El 88% de los hogares se endeuda para comer

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El último relevamiento muestra una desaceleración inflacionaria, pero advierte que no hay mejoras reales: cae el consumo, se profundiza el endeudamiento y crece la dificultad para acceder a alimentos en todo el país.


La inflación de abril mostró una desaceleración y se ubicó en 2,63%, pero el dato, lejos de reflejar una mejora económica, expone una realidad más compleja: el freno en los precios está directamente vinculado a la caída del consumo y al deterioro del poder adquisitivo.

De acuerdo al informe del Instituto de Estadísticas y Tendencias Sociales y Económicas (IETSE), esta baja responde a una menor presión en rubros como educación, servicios y alimentos. Sin embargo, el propio estudio advierte que en el caso de la comida, la desaceleración no es estructural, sino consecuencia de que los hogares compran menos. Es decir, el mercado se enfría porque la gente ya no puede sostener el nivel de consumo.


En términos acumulados, el primer cuatrimestre ya registra una inflación del 12,1%, superando las proyecciones del Presupuesto Nacional para todo el año. A nivel interanual, el índice alcanza el 32,1% y se proyecta un cierre cercano al 34,5%, lo que confirma que la dinámica inflacionaria sigue siendo persistente, aunque con menor ritmo.

Pero el dato más crítico aparece al analizar las condiciones sociales. Más del 56,8% de los hogares no logra cubrir la canasta básica alimentaria, mientras que un 21,5% se quedó sin alimentos en algún momento del mes. Además, un 11,4% redujo su ingesta a una sola comida diaria o atravesó situaciones de hambre, lo que refleja un deterioro profundo en la calidad de vida.

El informe también señala que el acceso a la alimentación dejó de depender exclusivamente de los ingresos: el 88% de los hogares financia sus compras con tarjetas, fiado o préstamos. Este fenómeno empieza a mostrar señales de saturación, con niveles crecientes de morosidad e incobrabilidad, lo que podría agravar aún más el escenario en los próximos meses.


En paralelo, la actividad económica muestra signos claros de recesión. El comercio minorista de alimentos registró una caída del 8,5% interanual en volumen, lo que indica que, aun cuando el gasto nominal se mantiene por efecto de los precios, los hogares compran menos cantidad de productos.

Este punto es clave desde una mirada federal. En provincias como Córdoba y en gran parte del interior, el consumo interno es el principal motor de la economía. La caída de las ventas impacta directamente en pequeños comercios, pymes y economías regionales, que dependen del mercado local y tienen menor margen financiero para sostenerse en contextos recesivos.



En este contexto, el informe es contundente: la desaceleración inflacionaria no está acompañada por una recuperación económica. Por el contrario, convive con una fuerte caída del ingreso real, un aumento del endeudamiento para cubrir necesidades básicas y un deterioro sostenido del consumo.

El escenario hacia adelante plantea interrogantes. Sin una recomposición del salario y sin medidas que impulsen el mercado interno, la estabilización de precios podría sostenerse, pero a costa de una mayor contracción económica. En otras palabras, menos inflación no necesariamente implica una mejora en la vida cotidiana, y el desafío pasa a ser cómo evitar que la desaceleración se convierta en un síntoma de crisis más profunda.