Ocurre. De modo cíclico volvemos a La Odisea. Regresa, no porque haya permanecido escondida u olvidada durante siglos sino porque irrumpe, en este caso, con formato cinematográfico. Christopher Nolan retomó el poema de Homero. Antes fue objeto de relecturas feministas que desplazaron la mirada hacia Penélope o Circe, hubo novelas que imaginaron a Telémaco como verdadero protagonista, también adaptaciones cinematográficas y teatrales, con el Ulises de James Joyce, que convirtió el viaje heroico en una caminata por Dublín. Pero también vuelve por una razón menos evidente: la política necesita un lenguaje potente. Volvamos a los clásicos.
Matt Damon como Ulises en La Odisea.
Hasta Milei citó La Odisea recientemente para hablar de su propio recorrido y de los obstáculos que enfrenta. No es extraño. Desde hace casi tres mil años, este texto funciona como un repertorio de metáforas disponibles. Todos creen ser Ulises. Nadie acepta a los pretendientes de Penélope.
Hay pocos libros capaces de atravesar tantos siglos y ofrecer una interpretación acorde a cada presente. La razón no reside únicamente en su extraordinario valor literario, aunque bastaría con eso para justificar su permanencia. Homero creó una manera de narrar que todavía sostiene buena parte de la literatura occidental: el héroe imperfecto, el guion que comienza en medio de la acción, el juego entre memoria y presente, la convivencia de lo fantástico con la experiencia cotidiana, la aventura como conocimiento antes que como conquista.
Ulises burlando a Polifemo. Cuadro del pintor romántico británico Joseph Mallord William Turner, de 1829, sobre el episodio de La Odisea.
Pero La Odisea no es solamente el relato del regreso de un guerrero. Es, sobre todo, una novela anticipada sobre la incertidumbre porque Ulises no sabe si volverá. Tampoco sabe si encontrará la misma Ítaca que dejó veinte años antes. Lo que parecía un viaje de regreso termina siendo el descubrimiento de que el tiempo modifica tanto al viajero como al lugar al que pretende regresar.
Hay quienes se obsesionan en este mundo con el retorno: volver al orden, volver al crecimiento, a una identidad nacional perdida, a los valores auténticos. Sin embargo, Homero pareciera enseñar exactamente lo contrario. No existe el regreso intacto. Toda vuelta supone una transformación.
Ulises (1954). Kirk Douglas protagonizó la película de Mario Camerini, basada en la "Odisea" de Homero. Entre las coestrellas del filme estuvieron Silvana Mangano y Anthony Quinn.
Por eso el poema ha sobrevivido a los cambios de época. Puede leerse como una aventura marítima, como una reflexión sobre el poder, un tratado sobre la hospitalidad, una meditación sobre el deseo o una exploración de la inteligencia. Ulises no vence porque sea el más fuerte. Gana porque interpreta las situaciones, cambia de estrategia, se disfraza, escucha, espera. En un mundo (que puede ser el actual) dominado por la fuerza física, introduce el poder de la astucia.
También por eso la literatura, la política, la filosofía y hasta el psicoanálisis encuentra en Homero un arsenal de imágenes. El viaje interminable, las sirenas de la seducción, el cíclope que concentra un poder desmesurado, los compañeros que se desvían del rumbo, la isla prometida, el regreso esperado. Son figuras que parecen describir cualquier coyuntura.
Molde de escayola de la cabeza de Ulises y una reconstrucción del grupo escultural 'Polifemo', de Sperlongo, en una de las salas de la exposición 'Homero- El Mito de Troya en la Poesía y el Arte', en el Museo Reiss-Engelhorn-Museum de Manheim (Alemania), en 2008. Foto: EFE/Ronald Wittek
El problema comienza cuando la metáfora reemplaza a la realidad y todos los actores políticos se asignan el papel del héroe que lucha contra monstruos.
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