Atormentados por las distintas formas de cautiverio que padecen sin perder la compostura, agobiados o mortalmente aburridos por una existencia previsible o deplorable, una fantasía discreta (“alguna idea rara en la cabeza”) enciende por un instante el ánimo precario que sostiene a los protagonistas de El nombre de todos los sonidos del bosque, el nuevo libro de cuentos de Santiago Craig. Una ilusión no por fugaz menos atractiva: ausentarse de las obligaciones cotidianas por un tiempo (una temporada, unos días, lo que dure un desafío extravagante, el amanecer de un nuevo día). La posibilidad de esfumarse, de retirarse de “la escena”, asoma y se expande como un lento rumiar subterráneo. Los siete relatos del libro funcionan, cada uno a su manera, alrededor de esta idea: como modos diversos de desentenderse (de una vida, de un cuerpo, de una identidad).

En “El nombre de todos los sonidos del bosque”, el relato inicial, la anécdota narrativa es simple (y acaso lo menos importante): un día en la vida de una mujer durante su estadía en una casa heredada por su familia. La singularidad del texto obedece a su construcción. El relato se detiene en lo que va a realizar la protagonista cuando se despierte, en lo que va a suceder apenas se levante: anotar lo que pueda recuperar de lo que ha soñado, recordar a su padre, reafirmarse en la idea de abandonar transitoriamente su vida anterior y establecerse allí, en ese espacio maravilloso donde transcurrió su infancia. Se narra como quien regresa lentamente de un sueño, como quien tarda en despabilarse. Es decir, con la percepción extrañada (“Antes de que el sueño explote en una nube de talco, todavía un poco de cada lado”).

Lo que el primer cuento de Craig presenta es aquello que define su gracia: una cadencia sostenida en la demora (“un apego a la pausa, al sigilo”), un ritmo marcado por la repetición de motivos, por la atención al detalle (el movimiento de la luz sobre un rostro), una búsqueda formal precisa: que las palabras, bajo un fraseo particular, resuenen de otra manera.

De un día en la vida de un hombre se ocupa “Grandes grandes grandes estrellas”, el segundo cuento (y quizás el mejor). Padre de familia, productor de un programa de televisión, el protagonista es el encargado de hacer que el mundo a su alrededor funcione: resuelve los problemas en el set de filmación, contesta con ingenio la curiosidad de sus hijos (“Como si su voz fuera la voz de un astro, de un cometa”), acepta sin protestar las proyectos de su mujer (“Poniendo los sí en fila, los como quieras; empujando el primero como una ficha de dominó que arranca la caída”).

Aun así, cansado de representar siempre el mismo papel, un deseo inoportuno comienza a manifestarse en su intimidad cada vez con mayor insistencia. En “Alba”, un escritor encerrado en su casa junto a su familia encuentra un modesto refugio en el lugar menos pensado, un resquicio de independencia donde poder estar solo y escribir en las noches de insomnio.

Como “un rumor de conversaciones susurrantes”, la clave en los mejores relatos de Craig es la imprecisión narrativa, la revelación paulatina de los acontecimientos. La opacidad de la mirada puesta en juego. “El truco estaba en avanzar a tientas, como en una tormenta de arena y tierra, de plátanos deshechos, con algodones en los oídos, el tacto jabonoso, la vista embarrada”, apunta el narrador de “De casa al trabajo, del trabajo a casa”.

En ese cuento, el anteúltimo del libro, distintos pasajes describen lo que un hombre observa y dibuja con más intuición que certezas: los movimientos imperceptibles de un nadador, su deslucido encuentro conyugal, las presentaciones amateurs en un club de jazz, el peculiar modo en que una anciana recuerda momentos de su vida. Para Santiago Craig escribir se trata de eso: un lento deslizarse en la bruma, en busca de la mejor forma de aproximarse a los pliegues inadvertidos de la realidad de todos los días.

El nombre de todos los sonidos del bosque, Santiago Craig. Tusquets, 160 págs.