La literatura de Jeremías Gamboa tiene poesía y tiene música: cadencias, entonaciones y reverberaciones rítmicas; tiene, también, cierto movimiento ondulante: te lleva y te trae como la caprichosa marea de un mar que podría ser, por ejemplo, el Océano Pacífico que bordea su ciudad de origen.

El escritor peruano Jeremías Gamboa en Buenos Aires. Foto: Ariel Grinberg.

Manuel Flores regresa a Lima de noche, después de una estadía en Colorado, Estados Unidos. Apenas su avión atraviesa la atmósfera, divisa las pequeñas luces de El Callao, que es la ciudad portuaria donde está el aeropuerto Jorge Chávez o la pista, como dicen los peruanos.

“Cada vez que cierro los ojos y trato de encontrar ese inicio, lo primero que aparece son las luces…”. A Jeremías “le baja” esa frase mientras está haciendo algo cotidiano fuera de su casa, y él se empeña en retenerla a fuerza de repetirla en sus adentros como un mantra, hasta el encuentro con su computadora, con su mundo introspectivo donde escribe.

El principio del mundo (Alfaguara, 2025) acaso está, para Gamboa, en las luces de El Callao, esas que se divisan después de la turbulencia del aterrizaje. “Pequeñitas, desafiando la oscuridad del océano”, sigue tipeando y respira, el escritor, con la certeza de tener ya la novela en las manos.

Diez años le llevó al autor escribir El principio del mundo, a modo de estallido de un Big Bang personal donde todo empieza allí, en esta obra “total”, como él mismo la definió en su presentación en Buenos Aires, junto a Claudia Piñeiro.

Pero ya había tenido antes una moción de Contarlo todo (Mondadori, 2014), tal es el nombre de su primera novela en la que, de verdad, quería contarlo todo. Aquella había sido, según las propias palabras del autor, “una carta de intención, un grito de guerra”.

Escritor, periodista y profesor, Gamboa nació y creció en Lima, donde, según ha escrito y contado, estudió en la escuela pública: “Allí no había plan lector, por eso mi llegada a la literatura fue tardía”. Hijo de madre y padre ayacuchanos, estudió Comunicaciones en la Universidad Católica del Perú. Su padre, muy lector e interesado por la Argentina, trabajaba en una confitería que frecuentaban los escritores más importantes del Perú y es así como trabó relación con Fernando Ampuero, quien llevó a Jeremías a trabajar a la revista Caretas y al diario El Comercio.

–En Contarlo todo, aparece la tensión entre el periodismo y tus deseos de convertirte en escritor. ¿Cómo fue ese proceso?

–Yo trabajaba en El Comercio y sentía que el periodismo me impedía ser escritor. A los 25 años hice un viaje con mi padre a Ayacucho, a su pueblo, Vilcas Huamán, y allí tuve una revelación: vi el origen, la precariedad, lo que me tocaba escribir. Al volver, pasé un año de crisis y decidí renunciar. Fui a ver a Fernando Ampuero, mi jefe en Caretas, y le dije: “Me voy a ser escritor”. Él me entendió y me apoyó. Durante tres años intenté escribir cuentos sin éxito, hasta que, en Boulder, Colorado, brotaron los relatos de Punto de fuga, mi primer libro de cuentos, del cual hay una versión acá, en Argentina.

–¿Cómo nace Contarlo todo?

–Me permití convertir todas las humillaciones creativas de años de escribir mal en el propio material de la novela. Contarlo todo fue mi carta de intención, un grito de guerra, un statement. Era la afirmación de la vocación y del oficio, con el periodismo como antagonista. Yo era un cronista de la calle, pero necesitaba darme permiso para embarcarme en algo más extenso. Esa tensión entre periodista y escritor está en el corazón del libro. Escribí Contarlo todo bajo la influencia de Mario Vargas Llosa, con mucho de Philip Roth, porque allí hay mucho cuerpo, mucha emoción. Y estaba empezando a leer a V. S. Naipaul, que es un escritor del origen, de la memoria, de la raza.

–¿Qué cambió entre Contarlo todo y El principio del mundo?

–Cambió la edad, la experiencia y las lecturas. Contarlo todo era más violento y visceral, más Kerouac, más Cortázar. En cambio, El principio del mundo es meditado, más maduro, y allí me permito la poesía. Entendí la novela como un objeto poético, entendí que una función muy importante de la novela era proponer una metáfora del mundo. Además de los clásicos del boom, como Vargas Llosa, Cortázar, García Márquez y Carlos Fuentes, leí, por ejemplo, Moby-Dick, que me mostró cómo yuxtaponer metáforas: el ámbar gris, el doblón. Melville me enseñó a buscar la metáfora. Y luego, Toni Morrison me acercó a una escritura más poética.

El escritor peruano Jeremías Gamboa en Buenos Aires. Foto: Ariel Grinberg.

–¿El principio del mundo te llevó diez años de escritura?

