La victoria de Keiko Fujimori parece ya más que probable. Si esto sucede, Perú deberá entrar en una nueva etapa que cierre años de inestabilidad política, con tres presidentes expulsados del poder en los últimos cinco años debido, en gran medida, a las maniobras clientelares de un Congreso dominado notoriamente por esta dirigente. Esos desvíos limitaron el crecimiento del país, redujeron las inversiones y agigantaron el déficit fiscal, además, con los peores indicadores sociales en un lustro. Variedad de datos oficiales del Instituto Nacional de Estadísticas y de instituciones privadas detectan un 25,7% de pobreza, 43,1% de anemia infantil, informalidad laboral masiva, ausencia de agua potable y crisis educativa.

Esta es la notable peculiaridad de este escenario y del comicio: la derecha que triunfa posee un intenso perfil populista y opaco asimilable a otros modelos regresivos latinoamericanos, algunos de ellos supuestamente progresistas. Es un comportamiento que no se simplifica en el cuadrante ortodoxo del libre mercado; representa una paradoja donde aquella retórica coexiste con prácticas de asistencialismo estatal y redes de patronazgo que perforan la institucionalidad.

De modo que Fujimori será examinada minuciosamente por los mercados y los inversionistas, quienes estarán atentos, especialmente, a su equipo económico. Entidades como la Confederación Nacional de Instituciones Empresariales Privadas han advertido que la estabilidad jurídica no es negociable. Es una cuestión de intereses objetivos más allá de posibles preocupaciones republicanas.Pero además, estará ante el escrutinio de la mitad del país que no la votó y que la mantuvo cabeza a cabeza con el candidato de izquierda, o últimamente por convicción o necesidad, de centroizquierda, Roberto Sánchez.

En ese plano, los desafíos son complicados. El océano de perdedores electorales reclamará explicaciones y creerá en conspiraciones basadas en la irritante centralización de Lima y las otras grandes urbes para explicar su mínima derrota. Pero básicamente esperará respuestas que alivien aquella explosiva inequidad social. Lo señala bien el economista liberal, Alonso Segura, ex ministro de Ollanta Humala: la macroeconomía peruana ha vivido históricamente divorciada de la realidad social microbásica.

Un dato alcanza para formarse una idea del escenario. Un aumento del salario básico, como prometieron los dos candidatos, es irrisorio en un país donde 7 de cada 10 trabajadores están en la informalidad. En el universo rural ese nivel es estructuralmente asfixiante, va por encima del 98%. Esto significa que, para la mayoría, el Estado no existe ni para la salud ni para las pensiones; es gente que no está incluida en ningún parámetro salarial y no aparece en el radar institucional. Y son casi todos. El padre de la dirigente, el ex presidente y luego dictador Alberto Fujimori, también utilizó ese truco de reparto de ingresos muy propagandizado mediante subsidios directos y programas asistenciales (como el Pronaa), una estrategia que aliviaba el descontento inmediato pero que solo benefició a una minoría, dejando intactas las brechas estructurales que hoy vuelven a pasar factura.

Keiko Fujimori, y el desafío de lograr estabilidad política en Perú. Foto Reuters

Keiko Fujimori iba detrás de su rival en el escrutinio oficial, pero esta semana esa diferencia pasó de poco más de 40.000 votos a 20.000 el martes por la noche, a 5.000 el miércoles, para darse vuelta en las siguientes horas. Ese movimiento se debió a dos razones: por un lado, parte del voto en el exterior que se volcó masivamente a la dirigente derechista; por el otro, las actas cuestionadas -por encima de las 1.500, algunas también del extranjero- que, al regresar al conteo formal, fueron equilibrando las bases. La conclusión indica un resultado sumamente ajustado, que será eje de polémicas y denuncias.

