Donald Trump confronta un pesado dilema. No ha podido desatar el nudo que se ha armado en el Golfo con la guerra contra Irán que requeriría concesiones significativas para cerrar el conflicto. Debe apelar a China, el país con mayor influencia sobre el régimen persa, para idealmente obligar a Teherán a retroceder, pero ahí también deberá hacer concesiones.
Beijing compromete compras de aviones o soja, pero difícilmente se moverá a nivel geopolítico si no hay una devolución considerable del otro lado. Tampoco es claro si puede avanzar en el pantano de la guerra. Estos dilemas no son exclusivos del mandamás norteamericano. Pero marcan una debilidad extraordinaria en la relación de EE.UU. con la potencia asiática debido al apagón que experimenta la actual etapa de la Casa Blanca.
Trump había postergado la actual cita con Xi Jinping prevista en abril, seguro de que llegaría a Beijing con la victoria sobre Irán como dato de fortaleza. Junto con Venezuela, en cuotas menores, se trata de importantes proveedores de petróleo a la República Popular. No sucedió. Y ese juego desafiante acabó en un lastre.
Alicia García-Herrero, economista jefe para Asia Pacífico del banco francés Natixis, con sede en Hong Kong y analista del think tank europeo Bruegel, evalúa que “Trump llegó a la cumbre sin ninguna carta debajo de la manga”. El gran tema es Irán y su consecuencia. Para la especialista, China suma además la ventaja que ya ejerció en 2025 con la restricción de tierras raras que puso un límite concreto a Washington.
Otro costado de esa debilidad es la cercanía de las legislativas norteamericanas. China recibe a un presidente con desafíos externos pero también internos. Se acaba de conocer que la inflación en EE.UU. trepó al 3,8% anual, el mayor índice en tres años -era 2,4% antes de la guerra- y amenaza escalar debido a la inestabilidad internacional disparada por la Casa Blanca. La imagen del mandatario reúne un magro 30% de apoyo en materia económica.
China puede jugar con esas urgencias para mantener equilibrado el campo de juego. Debería, sin embargo, moverse en puntas de pie. A Trump le queda un poder que no cabría subestimar: la posibilidad de escapar hacia adelante incrementando el deterioro global. La condición imprevisible y jugada del magnate, que ha vuelto a revolear la amenaza de volver a la guerra en el Golfo con las calamidades consecuentes, obliga a la prudencia al lado chino que, con un crecimiento moderado, le urge serenar el escenario.
Equilibrio necesario
También está Taiwán, su talón de Aquiles. Para neutralizarlo, demanda que EE.UU. reduzca los envíos de armas a la isla prooccidental. La política armamentística abre el riesgo de que un gobierno taiwanés, con más estructura militar, declare su independencia, un avance que supondría un casus belli.
El presidente Donald Trump pasa revista a las tropas junto al presidente chino Xi Jinping en el Gran Salón del Pueblo. Foto AP
La cifra acumulada de ventas de armas aprobadas pero no entregadas por parte de Washington a Taipéi suma unos 11.000 millones de dólares, cifra que se duplica con los compromisos pendientes de la gestión de Joe Biden. Se trata de Aviones F-16V, sistemas de misiles Harpoon; artillería de cohetes HIMARS, Drones MQ-9B SeaGuardian y los tanques M1A2T Abrams. A la potencia asiática no le interesa que ese conflicto escale en momentos en que ha construido una jerarquía internacional de jugador previsible y entiende, quizá con exagerado optimismo, que su principal adversario y socio comercial entró en un ciclo indefectible de decadencia.
Por el mismo sendero que Trump recorrió en estas horas, anduvieron previamente una enorme procesión de altos dirigentes internacionales, que se volcaron hacia China en base a la desconfianza que disparó la gestión de Trump. En 2025, los líderes de Australia, Francia, Georgia, Nueva Zelanda, Portugal, Serbia, Eslovaquia, España y la Unión Europea viajaron a China. En enero, el ritmo de las visitas se aceleró, con la llegada de los gobernantes de Finlandia, Irlanda, Corea del Sur y el Reino Unido, seguidos en febrero por el presidente de Uruguay y el mandatario de Alemania.
