Patronato, barrio separado del centro de Santiago por el río Mapocho, es el punto de partida del laberinto que propone Álvaro Bisama, narrador chileno especialista en bordes y desbordes, con cierta fama de autor premonitorio: en octubre de 2019, el aquelarre descrito en sus relatos de Ruido y Estrellas muertas –publicados una década antes– se proyectaba en las calles literalmente encendidas de Santiago durante las protestas que jaquearon el modelo político de su país.
En las primeras páginas de Oráculo, vuelve a su geografía señalizada por localismos físicos y orales, de a ratos escarpados para un neófito. Con una opulencia adjetivadora que es parte de su tono, apela a los barrios de su obra previa, aunque una vez dentro de su elástico universo, avanzada la lectura, el paisaje deviene onírico, inabarcable.
Con el primer grupo de personajes –ciertos chicos dark que andan por las esquinas persiguiendo a un ángel– el barrio y la juventud parecen ser importantes. Pero dejan de serlo cuando los hechos llevan a una casa que existe fuera de las dimensiones convencionales: un umbral hacia otros tiempos y espacios. Aparece luego un tal Giordano; un lector que va encontrando en sus lecturas historias inconexas y, por momentos, hilvana algo de este torrente narrativo sin márgenes aparentes.
En una entrevista, el autor de Oráculo señaló la voluntad expresa de poner en juego ese contenido ramificado como “un mundo deformado pero posible, lleno de museos bizarros e inventados, de partes de la ciudad que se resisten a la luz, de tecnologías imposibles”. Ese universo regala perlas: las desventuras de un condenado a muerte que cuenta su vida buscando piedad, acampantes atacados por soldados zombis, un fanático de las ciencias naturales con zoológico propio: “Loros blancos que dormían sobre un césped de un rojo casi iridiscente o en una rama hecha de hueso ennegrecido, pingüinos raquíticos meciéndose lento cerca de una fuente de agua llena de chispas”.
Ubicuas podredumbres, ratas, alimañas, cadáveres, heridas supurantes, colgajos varios, proponen algo explícito, acumulativo, acaso infantil. Más que al gótico invocado en la contratapa del volumen remiten al gore y sus desmembramientos. Queda claro, y Bisama lo ha dicho: su objetivo en este libro era plantar narradores y voces cambiantes para que cada capítulo fuera “un relato autónomo, que se leyera como una pieza de un puzzle que el lector iba reconstruyendo”. Ocurre que al interior mismo de esas piezas también suele imperar la confusión. Hay, sin embargo, una contrafuerza poética notable en esa atmósfera caótica.
Oráculo consta de un conjunto de relatos cuya condición íntegra de novela –aun asumiendo la flexibilidad actual de la categoría– es dudable. Hay, sí, un mismo cosmos freak que admite todo ámbito, época, dimensión y personajes. Se otean ironías, referencias históricas, y hasta mitos reinventados, como la multiplicación del bíblico Jonás, transformado en muchos seres no humanos: “emergían de la boca del cachalote otras cuatro criaturas que habían dejado de ser hombres”.
Entre las alusiones implícitas, brillan detalles. En las últimas páginas, un astronauta ruso en soledad repasa su infancia, entre roedores y hormigas lunares, lo cual parece inspirarle un homenaje al Aleph, en clave poética y, aquí, en tercera persona: “Vio galaxias en llamas, puentes hechos de niebla sólida, motores del tamaño de Marte y flores que registraban los latidos del universo”.
Una foto blanco y negro de Paz Errázuriz –prestigiosa retratista chilena, reconocida por documentar las periferias que escondía la dictadura pinochetista– ilustra la tapa con algo más inquietante que monstruoso: alguien enmascarado entre otras máscaras posibles, en la siniestra escenografía del catch, ese entretenimiento circense donde los chicos, cada vez más adultos, vibran fanáticos y emocionados.
Oráculo, Álvaro Bisama. Seix Barral, 366 págs.
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