El futuro de Sánchez

Sánchez había logrado un gran impulso inicial y se mantuvo a la par por el apoyo de la mitad del país más postergado. Ese caudal electoral representa su verdadero respaldo político hacia el futuro, aun cuando para los analistas es claro que una porción significativa consistió en un voto excluyente de rechazo contra la líder derechista. Lo cierto es que la elección marcó con claridad el choque de los dos mundos que componen la realidad peruana: el interior ignorado contra la opulenta metrópoli limeña, una contradicción cargada, además, de cuotas de racismo y discriminación. El resultado no cambia esta fractura, y las élites deberían evitar simplificar el desenlace bajo la noción de que “un país le ganó al otro”. Ambos proyectos seguirán presentes y en constante tensión.

La derrota, de confirmarse, es una mala noticia para Sánchez, pero con matices. Lo convierte automáticamente en el mayor líder opositor del país, al mando del segundo bloque más importante en el Legislativo después del de Fujimori. Si bien es cierto que distintas variantes de la izquierda y la oposición en el Perú no han logrado sobrevivir o articularse en el pasado reciente, su viabilidad dependerá de la habilidad que demuestre para ampliar su poder parlamentario y avanzar en acuerdos con el centro político, el cual oficiará de bisagra indispensable entre ambas fuerzas. De ahí que no le convendría radicalizarse.

Los mercados celebrarán la victoria de la dirigente, pero sus críticos, que son muchos también en los sectores corporativos y think tanks liberales como el Instituto Peruano de Economía, demandan que rompa con el status quo clientelista del suprapoder legislativo que ha cogobernado con la bendición de esta dirigente, y el abuso del gasto público. Actualmente, el Parlamento, mediante una cuestionada interpretación presupuestaria maneja y redirecciona gran parte de las partidas públicas hacia intereses particulares de las bancadas. Keiko prometió que, de ganar, desarmaría ese abuso institucional que nació con su voto, pero no está claro si el resto de los congresistas, en particular sus antiguos aliados, estarán dispuestos a resignar una caja de enorme poder político.

Este sería un paso clave para destrabar la economía. El ministerio de Economía y Finanzas proyecta una expansión del PIB del 3,5% para este año; sin embargo, analistas y agencias internacionales advierten que el país requiere un ritmo muy superior. “Perú necesita crecer de manera sostenida por encima del 5% si quiere cerrar las brechas sociales existentes y generar empleo de calidad”, señalaron fuentes empresarias a la agencia Bloomberg . Esa cartera proyecta que la inversión privada crecerá un 4,5% este año y superará los US$ 58.000 millones, impulsada por proyectos mineros y de infraestructura clave. Asimismo, el gobierno estima inversiones mineras por unos US$ 8.600 millones entre 2026 y 2029.

El candidato de izquierda Roberto Sánchez habla con periodistas este miércoles, en Lima (Perú). Foto EFE

Estas expectativas de inversión privada estaban bajo fuego ante el planteamiento hiperestatista original de Sánchez. Consciente de que el miedo económico era su principal techo electoral, el candidato en el último tramo de la campaña giró hacia la moderación. Reemplazó sus propuestas de nacionalizaciones masivas por un discurso de “capitalismo responsable”, respeto a la autonomía del Banco Central y alianzas público-privadas, emulando los modelos de la socialdemocracia chilena o uruguaya.

Si consiguió transmitir confianza, no fue suficiente. En gran medida, le terminó pesando la cercanía que exhibió con el ex presidente Pedro Castillo, derrocado y en prisión tras el fallido intento de golpe de Estado con el que buscó esquivar la ofensiva del Parlamento en su contra.

La memoria de esa administración errática, caracterizada por una extraordinaria confusión ideológica y el desfile de 78 ministros en su breve año y cuatro meses de gestión, funcionó como un elemento de disuasión colectiva. Pero no es lo único a observar. En la primera vuelta que brinda el dato real de los consensos, ambos candidatos fueron rechazados por casi 80% de los votantes, con seis millones que desistieron de sufragar y otro poco más de un millón que lo hizo en blanco. Detalles de la radiografía nacional.

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