Kristi, Kim y Katie… Hay similitudes notables entre las mujeres dispuestas a hacer a Estados Unidos grande otra vez. Además del nombre, cierto histrionismo y notables exabruptos, las une una estética de make up espeso, pestañas postizas, labios bañados en gloss y uñas de plástico.

Cuando Trump regresó a la Casa Blanca en enero de 2025 encargó a Kristi Noem la cacería de inmigrantes ilegales. Con enormes pendientes en las orejas y extensiones rizadas, Noem se calzó el chaleco antibalas y se convirtió en el chiste de los programas de humor político, desde el incorrecto South Park hasta SNL.

Noem hizo desastres: su incansable batalla contra los indocumentados fue una pila de atropellos, tanto así que fue citada a declarar al Capitolio. Además, usó 200 millones de dólares del dinero de los contribuyentes para hacer una campaña publicitaria de ella misma (sin permiso). La estocada final la dio la doble vida de su esposo, Byron Noem, muy afecto al travestismo. El espejismo del matrimonio perfecto MAGA voló por los aires y Kristi con él.

Luego está Kimberly Guilfoyle, un metro cincuenta y siete de pura desmesura MAGA. Esta presentadora de Fox, abogada, madre, con algo de latina, republicana conversa y ex prometida de Donald Trump Jr., se ganó en 2025 la embajada en Grecia. Allí colgó su propio retrato al estilo Warhol, apareció en la tapa de la Vogue local, disfruto de las noches de fiesta, amenazó a un funcionario local, se peleó con el personal diplomático y aceptó favores varios e inapropiados.

The Wall Street Journal publicó una por una las aventuras de Kim, incluida la confesión de un donante de la campaña republicana que asegura que la mujer le pidió que le pagara el resumen de la American Express por 100 mil dólares a cambio de acceso al entorno de Trump. Kim también voló por los aires.

Y así llegamos a Katie Zacharia, la última chica MAGA de ascenso impresionante y caída con estruendo. Flamante vocera de prensa de la Casa Blanca, duró cinco días en el puesto. La melena dorada y las carillas no le alcanzaron para pasar la prueba de su primera rueda de prensa, en la que cometió el desliz de confundir a Trump con su esposo.

No fue eso lo que la hundió, sino su propia confesión de que había ejercido de abogada “en China”. Pero Katie no es abogada. Nunca aprobó el “bar exam”. Y como sus antecesoras en esta lista, también voló por los aires.