En abril, el presidente español consolidó esta tendencia con su cuarta visita en cuatro años. “Caminaron por alfombras rojas, estrecharon la mano de altos funcionarios del Partido Comunista Chino y firmaron memorandos para fortalecer las relaciones. Este espectáculo creciente reforzó la narrativa del PCCh de una China en ascenso y unos EE.UU. en declive”, señala en Foreign Affairs, Michael Kovrig, diplomático canadiense que sirvió en Beijing. “Reunirse con el presidente chino Xi Jinping envía una señal a Trump de que tienen otras opciones y que no se someterán a alianzas extremas ni a acuerdos comerciales injustos. Así, el creciente distanciamiento entre Washington y sus socios representa un regalo diplomático para Beijing”, añade.
Un poder blando e influencia global que Xi ha combinado para mostrar a su país en el lado serio frente a las imprudencias del colega norteamericano. Sarcásticos, los chinos en las redes toman una antigua frase patriotera del maoísmo y llaman al presidente estadounidense “Chuan Jianguo”, que significa: Trump el constructor de la nación ... china. Los fallidos de la guerra arancelaria o el torpe manejo del conflicto con Irán alimentan esas visiones. Es posible que para contrarrestar estas miradas, Trump viajó con un ejército de altos empresarios y de ese modo exhibir la fortaleza vigente de la economía del imperio.
El panorama, sin embargo, no ha hecho más que agravarse con el fracaso de los intentos de hallar una salida a la crisis del Golfo. Teherán se plantó y acorrala a las potencias, no solo a EE.UU., con su poder para estrujar la economía global. El premier laborista británico, Keir Starmer, debe saber que gran parte de su actual derrumbe se debe a la aventura de esta guerra. El Reino importa la totalidad del petróleo y 40% del gas licuado que consume.
El presidente chino, Xi Jinping, celebra una ceremonia de bienvenida para el presidente estadounidense, Donald Trump, quien se encuentra de visita de Estado en China, en el exterior del Gran Palacio del Pueblo. Foto Xinhua
China tiene una baraja para incidir en este desorden, pero no es claro cómo la utilizará. Según Yun Sun, sinóloga del Stimson Center de Washington, afirma que “los funcionarios de Beijing están regulando la presión sobre Irán hasta que Trump lo pida directamente”. Sostiene que, dado que desean “fortalecer las relaciones positivas” con Washington, tomarían en serio cualquier petición que Trump haga para cesar este conflicto que, como señaló el premier alemán Friedrich Merz, “humilló a EE.UU.”, visión que comparten los jerarcas chinos.
Existe una posición tradicional de su geopolítica en ese comportamiento. Cuando estalló la crisis de septiembre de 2008 con la quiebra del banco Lehman Brothers y EE.UU. quedó acorralado, el entonces gobierno chino de Hu Jintao podría haber agravado el quebranto vendiendo sus enormes colocaciones de deuda norteamericana. China es el segundo tenedor de títulos del Tesoro después de Japón. Pero lo evitó con el argumento realista de que EE.UU. debía recuperarse para mantener viva la sociedad comercial con el gigante asiático.
Analistas de CNN y Brookings señalan que Beijing descartó desde el inicio presionar demasiado a Irán sin incentivos claros de Washington. China se ha mantenido en un rol de mediador prudente y dice que “la guerra es un problema que Washington debe solucionar”. Lo cierto es que la potestad china sobre las alas duras que se han impuesto en el liderazgo iraní son limitadas. Ha tenido una responsabilidad directa sobre la anterior tregua de abril y la eventual negociación encabezada por su satélite Pakistán. Pero se ha apartado rápidamente del fracaso.
El propio Trump reveló que China consiguió que Irán negociara un primer alto el fuego. Y sostuvo que “el rol de Beijing en esa tregua fue a los más altos niveles”. También ha sido la mano china la que se movió tras el actual inestable cese. Pero la mala noticia es que quizás eso es lo máximo que se pudo hacer. Por eso, entre otras razones, esta cita es mucho menos de lo que debía ser.
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