Muy pocas personas pueden presumir de haber inventado una técnica artística propia. José Antonio Mateo Flórez, sí. A sus 90 años, no solo exuda agilidad, buen humor y una salud estupenda, sino que su vena artística sigue en estado de gracia. Ha creado el Grapel, “el arte del grabado sobre película”, una escultura realizada sobre una radiografía con bisturí, explorando hasta 17 tonos en un milímetro de profundidad.

“Mi vida ha sido un poco azarosa porque he vivido en muchos lugares de España y del extranjero, como muchos otros españoles humildes que no somos de familia bien”, ríe Mateo. Así es como le gusta que le llamen.

Nació en Puebla de Sanabria (Zamora) y el pasado 24 de mayo cumplió nueve décadas en este mundo. Vivió los seis primeros años de su vida en Puebla de Trives (Ourense), en Galicia; después fue a un pueblo de León, cerca de la Bañeza, y más tarde a Extremadura, a un pueblo llamado Granja de Torrehermosa (Badajoz), donde se casó y nació su primer hijo.

Tiene más de 20.000 seguidores en redes sociales (La Vanguardia).

Pero se vio obligado a hacer las maletas y a probar suerte. “El rural estaba como estaba y hubo que emigrar; viví en Francia y en Alemania, trabajé de obrero, ejecutando tareas como pintar los tubitos de acero de las máquina. Era muy bonito.

Como buen trotamundos, aterrizó en Madrid, donde comenzó en una fábrica de muebles metálicos. Al hundirse este negocio, inició su carrera como técnico de electromedicina en el Hospital 12 de Octubre.

“Fui uno de los que lo montó; cuando tuve que poner a punto los equipos de rayos X, surgió la magia”, relata. “El Grapel nació de casualidad, como la mayoría de los inventos. Mientras se calentaba el equipo y yo esperaba, tomé una cartulina, una radiografía y un bisturí y empecé a hacer arañazos. Me di cuenta de que adquirían distintos tonos, y empecé a explorar esta escala de colores”. De eso hace ya más de medio siglo, en septiembre de 1973. Pero el arte le acompañaba desde siempre: ya de adolescente jugaba con el óleo y la acuarela.

La imaginación de José Antonio Mateo Florez no conoce límites: en sus obras de GrapelArt plasma texturas, animales o naturalezas muertas, pero también castillos y fortalezas, faros y molinos, monumentos religiosos, pueblos del Valle del Lozoya y hasta viajes interplanetarios. “Lo primero que hice fue un cuadrito de mi pueblo extremeño, donde monté un museo al que he donado los cuadros. En mi trabajo de técnico en cuidados intensivos, tenía ratitos libres y el Grapel se convirtió en una obsesión”, señala.

Cada cuadro puede llevar entre 100 y 150 horas

“Lo que hago son esculturas planas, como una talla a mano en una radiografía”, explica. Su arte es el antídoto contra la prisa y el vértigo de hoy en día: “Tienes que ir con mucha tranquilidad, muy despacito, porque si te pasas no lo puedes arreglar. Cada cuadro me lleva 100 o 150 horas. Por eso no me ha salido ningún imitador: y mira que he intentado enseñársela a otras personas… Si hasta le propuse al Ministerio de Cultura abrir una escuela y no me hicieron ni caso”, se lamenta.

Lleva más de 600 obras, de las que 250 han formado parte de diferentes exposiciones. “El último monumento que acabo de hacer es la Basílica de San Pedro de Roma en nueve radiografías unidas”. Le gustan Picasso y Dalí, por eso también le guiña un ojo al surrealismo en algunas de sus creaciones. “La gente no entiende cómo se puede conseguir tanta perfección a partir de una cosa tan negra, tan fea, ¿no?”. Tras miles de horas dedicadas a este hobby, la ilusión sigue intacta. “Lo que más me ilusiona es empezar cada cuadro y ver cómo va apareciendo la imagen mientras raspas. Es una sensación que no se puede explicar”.

Es el creador y único exponente del Grapel Art, la técnica que convierte las radiografías médicas en cuadros alucinantes (La Vanguardia).

Mateo se levanta a las seis de la mañana y dedica al Grapel unas cinco o seis horas. “Después, le hago el desayuno a mi mujer, que tiene alzhéimer, paso el rato con ella y más tarde salgo a pasear durante una hora. Tomo siempre un vino o una cerveza y unas tapas con mis amigos del barrio, y vengo a casa a hacer la comida, porque una mujer nos ayuda en días alternos con la limpieza de la casa, pero de cocinar me encargo yo”, relata. Por la tarde vuelve a pasear y a veces retoma la creación artística o se dedica a tocar algún instrumento. “Toco trece instrumentos de oído, como el violín, la armónica o el acordeón, y me he aficionado al otamatone, un instrumento japonés de música electrónica. Siempre me ha encantado la música. Cada vez que encuentra un instrumento raro, mi nuera me lo trae”.

Cree que lo mejor para llegar bien a la tercera edad, contento y motivado, es tener “un sinfín de amigos”. “Nos juntamos y discutimos de lo humano y lo divino”, dice, y es que a Mateo lo caracteriza un optimismo innato. “Hasta en los peores ratos hay que tratar de ser felices y hacer felices a los demás”. Aunque ahora ya no le dejan conducir, le sigue gustando ir a la sierra a disfrutar del aire puro. “Allí arreglé una casita y me gusta pasar unos días. Incluso tallaba mis propios marcos. Ahora me llevan y me quedo allí unos días”.

La familia es otro de sus pilares. “Tengo dos hijos, cuatro nietos y cuatro bisnietos: son mi alegría”. De hecho, fue uno de sus nietos quien le abrió una cuenta en TikTok, donde tiene más de 20.000 seguidores. Confiesa que su secreto es “no enfadarse nunca, no parar quieto y preferir reír a discutir”. Además, estos días tiene una exposición en Madrid. “Hice una a los 80 años en una iglesia de la parroquia que tiene el porche muy grande y prometí que si llegaba a los 90, haría otra”. El Grapel sigue siendo su ilusión para salir de la cama cada día. “Para vivir tanto hay que soñar mucho y estar siempre pensando en hacer cosas”, sentencia.

La Vanguardia.

GML