La incertidumbre es dominante cuando intentamos reflexionar sobre posibles rumbos en las relaciones internacionales. No fue así cuando la Guerra Fría terminó. Entonces, al menos media docena de escenarios permitía entrever configuraciones internacionales que iban desde nuevos equilibrios de poder hasta múltiples bloques comerciales.
No obstante, en términos ideológicos casi todo quedó identificado en los años ‘90 con el patrón liberal-capitalista del ganador de la pugna bipolar y de la propia competencia entre capitalismos. Más aún, el mismo régimen de la globalización (el último orden internacional) fue impregnado con ese patrón.
Lo anterior es relevante en relación con la notable reducción de alternativas: el economista canadiense-estadounidense John Kenneth Galbraith solía referirse a ello cuando recordaba la pluralidad de ideologías socio-políticas que existía a principios del siglo XX y la carencia de ellas tras el orden bipolar.
Además, tampoco tenemos hoy filosofías de escala que nos formulen, como sucedía en el siglo XIX, un panorama totalizador o universal del porvenir. En general, hoy los enfoques de cuño filosófico están más fragmentados y tienden a centrarse en debates sobre las consecuencias del impulso tecnológico.
Ahora bien, más allá de la falta de conjeturas diversas y sistemas de ideas universales, ¿qué tenemos hoy en materia de certidumbres y tendencias en el mundo?
Tenemos un afianzamiento de las «cuatro G», esto es, guerra, geopolítica, globalización y geotecnología. Las dos primeras son realidades fragmentadoras, la tercera tiende a la colaboración y la última comporta ambas particularidades.
En relación con la guerra, es la principal regularidad de la historia y nada nos habilita pensar que dejará de serlo, pues las causas de guerras protohistóricas continúan vigentes en las guerras de hoy: desconfianza, poder, temor, querellas, ambición, capacidades, tratados infringidos, alianzas, por citar las que remarca el soldado e historiador ateniense Tucídides a lo largo de su influyente obra Historia de la Guerra del Peloponeso, escrita 400 años a.C.
El estudio de las causas lo llevó a decir que su escrito estaba predestinado a ser útil para «quienes deseen examinar la verdad de lo sucedido y lo que volverá a suceder teniendo en cuenta las circunstancias humanas».
La regularidad de la guerra se complementa con su cambiante naturaleza, es decir, ninguna guerra se parece a la anterior, puesto que las capacidades cambian, sobre todo hoy. Lo que sucede en el estrecho de Ormuz nos muestra esa condición: como sostiene el experto George Friedman, «en otro tiempo se requería una gran operación convencional de fuerzas terrestres, aéreas y navales. Hoy, Irán opera con drones y, como se ve en Ucrania, es muy difícil evitar esas operaciones».
Por otro lado, todo lo que sucede en el mundo parece explicarse desde la geopolítica, pero no desde una «geopolítica a la carta» sino desde la esencia de la misma, es decir, intereses políticos proyectados sobre territorios, con fines asociados a lograr ganancias de poder. En las «dos guerras y media» de hoy (Ucrania, Medio Oriente-golfo Pérsico y China-Estados Unidos) vemos esta lógica.
No hay ningún regreso de la geopolítica ni tampoco venganza de la geografía (otra «G»). Hay, sí, una categórica vigencia de ambas.
En relación con la globalización, aquí hay más intereses que buenas intenciones, claro, pero es la única situación en la que casi todos obtienen ganancias. De allí que nadie desea su ruptura, convirtiéndose entonces la globalización en un sucedáneo de aquello que hace mucho no tenemos, un orden internacional.
Pero la globalización es un fenómeno más frágil que una configuración pactada y acatada por grandes poderes, es decir, no tiene los recursos de un orden y puede colapsar rápidamente, por caso, si se expande uno de sus propios vicios: el arancelismo.
Por último, la geotecnología, es decir, el adelanto técnico indisociable de recursos de la tierra, implica fusión pero también fisión en la política mundial.
Por un lado, favorece la cooperación, pues afirma la conectividad global, el desarrollo de proyectos, entre tantos; por otro, es un factor de poder sin precedente, es decir, afirma la competencia entre Estados y la lleva a terrenos desconocidos, pues va quedando en claro que los modelos de IA pueden «trabajar por su cuenta», situación que pudimos apreciar estos días con el intento de intrusión de un sistema de IA de una compañía estadounidense en el sistema de otra (cabe recordar que la «emancipación» de la IA ya ocurrió en otras áreas).
Además, la tecnología generativa plantea otra emancipación: la de las corporaciones ante los Estados. Expertos se han referido al «momento tecnopolar». Sin embargo, del mismo modo que Henry Kissinger consideraba que no podía existir una estructura de inteligencia que estuviera por encima del segmento de inteligencia del Estado, es difícil que las compañías nacionales que desarrollan IA reten la autoridad (más que el poder) del Estado.
Es cierto, «no hay botón de apagado de la IA», pero el Estado legisla, financia, adquiere servicios y se asocia con aquellas para fortalecer la autoayuda en un mundo complejo donde el modelo de poder se mantiene muy por arriba del modelo institucional.
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