–Nació de un cuento que no funcionaba. Después de Contarlo todo, empecé una novela sobre mi línea paterna, muy Rulfo, muy Mo Yan, por lo rural y precario, pero no estaba preparado. Entonces escribí un cuento sobre una profesora, Graciela Monteagudo, modelo del personaje Marina Montemayor. Ese cuento llegó a 80 páginas, pero me di cuenta de que, para llegar a ese diálogo, el lector debía pasar por experiencias previas. Un día me “bajó” el primer párrafo: “Cada vez que cierro los ojos y recuerdo mi regreso al Perú, lo primero que aparece son las luces”. Allí entendí que era una novela de retorno. Ese cuento está inserto dentro de la novela.

–¿Cómo ves el consumo de la literatura, digamos, “de trama”, donde hay una estructura argumental, en contraste con tu estilo literario, más propio del boom, un relato más psicoanalítico, más mental?

–Siempre ha habido esa dicotomía entre la literatura de trama, que al lector lo gratifica con una historia, lo hace olvidarse de sí mismo y que, al final, no le mueve la certeza sobre las cosas del mundo y, por otro lado, la literatura del sentido, que no se define por la trama, sino por un estado de ánimo, por la indagación de una música con el inconsciente y con la memoria, en mi caso. Es una literatura que tiene boleto de ida y vuelta. Te saca de tu yo, pero para regresarte más complejo y con la mentalidad alterada en un buen sentido, es decir, con tus nociones transformadas o puestas en discusión. Es la literatura de Marcel Proust, en la que yo quiero creer.

–¿Se podría decir que El principio del mundo es un tributo a tu madre?

–Sí, sin duda. Muchas experiencias de mi madre nutrieron a Candelaria Amaro, aunque transformadas en literatura. Mientras escribía, mi madre entraba en agonía y fue muy intenso, pero bonito, porque siempre supo que yo trabajaba sobre ella. Para mí, llorar al escribir es un indicador de que el texto está bien, que las palabras me tocan. Mi madre era narradora, tenía el caudal, era Tolstói. Le tributé esta novela para luego poder dedicarme a escribir sobre mi padre.

–Si tu madre era Tolstói, ¿quién es tu padre?

–Mi padre es Rulfo. Viene de la precariedad absoluta en Ayacucho, migró a Lima escapando de la nada y trabajó como mozo en restaurantes. Era un mozo lector: atendía a Ribeyro, a Cisneros, a Ampuero, y hablaba de libros con ellos. Esa historia extraordinaria me permitió entrar en el mundo literario. Ahora tiene 85 años y estoy escribiendo sobre él, avanzando en una novela que rescata su figura. Entre mi madre narradora y mi padre lector y anotador de palabras está mi música, mi impronta.

–¿Qué significa ser ayacuchano en el Perú?

–Es cargar con una impronta de dolor y precariedad, pero también con una fuerza narrativa enorme. Mi madre migró por necesidad de educación, mi padre escapó de la barbarie. Esa raíz me atraviesa y me da una sensibilidad particular. Vivo en literatura, y el psicoanálisis me ayudó a ordenar esa carga emocional. Mi obra intenta integrar esas vertientes: lo indígena y lo urbano, lo íntimo y lo social.

El escritor peruano Jeremías Gamboa en Buenos Aires. Foto: Ariel Grinberg.

–¿Cómo refleja tu literatura las cuestiones del racismo y el clasismo en el Perú?

–El Perú es un país que no termina de completar una imagen integral de sí mismo. Cada cinco años las elecciones muestran esa fractura: el voto rural frente al criollo, lo indígena frente a lo costeño. Es un país que no se resuelve y eso se refleja en mi novela, que intenta integrar esas tensiones sin caer en una visión armónica o utópica. Está lleno del horror peruano: racismo, clasismo, exclusión. Manuel Flores, mi narrador, es hijo de lo indígena, pero educado en lo urbano: un intento de primer peruano integrado.

–¿Cómo ves la actual contienda electoral en el Perú?

–Las elecciones en el Perú son como un químico que se lanza sobre una resonancia magnética: cada cinco años el país vuelve a mostrarse dividido. Es el eterno retorno. La costa, los Andes y la selva son mundos distintos que no logran integrarse. Hemos tenido presidentes que entran con votos andinos y luego no representan a ese mundo. Es un país que no se resuelve y eso se muestra políticamente cada cinco años. Mi literatura intenta suturar esas fracturas, mostrar la pesadilla peruana y, al mismo tiempo, el esfuerzo por integrar.

–¿Quién es la chica de la tapa de El principio del mundo?

–La chica de la tapa puede ser lo que el lector quiera: Candelaria Amaro, su madre, Asunta. En la vida real es Verónica Centeno, actriz ayacuchana fotografiada por Yayo López. Ella protagonizará la versión teatral del primer tomo de la novela, que se estrenará en octubre en la Alianza Francesa de Lima, con guion y dirección de Mariana de Althaus, mi pareja, quien también hará seguramente de madre. Es un proyecto que prolonga la vida de la novela en otro lenguaje artístico.