Los europeos tienen cada vez menos niños, y los inmigrantes que llegan a Europa desde regiones del planeta con más natalidad adoptan las costumbres europeas. El resultado es una natalidad menguante y la incapacidad del continente por sostener su población si no aumenta la llegada de migrantes.

En 1964, cuando los actuales países de la Unión Europea tenían 356 millones de habitantes, nacieron 6,8 millones de niños. Equivalía al 1,9% de la población de aquel año. En 2024, cuando la población era de 449 millones de personas, un 26,1% más, los nacimientos fueron poco más de la mitad, 3,5 millones. El 0,7% de la población y el peor dato desde que hay registros fiables. En 2023 habían nacido 3,67 millones de niños.

La explicación no es económica. La renta de los hogares de esos países se ha multiplicado en ese período, de media y en términos reales (descontando inflación) por 3,8. En los países del centro y el este de Europa la subida ha sido mayor porque venían de tasas de pobreza más pronunciadas, pero en todos la renta se multiplica al menos por 2,5.

Los países europeos tienen políticas natalistas de todos los colores. Los escandinavos han llevado las bajas maternales y paternales tras nacimiento hasta los 18 meses. En España los hombres ya tienen 4 meses. Hay ayudas directa por hijos hasta los 18 años. Hungría gastó durante casi 10 años el equivalente al 5% de su PBI en políticas de fomento de la natalidad.

Pero ninguna consigue aumentar la tasa de natalidad, que ronda los 1,3 hijos por mujer y en algunos países ya roza el 1,0. Muy lejos del nivel de reemplazo generacional del 2,1. La caída parece cada vez más una fenómeno cultural que de condiciones de vida.

La tasa de natalidad, que ronda los 1,3 hijos por mujer y en algunos países ya roza el 1,0. Foto EFE

La edad mediana de la población de la Unión Europea era de 39,0 años en 2003. En enero de 2025 era de 44,9 años. Italia, el caso más extremo, tiene una mediana de 49,1 años. Portugal y Bulgaria superan los 47. El continente más envejecido del mundo sigue envejeciendo casi tres meses cada año.

La Comisión Europea publicó este martes su Demography Report 2026, el informe más amplio en años, que actualiza la situación demográfica del bloque y que advierte de esa baja natalidad, del envejecimiento acelerado de la población europea y de la reducción de la población en edad de trabajar. Y advierte que es un problema económico y social porque frena la competitividad, el crecimiento y la sostenibilidad del welfare.

El porcentaje de población por encima de 80 años y por encima de 65 años es cada vez mayor, mientras se reduce el de la población en edad de trabajar (20-64). Los mayores de 80 forman el grupo que más crecerá en las próximas décadas. Esto hace que la población activa disminuya, por lo que será cada vez más difícil cubrir los empleos vacantes, escaseará la mano de obra cualificada y habrá más presión para las finanzas públicas.

Menos gente trabajando son menos ingresos públicos. La Unión Europea perderá 42,8 millones de trabajadores hasta 2070, un descenso del 20,2%. Y es el escenario base. En el pesimista la pérdida es de 55,9 millones de trabajadores, un 26,7%. La pérdida media en los próximos 50 años es de un millón de trabajadores al año.

Posibles soluciones

Bruselas ve aquí soluciones que pueden hacer de parches, como aumentar la tasa de empleo femenino (sigue siendo inferior a la masculina), prolongar la vida laboral de las personas mayores (es decir, que los europeos se jubilen más tarde) y reducir el abandono prematuro del mercado de trabajo.

A la vez, que los cohortes de población que aumenten sean los de mayor edad hará que crezca el gasto sanitario, de dependencia y cuidado de mayores y el gasto en pensiones. Son tres de las mayores partidas de los presupuestos de los países europeos y seguirán yendo al alza.

Con el bloque tocando su máximo de población a finales de esta década con 450 millones de personas y a partir de ahí perdiendo población hasta bajar a 445 millones en 2050 y a 398 millones en 2100, algunas regiones empezarán a pagarlo pronto.

El envejecimiento generará regiones donde el crecimiento económico no sea suficiente para tirar del empleo. Los pocos jóvenes emigrarán, alimentando un círculo vicioso de despoblación rural y más envejecimiento. Las áreas metropolitanas resistirán porque atraerán esa juventud y, sobre todo, a la mayor parte de la población migrante.

El porcentaje de población por encima de 80 años y por encima de 65 años es cada vez mayor. Foto EFE

La tasa de dependencia demográfica -mayores de 64 años sobre población en edad de trabajar- pasará del 33,9% en 2024 al 56,7% en 2050. Para 2100 esa ratio llegará al 59,7%. Es decir, de tres trabajadores por jubilado se pasará a menos de dos.

La inmigración es precisamente lo más paradójico el informe. Los gobiernos europeos llevan una década endureciendo en todo lo posible la llegada de inmigrantes y legislando para que sea legal tratar a los migrantes cada vez peor. Hace una década a nadie se le ocurría que se podría encarcelar a una persona por no tener la documentación en regla. El mes pasado los gobiernos aprobaron legalizar la construcción de campos de concentración de migrantes en terceros países.

Esa Europa que no quiere migrantes y que los trata cada vez peor es la misma que pone en un informe este martes que el papel de la inmigración es esencial para sostener la población, el empleo y los estados del bienestar europeos. Y la Comisión Europea reconoce, además, que el nivel de inmigración actual es inferior al necesario y que los migrantes por sí solos no van a resolver el desafío demográfico al que se enfrenta el continente.

El Banco Central Europeo calcula que los trabajadores extranjeros aportaron entre 2,5 y 5 puntos de crecimiento acumulado al PBI europeo entre 2022 y 2025. Sin esa aportación, la economía europea llevaría tres años en recesión.

La inmigración

Sin inmigración, España perdería el 49% de su población en 2100, Italia el 52%. Portugal y Grecia el 44%. Si España está asimilando alrededor de medio millón de migrantes al año, la UE en su conjunto debería rondar los cinco millones, pero no llega ni a tres millones.

Si la situación es grave en Europa occidental, es dramática en los países del centro y el este del bloque. Bulgaria, Rumanía, los bálticos tienen baja natalidad, inmigración prácticamente nula y llevan décadas exportando población. Su pirámide demográfica es la más deteriorada de la UE.

El envejecimiento tiene además una derivada geopolítica. Las sociedades envejecidas tienen a ser más conservadoras, a arriesgar menos y a invertir a largo plazo. El peso político de los mayores en los sistemas democráticos aumenta el sesgo de políticas de presente frente a políticas de futuro: más gasto en pensiones y sanidad y menos en educación e innovación.

El informe acaba con soluciones, aunque algunas se han probado durante décadas sin éxito para sostener la natalidad. La Comisión Europea cree que hay margen de mejora facilitando la conciliación y el acceso a la vivienda de los jóvenes, mejorando la integración de los migrantes, invirtiendo en productividad y formación permanente, mejorando la capacidad de los sistemas sanitarios y reforzando la cohesión territorial para proteger a las regiones que pierden más población.

Duvravka Suica, comisaria europea encargada de este dossier, aseguró este martes que “la población europea está cambiando y las políticas europeas deben cambiar. Vivimos más y con mejor salud que nunca antes, pero el cambio demográfico está rehaciendo nuestras sociedades, nuestras economías y nuestros mercados laborales y tenemos que actuar ya para transformarlo en oportunidades”.

PB