Todo salió mal. El griterío amenazante desde Washington no fue escuchado, y el resultado ha sido un retroceso humillante o algo parecido. Nada que debiera sorprender atento a la factura de esta guerra. Al margen de cómo continúe esta pesadilla, Donald Trump ha sufrido un daño político que definirá lo que queda de su gobierno, salvo que suceda un milagro, hoy poco probable, en las legislativas de noviembre que revaliden su liderazgo.

Al convertirse en algo imprevisible y sin una explicación que lo justifique, el fallido del conflicto en Oriente Medio altera la influencia norteamericana y la del propio jefe de Estado. Toda la situación revela un extraordinario desorden y la ausencia crucial de una autoridad que ordene la casa. Ese defecto se advierte también en el intento de cesar el conflicto con esta tregua incierta que rechaza Israel y que incluye versiones contradictorias de lo pactado. Es, al fin del día, donde Trump puso a su país, al mundo y a sí mismo. En este escenario desorganizado se amontona ahora un puñado de preguntas sencillas pero de difícil respuesta. ¿Qué sucederá si cae la tregua? ¿Qué puede haber diferente de lo que ha habido antes?

La crisis resultante es aun más amplia. El partido Demócrata, que junto a parte del Republicano representa el establishment liberal estadounidense, afirmó el martes de esta semana en un comunicado que el presidente “está totalmente desquiciado”. El tono importa, pero lo que debe notarse es que revela que una parte del poder real en la mayor potencia planetaria, más allá de cuestiones partidarias, le está dando la espalda a esta administración como antes de la guerra ya había decidido la Corte Suprema al romper su alineamiento con la Casa Blanca. En esa misma línea crece la demanda para derribarlo desde que Trump planteó ligeramente que consideraba "eliminar una civilización". Asombra, pero esto sucede en EE.UU. hoy, nada menos. La escena, vale señalar de paso, es un mal anuncio para los líderes del planeta que se han adherido de modo vertical a la manda de la actual administración norteamericana.

Aunque es todo aún prematuro, al menos dos cuestiones surgen sobre lo que ha sucedido con esta guerra y la inestable tregua actual, para observar en qué lugar ha quedado el presidente norteamericano y su autoridad. La primera es que las amenazas extraordinarias de destrucción en su ultimátum apocalíptico, fueron previsiblemente ignoradas por Irán. No asustaron. Escandalizaron sí, pero solo tuvieron impacto mediático.

Misa en honor del asesinado líder supremo Alí Khameneí en la Iglesia de San Sarkis de Teherán con motivo de los 40 días del luto shiíta. Foto EFE

La segunda, mucho más significativa, es que Trump sin posibilidades de recuperar iniciativa, debió retroceder y anunció la tregua que basó en las condiciones planteadas por Irán en su plan de diez puntos, no el norteamericano de 15. Como señala el portal Axios, “sorprendió a sus propios halcones” al definirlo como “una base viable sobre la cual negociar”.

No importa cómo se lo mire, ese paso ha sido un triunfo diplomático nítido de la dictadura persa, aunque las contradicciones reinan en el escenario. No es claro si Trump sabía lo que decía cuando lo decía, por ejemplo. Por ahora la única victoria magra para el mandatario es que pudo momentáneamente escapar de este encierro que lo ha dejado desnudo frente a sus electores. Su principal desafío será hacer permanente el impasse. Si lo logra, todo regresará al punto de partida, pero con un Irán que, aunque muy golpeado, por primera vez en la historia aparece con un control total sobre el estrecho de Ormuz, nervio principal del trasiego planetario de petróleo, gas y fertilizantes.

Si la intención original de esta aventura era modificar el mapa de Oriente Medio, no era seguramente en estos términos. Pero sucede de este modo porque se han ido agotando las alternativas. La razón es la mala planificación, la soberbia de ignorar el alerta de los especialistas por parte de Trump y un error aún más profundo de subestimar al enemigo, un pecado que condenaba ya Sun Tzu hace 2.500 años en el Arte de la Guerra.

