que custodió el trabajo de los rescatistas argentinos. Foto: Fernando de la Orden.

Cómo se organiza una operación internacional de ayuda humanitaria

Los dos terremotos consecutivos en Venezuela provocaron una tragedia humanitaria que de manera oficial lleva 2.295 muertos, 11.267 heridos y más de 50 mi desaparecidos. La contigencia de esta catástrofe, que cuenta con ayuda internacional se organiza con un protcolo en el que lidera el primer país que llega, y donde el segundo que arriba hace de soporte.

"Está regido por la ONU, a través de su grupo asesor, que establece normas de trabajo. El primero en llegar fue Chile, que hace el control de la recepción del resto de los países. Mientras que el segundo fue Colombia, que tomó la coordinación y se establece un enlace con la autoridad local", explica Dominique, de la Policía Federal.

El trabajo nocturno de los rescatistas en La Guaira, Venezuela. Foto: Fernando de la Orden / Enviado Especial

Los equipos se dividen en livianos, medianos y pesados, que se diferencian en cantidad de personas y desarrollo técnico de cada uno. El de Argentina es mediano, al igual que los de Chile y Colombia. Estados Unidos llegó con un equipo pesado, por lo que se sentó en la mesa de organización junto a chilenos y colombianos.

Retiran el cuerpo de una persona en un edificio de Caraballeda, La Guaira. Foto: Fernando de la Orden / Enviado Especial

PB