El malestar de la juventud europea tiene varias explicaciones, pero entre ellas una de las más importantes está en los salarios. Los principales datos dicen que todo va bien. La Unión Europea alcanzó en 2025 su mayor tasa de empleo desde que arranca la actual serie de datos, en 2009. Pero a la vez, la tasa de trabajadores en riesgo de pobreza subió una décima, hasta el 8,3%. Bulgaria es el país más afectado por este fenómeno, seguida de España y Rumanía. En el extremo opuesto están Finlandia, República Checa y Bélgica, que tienen las menores tasas de trabajadores pobres.
El fenómeno se explica no solo por los salarios bajos, sino también por la composición de los hogares y por la vivienda, que se come buena parte de los ingresos. Es una de las grandes paradojas de la economía europea: el empleo mejora, pero esa mejora no se traduce en seguridad económica para una parte cada vez más importante de los trabajadores. 197,7 millones de europeos entre 20 y 64 años tenían un trabajo a finales de 2025. Es una tasa del 76,1% de la población activa, el nivel más alto desde 2009. Pero para casi un 10%, casi 20 millones de personas, tener trabajo no es un pasaporte para salir de la pobreza.
Durante años se señaló sobre todo a la alta temporalidad en el empleo en algunos sectores o países. Pero si la temporalidad contribuye al fenómeno debe hacerlo muy residualmente. España intentó acabar con el fenómeno de los trabajadores pobres atacando esa temporalidad. La reforma laboral de 2022 fue efectiva a ese respecto y hundió la temporalidad, que afectaba a más del 30% de los trabajadores y que pasó a afectar a poco más del 10%. Pero ni siquiera eso redujo el número de personas en España que tienen trabajo y están en riesgo de pobreza.
El indicador de riesgo de pobreza y exclusión que usa Eurostat, la oficina de estadísticas de la Comisión Europea, no mide simplemente a los trabajadores que cobran poco. Incluye a los mayores de 18 años que trabajaron más de la mitad del año y que viven en hogares cuya renta disponible equivalente, después de transferencias sociales, es inferior al 60% de la mediana nacional. “Equivalente” es aquí la palabra importante. Los ingresos de cada hogar se ajustan por tamaño y composición. Quien tiene un salario relativamente alto puede figurar en riesgo de pobreza y exclusión si mantiene él solo a varios familiares.
En cambio, quien cobra poco puede no figurar en esa categoría si convive con personas que aportan otras rentas. Es el caso de muchos jóvenes europeos de las grandes ciudades. Trabajan, pero como no les alcanza para vivir solos, viven con otros jóvenes compartiendo un departamento. A la vista de los ingresos del hogar y de que no tienen a nadie a cargo, no se les considera pobres.
Los acampados en la Puerta del Sol de Madrid por la situación de la vivienda. Foto EFE
Tampoco hay un umbral único para toda la Unión Europea. Cada país calcula el suyo a partir de su distribución nacional de ingresos. Por eso una proporción mayor de trabajadores en riesgo en Luxemburgo no implica un nivel de vida material inferior al de un país con rentas más bajas, porque el indicar mide pobreza relativa, no absoluta.
Las tasas más altas de trabajadores pobres en la región
Eurostat publica también los umbrales nacionales y estadísticas de privación material y social que ayudan a matizar esas diferencias. En España, una persona sola está en riesgo de pobreza si sus ingresos anuales no llegan a 12.220 euros; en Rumanía, 4.912; en Bulgaria, 5.317; en Italia, 13.237; en Francia, 15.875; en Alemania, 17.334; en Bélgica, 18.780; y en Luxemburgo, 30.027.
La vivienda es la pieza que más pesa en el debate sobre pobreza laboral. Una persona puede superar el umbral de renta y, aun así, destinar al alquiler una parte tan grande de sus ingresos que le queden pocos recursos para otros gastos esenciales. El indicador de riesgo de pobreza mide la renta sin descontar los costos de vivienda, por lo que conviene mirar también esos costos para entender el fenómeno.
Según Eurostat, en 2025 el 7,7% de la población de la UE vivía en hogares que destinaban al menos el 40% de sus ingresos a la vivienda, frente al 8,2% de 2024. La mejora esconde grandes diferencias: en Grecia afectaba al 26,4% de la población, en Dinamarca al 23,4% y en Chipre solo al 2,4%. En las ciudades, el 9,6%; en las zonas rurales, el 5,6%.
La vivienda pesa sobre todo en quienes se incorporan al mercado laboral, quieren independizarse o necesitan mudarse a zonas con más oportunidades. En 2025, el 11,1% de los europeos de 20 a 24 años destinaba más del 40% de sus ingresos a la vivienda; en Dinamarca, el 34,9% de ellos.
La pobreza laboral depende tanto del empleo individual como de la familia. Los hogares con un solo perceptor de ingresos corren más riesgo que aquellos en los que trabajan dos personas, y la presencia de menores o de mayores dependientes eleva las necesidades y puede limitar la capacidad de trabajar de los adultos.
En 2025, el 9% de los hombres que trabajan en la UE estaba en riesgo de pobreza, frente al 7,5% de las mujeres. No significa que ellas cobren más: la diferencia tiene que ver sobre todo con cómo se mide la renta conjunta del hogar y con las distintas pautas de empleo y convivencia. En 21 Estados miembros la tasa masculina fue superior.
PB
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