En la década de 1930, la tuberculosis, con tratamientos que pocas veces lograban vencer el desenlace, seguía cobrando miles de vidas. Elena Milagros de Hoyos fue una de esas pacientes. Con apenas 22 años, llegó al Hospital Marino de Key West, Forida, Estados Unidos, buscando alternativas para combatir la enfermedad.

Quién la recibió fue Carl Tanzler, un radiólogo alemán de 53 años que llevaba tiempo construyendo una identidad extravagante. Se presentaba como conde, utilizaba distintos nombres según el documento que se consultara y aseguraba haber estudiado, también, microbiología.

Detrás de esa imagen había un hombre arrogante, reservado y convencido de que estaba destinado a cumplir un propósito particular. Años antes, durante un viaje en Génova, afirmaba haber tenido una visión en la que una supuesta antepasada le mostró el rostro de una mujer que se convertiría en el amor de su vida.

Cuando Elena cruzó la puerta del consultorio, creyó reconocer inmediatamente a esa joven de cabello oscuro que llevaba años esperando.

La vida de Elena estaba lejos de atravesar un buen momento. Era la menor de tres hermanas, provenía de una familia cubana conocida en la comunidad y quienes la recordaban la describían como una chica alegre, bonita y talentosa.

Helena Milagros de Hoyos antes de la tuberculosis. Foto: Wikipedia

Sin embargo, la enfermedad se sumaba a otro golpe reciente. Su marido la había abandonado después de que ambos perdieran un embarazo y supieran que difícilmente podrían tener hijos. Con ese panorama, cualquier posibilidad de tratamiento representaba una esperanza que valía la pena aferrarse.

Mientras Elena veía en Tanzler un médico dispuesto a intentar lo imposible para salvarla, él interpretaba cada consulta como una confirmación de que el destino finalmente los había reunido. Le prometió que encontraría una cura y que, cuando terminara, se casarían.

Ella nunca le devolvió esos sentimientos. Simplemente necesitaba creer que todavía existía la posibilidad de seguir viviendo. Esa diferencia, que al principio era evidente, fue desapareciendo únicamente en la cabeza del médico.

Comenzó una obsesión que dejaría de parecerse a la relación profesional-paciente

La joven aceptaba los tratamientos porque la tuberculosis avanzaba sin darle tregua. El médico, en cambio, estaba convencido de que el destino había reunido a dos personas que estaban hechas para compartir el resto de sus vidas.

Con esa idea en la cabeza, fue cruzando límites cada vez más peligrosos. La familia de Elena le dio libertad de probar cualquier procedimiento que creyera conveniente y Tanzler aprovechó esa confianza para pasar por alto las normas del hospital.

Carl Tanzler en 1940. Foto: Wikipedia/Florida Keys People

Comenzó a sacar medicamentos y equipamiento sin autorización para atenderla en su casa. Experimentó con rayos X, preparó ungüentos y remedios de elaboración propia e incluso compró una bobina de Tesla para aplicarle descargas eléctricas.

Paralelamente, el tratamiento se mezclaba con un cortejo permanente. Perfumes, joyas, vestidos y regalos llegaban acompañados por la misma promesa de casamiento, una y otra vez.

Elena nunca alimentó esa fantasía. Sin embargo, tampoco la rechazó de manera tajante. Sabía que Tanzler era quién más empeño estaba poniendo en encontrar una cura y, frente a la enfermedad y el miedo que conllevaba, eligió no romper ese vínculo.

El desenlace llegó el 25 de octubre de 1931. Después de meses de tratamiento, no lograron frenar el avance de la tuberculosis, Elena murió en su casa. Tanzler quedó devastado.

La familia no contaba con recursos para organizar un gran funeral y él se ofreció a cubrir todos los gastos. También insistió en construir un mausoleo de mármol para que el cuerpo no fuera enterrado bajo tierra, argumentando que así estaría mejor protegido el deterioro.

Los Hoyos aceptaron la propuesta creyendo que se trataba de un último gesto de cariño hacia una paciente a la que el médico no había podido salvar.

Tumba de Elena Hoyos en el cementerio de Key West. Foto: Kurioso

La realidad era más perturbadora

Tanzler se quedó con la única llave del mausoleo. Mandó a instalar iluminación eléctrica, un lujo poco habitual para la época, y hasta hizo colocar un teléfono que conectaba el interior de la cripta con el exterior para poder hablar con Elena cada vez que la visitaba.

