Son mamás de niños neurodivergentes y en el proceso descubrieron que ellas también tienen TEA
- Telediario Digital
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Dos madres compartieron cómo el diagnóstico de sus hijos con TEA no solo transformó su vida familiar, sino que también las llevó a descubrir que ellas mismas son neurodivergentes. Un relato íntimo que expone desafíos, barreras y una realidad cada vez más visible.

Lo que comenzó como una preocupación por el desarrollo de sus hijos terminó abriendo una puerta inesperada.
En diálogo con Telediario Federal María Celeste y María Paula, madres de niños con trastorno del espectro autista (TEA), compartieron un testimonio que atraviesa a cada vez más familias: el diagnóstico de sus hijos también las llevó a mirarse a ellas mismas y encontrar respuestas que nunca habían tenido.
El proceso no fue inmediato. Ambas relataron que, en los primeros años, sus hijos mostraban un desarrollo aparentemente normal hasta que comenzaron a aparecer señales: pérdida del habla, dificultades en la interacción social o conductas repetitivas.
“Empezás a notar que hay cosas que ya no están siguiendo el desarrollo esperado”, explicaron. En muchos casos, el primer alerta llega desde los jardines o escuelas, donde los docentes detectan diferencias en el neurodesarrollo.
Pero el camino hacia el diagnóstico está lejos de ser simple. Las madres remarcaron que acceder a evaluaciones profesionales, terapias y certificaciones implica atravesar un sistema complejo, con demoras, costos elevados y coberturas insuficientes.
“Hay una ley, pero muchas veces no se cumple si no se judicializa”, señalaron, en referencia a la necesidad de recurrir a amparos para garantizar tratamientos.
En ese recorrido apareció algo que no esperaban: sus propias historias comenzaron a tener sentido. A partir de evaluaciones personales, ambas descubrieron que también son neurodivergentes. “Te cambia la vida, porque empezás a entender cosas del pasado”, contó una de ellas. La otra fue contundente: “No es que estás roto, es que sos diferente”.
El impacto no es solo individual. También pone en evidencia una deuda social más amplia: la falta de información, la escasa inclusión y las barreras en ámbitos como la salud, la educación y el trabajo. Incluso, advirtieron sobre situaciones críticas en salud mental y la dificultad de sostener tratamientos en el tiempo.
A pesar de todo, el mensaje final apunta a la empatía. “No todas las discapacidades se ven. A veces, lo único que necesitamos es que alguien pregunte si puede ayudar”, expresaron. Historias como estas, cada vez más visibles, invitan a repensar cómo la sociedad acompaña —o no— estos procesos.
El desafío ahora es claro: que estas experiencias no queden como relatos aislados, sino que impulsen cambios reales en el acceso, la inclusión y la mirada colectiva.
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