Israel y China

La presión de esa realidad explica que Trump no haya consultado a Israel y que el gobierno de Benjamín Netanyahu se haya enterado de la tregua sobre la hora y cuando ya estaba pactada. También el líder israelí paga la factura de haber vendido un camino pavimentado y fácil, pero inexistente, a su colega norteamericano. Por supuesto, Israel apuesta a que el cese se derrumbe porque al revés que su aliado, el premier israelí busca una guerra larga y desde ya no solo en el frente abierto en el Líbano. Es el único jugador que suma ganancias en este desorden aunque no puede arriesgar su propia elección de octubre peleando con Trump que tiene amplia aceptación en Israel.

Con estos trasfondos, la noción de una bola de nieve en una pendiente define con precisión la etapa. Nada parece en control. A tono, Trump, insiste en sus precariedades y despachó a su yerno y a su amigo empresario inmobiliario, Steven Witkoff, para encabezar las negociaciones con Irán junto al vicepresidente JD Vance. No hay diplomáticos profesionales a la vista.

Vale aclarar que aquel plan iraní que citó el mandatario como ”viable”, propone desde el levantamiento de las sanciones hasta el retiro de las bases norteamericanas en la región y el cese de cualquier agresión contra Hamas, Hezbollah o los hutíes. Son demandas imposibles, una vara alta para posiblemente garantizar lo anterior: el poder sobre el estrecho y blanquear lo que ya ocurre, que es el cobro de entre uno y tres millones de dólares de peaje por barco, unos 600 millones de dólares mensuales con un tránsito promedio, según Lloyds entre otras fuentes.

Hay ahí unos 800 buques aguardando pasar. Multiplique por dos millones y tendrá una cifra interesante. Pero Trump le dijo horas después de la tregua a la cadena ABC que ese peaje será compartido entre el régimen y EE. UU. No hay tal cosa en la información conocida. También dijo que Irán y EE.UU. desenterrarán juntos el uranio enriquecido que quedó bajo escombros por los bombardeos del año pasado. Parecen ocurrencias del momento, producto de la urgencia argumental frente a una situación cada vez más incómoda.

El presidente estadounidense Donald Trump señala con el dedo al primer ministro israelí Benjamin Netanyahu mientras se dan la mano durante una conferencia de prensa tras reunirse en el club Mar-a-Lago de Trump en Florida, en diciembre de 2025. Foto Reuters

Del lado de Irán, es claro que no obtendrá todo lo que pretende, aunque es probable que la cuestión nuclear y el poder misilístico queden en un limbo, como capítulos a ser revisados más adelante cuando se alivie, si es que sucede, la desconfianza.

La novedad es la confirmación de la presencia activa de China en las trastiendas, que fue el factor decisivo de la tregua. Cuenta con poder para evitar que su aliado iraní rompa los límites ahora apenas dibujados. Como ya señalamos en esta columna, la República Popular, preocupada menos por el trasiego de petróleo que logró garantizar, que por el desastre en la economía global que disparó la guerra y el descontrol trumpista, envió a su satélite Pakistán a mediar y, como eso no alcanzó, intervino directamente sobre el régimen.

Tiene potestades. Beijing mantiene un acuerdo económico y también político de 400 mil millones de dólares de inversiones con Teherán. Por eso sumó al régimen persa a los BRICS a despecho de las objeciones de algunos de sus otros socios. Irán no puede arriesgar ese vínculo, aunque es sabido que parte de los líderes más radicalizados de la teocracia lo desprecian. El exuberante triunfalismo iraní tras el cese apunta también a serenar a esos sectores fanatizados y poderosos que pretendían continuar la guerra. El difícil objetivo de los mediadores es que esto termine en tablas. Beijing necesita también salvar a Trump, posiblemente la misión más difícil.

En la medida que se conozcan más detalles los costos para el líder norteamericano serán mayores. En un año que se ha vuelto un creciente desafío político, se entiende que el mandatario carezca de interés en reanudar la guerra que se ha vuelto un lastre como filtran desde la Casa Blanca. Con lucidez, la iranóloga Suzanee Maloney del Brooking Institution señala en The New York Times, que la importancia de extender a como de lugar la tregua es por la existencia “de una especie de destrucción mutua asegurada entre Estados Unidos e Irán”. Notable conclusión. No solo las armas importan.

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