El mundo académico y científico argentino despidió este 9 de abril a María Elena Otegui, una de las investigadoras más influyentes en el campo de la producción vegetal y referente internacional en el estudio del maíz. Así lo informó en las redes sociales el Grupo de Ecofisiología Pergamino, del que ella formaba parte junto a otros profesionales de distintas instituciones. Tenía 66 años y una trayectoria marcada por la excelencia, la curiosidad intelectual y una permanente vocación por ampliar fronteras en el conocimiento agronómico.
Formada inicialmente en la Escuela Superior de Comercio Carlos Pellegrini, su camino hacia la agronomía no fue lineal. Fue una profesora de biología, y el interés que despertó en ella esa disciplina, lo que terminó orientando su vocación. Aunque en su entorno familiar no había vínculos con el agro, los viajes durante su infancia y adolescencia por distintas regiones del país —especialmente al NOA— contribuyeron a despertar su interés por los sistemas productivos y los paisajes agrícolas.
Lamentamos profundamente la partida de nuestra querida María. Gran investigadora y formadora. Su mirada crítica y aguda, siempre orientada a mejorar, se combinaba con una gran generosidad y bondad. Así te recordaremos, siempre. pic.twitter.com/9JLlkW1pIc
— Grupo Ecofisiología Pergamino (@GrupoEcofisPerg) April 9, 2026
Ingresó a la carrera de Agronomía en la Universidad de Buenos Aires en 1977 y se graduó en 1982, con especialización en Producción Agropecuaria. Desde sus primeros pasos tuvo en claro su inclinación por la investigación, iniciando su carrera como ayudante de cátedra junto al ingeniero agrónomo Fernando Míguez, en la Cátedra de Cereales, donde también participó en trabajos vinculados al mejoramiento de especies forrajeras.
Su formación de posgrado marcó un punto de inflexión. En 1988 se trasladó a Balcarce para cursar una maestría en la Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad Nacional de Mar del Plata, en una etapa en la que comenzaban a consolidarse nuevas líneas de investigación en ecofisiología de cultivos. Finalizó su Magister Scientiae en 1992 y, al año siguiente, inició su doctorado en Francia, en la Université Paris XI-Orsay, en colaboración con el INRA.
En julio de 2025 Clarín Rural le entregó el Testimonio a la Trayectoria Académica.
Foto Pedro Lázaro
Esa experiencia internacional fue decisiva. Luego de doctorarse en 1996, obtuvo una beca posdoctoral del CONICET que la llevó a continuar sus investigaciones tanto en Francia como en Estados Unidos, en una estación del USDA en Morris, Minnesota. Ese recorrido por distintos ambientes productivos —desde la región núcleo argentina hasta latitudes más altas del hemisferio norte— le permitió desarrollar una mirada comparativa que marcaría toda su producción científica.
A su regreso al país, Otegui consolidó su carrera académica en la Facultad de Agronomía de la UBA, donde transitó todos los escalafones hasta convertirse en profesora titular en 2008. Su trabajo se enfocó en la ecofisiología de cultivos, área en la que realizó aportes clave, especialmente en el estudio del maíz.
En paralelo, desarrolló una destacada carrera en el CONICET, al que ingresó en 1997 y donde alcanzó en 2015 la máxima categoría de Investigadora Superior. Su producción científica incluye más de 100 artículos en revistas internacionales indexadas y más de 300 publicaciones técnicas y profesionales, consolidando un legado de enorme impacto en la agronomía.
Fue reconocida con múltiples premios y distinciones, entre ellos el Diploma al Mérito de la Fundación Konex en dos oportunidades (2013 y 2023), el Premio Fundación Pérez Companc y el galardón de la Cámara Arbitral de la Bolsa de Cereales. En 2022 fue incorporada como académica de número de la Academia Nacional de Agronomía y Veterinaria, un ámbito en el que su presencia contribuyó a ampliar la participación femenina en la ciencia agropecuaria. En julio de 2025 Clarín Rural le entregó el Testimonio a la Trayectoria Académica.
Radicada en Villa Ramallo, donde residía junto a su esposo José, Otegui logró combinar su intensa actividad científica con una vida personal marcada por la adaptabilidad y el trabajo en equipo. Su recorrido por múltiples instituciones y países no solo enriqueció su formación, sino que también la posicionó como una voz clave en la comprensión de los sistemas productivos en contextos diversos.
Entre sus contribuciones más destacadas se encuentra su rol en el desarrollo y validación del maíz tardío, una estrategia agronómica que permitió reducir riesgos productivos, estabilizar rendimientos y sostener la presencia del cultivo en sistemas agrícolas cada vez más desafiados por la variabilidad climática.
Con su fallecimiento, la ciencia argentina pierde a una investigadora de referencia, a una formadora de generaciones y a una figura que supo combinar rigor académico con una mirada abierta al mundo. Su legado perdurará en sus trabajos, en sus discípulos y en cada avance que contribuya a una agricultura más eficiente y sostenible.
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