Pasaba horas dentro del mausoleo susurrándole palabras de amor y aplicando distintos productos para retrasar el deterioro del cuerpo. Cuando el olor de la descomposición comenzó a hacerse insoportable, empezó a utilizar el teléfono con mayor frecuencia. Decía que ahí no solo podía hablarle, sino también escucharla.

Con el paso de los meses, aquellas supuestas conversaciones fueron ocupando más espacio en su rutina. Según su relato, Elena se le aparecía como espíritu y respondía a cada una de sus preguntas.

Primero, rechazó su propuesta de matrimonio. Después de un largo tiempo, cambió de opinión. Tanzler aseguraba que finalmente había aceptado casarse con él y que incluso le había pedido abandonar el mausoleo.

Convencido de que estaba cumpliendo la voluntad de la joven, una noche de abril de 1933 abrió la tumba, cargó el cuerpo en una carretilla y se lo llevó sin que nadie lo advirtiera. Mientras abandonaba el cementerio, afirmó haber visto el fantasma de Elena acompañándolo hasta su nuevo hogar.

Antes de llegar a su casa hizo una parada en un viejo avión que había acondicionado como laboratorio. Allí comenzó el proyecto al que dedicaría los siguientes años: devolverle la vida a Elena.

Detalles del estado del cuerpo de Elena. Foto: Kurioso

Para lograrlo, reconstruyó el cuerpo con todo lo que tenía su alcance. Reemplazó partes del rostro con cera y satén, colocó ojos de cristal, unió los huesos con alambres, rellenó el abdomen con trapos para mantener la figura del cuerpo y confeccionó una peluca utilizando mechones de cabellos que la madre de la propia Elena le había obsequiado tras el funeral.

Después, la vistió con un vestido de seda, joyas, guantes y medias, mientras la cubría diariamente con perfumes y aceites para disimular el olor de la descomposición.

Eso no fue todo. Tanzler estaba convencido que enviar el cuerpo a la estratosfera permitiría que la radiación regenerara los tejidos y la devolviera a la vida. Mientras trabajaba en esa idea, convivió durante siete años con el cadáver.

Dormía junto a él, le compraba ropa, le ponía música y le conversaba como si Elena siguiera viva. Años más tarde, la autopsia revelaría, además, indicios que llevaron a los médicos a sospechar que había cometido actos de necrofilia utilizando un tubo de papel colocado en el cuerpo.

El plan del doctor se cayó en 1940

Los rumores sobre el extraño comportamiento del doctor empezaron a expandirse por Key West. Algunos vecinos aseguraban haberlo visto comprar ropa femenina pese a no tener pareja. Otros contaban que un niño lo había visto bailar con una figura de tamaño real dentro de la casa.

La hermana de Elena decidió ir a comprobarlo personalmente y, cuando cruzó la puerta de la vivienda, encontró el cuerpo sentado en el living.

Cuerpo de Elena Hoyos en exhibición en la Funeraria López. Foto: Wikipedia/Florida Keys

La policía llegó poco después y Tanzler fue detenido. Para la familia fue doble el impacto. Descubrieron que Elena nunca había permanecido en la tumba y que el médico había convivido con sus restos durante esos años.

Aunque fue sometido a evaluaciones psiquiátricas, nunca lo condenaron. El delito por el que podía ser juzgado ya había prescripto y únicamente debió pagar una fianza que cientos de personas colaboraron para reunir.

Lejos de generar un rechazo unánime, el caso despertó una llamativa ola de simpatía. Parte de la opinión pública lo veía como un hombre incapaz de resignarse a perder el amor de su vida. Este concepto ignoraba totalmente el detalle de que ellos no habían mantenido una relación de pareja. Había sido su paciente.

Después de recuperar el cuerpo, las autoridades decidieron enterrarlo nuevamente en una tumba sin nombre y cuya ubicación solo conocían el enterrador y su familia, para evitar que Tanzler pudiera encontrarla otra vez.

Él pasó los últimos años de su vida viviendo cerca del cementerio y escribió una autobiografía antes de morir en 1952. Cuando encontraron su cuerpo, descubrieron que seguía acompañado por una figura de cera de tamaño real que representaba a Elena.