La historia del cordobés que crea esculturas con chatarra

  • Telediario Digital
  • hace 3 horas
  • 2 Min. de lectura

Javier “Pipo” Oviedo, artista de Vicuña Mackenna, instaló una imponente escultura del Gauchito Gil sobre la ruta 7 y la donó a la comunidad. Trabaja con materiales reciclados y asegura que el arte “le limpia el alma” después de años en emergencias médicas.



El arte apareció primero como refugio. Entre guardias como chofer de ambulancia y escenas difíciles que le tocó atravesar durante más de 26 años de trabajo, Javier “Pipo” Oviedo encontró en la chatarra una manera de transformar emociones en esculturas. Su última obra ya se convirtió en una postal de Vicuña Mackenna: un Gauchito Gil de más de dos metros instalado sobre la ruta 7.


La escultura fue donada por el propio artista a la Municipalidad y rápidamente empezó a captar la atención de quienes pasan por la zona. “Siempre hay gente sacándose fotos”, contó Pipo en diálogo con Telediario Federal, donde también reveló que él mismo es seguidor del Gauchito Gil desde hace años. La inspiración, dijo, nació de la fe popular y de las historias que fue escuchando en torno al santo pagano.


Pero lo más llamativo no es solo el tamaño de la obra, sino cómo está construida. Pipo trabaja exclusivamente con piezas recicladas: chapas, hierros y objetos descartados que vuelven a tener vida en sus manos. “No corto mucho. Trato de que la misma pieza ya llegue con su historia”, explicó. En el Gauchito Gil, por ejemplo, utilizó partes de un chimango y hasta una máquina de cortar pasto para moldear el rostro.


Su estilo mezcla lo criollo, lo surrealista y cierta estética “quijotesca” que ya se volvió una marca registrada. Él mismo reconoce que busca hacer un arte cercano, que pueda emocionar a cualquiera. “A los chicos les llama mucho la atención”, dijo. Y quizá ahí esté una de las claves de su obra: esculturas hechas con materiales duros, pero cargadas de humanidad.


Lejos de los grandes talleres o las galerías exclusivas, Pipo crea de noche, en silencio y casi siempre solo. “Esto es mi psicóloga”, resumió entre risas. Hace poco vivió un momento inesperado en una feria de Yacanto, donde un visitante le compró todas las esculturas de una sola vez. “Fue la primera vez que me pasaba”, confesó emocionado.



Mientras tanto, el Gauchito Gil sigue ahí, iluminado al costado de la ruta, recibiendo fotos, miradas y muestras de fe. Y Pipo ya sabe que la historia recién empieza: muchos vecinos le piden que coloque una placa con su nombre.


Él, por ahora, solo disfruta ver cómo una obra hecha con descarte terminó convirtiéndose en parte del paisaje y de la identidad local.