El músico italiano Ludovico Einaudi se presentará en la sala principal del Teatro Colón el 1 de marzo de 2027 con un concierto de piano solo.

Ludovico Einaudi ocupa un lugar singular en la música del siglo XXI. Nació en Turín en 1955, estudió en el Conservatorio Giuseppe Verdi de Milán con Luciano Berio, comenzó su trayectoria dentro del ámbito de la música contemporánea antes de desarrollar un lenguaje propio que combina procedimientos del minimalismo, la tradición pianística europea, la música cinematográfica y el ambient. Sus álbumes -Le Onde (1996), Una Mattina (2004), Divenire (2006), Nightbook (2009) y Seven Days Walking (2019), entre otros- lo convirtieron en uno de los compositores vivos más escuchados del mundo.

Admirado por millones de oyentes y cuestionado por parte de la crítica especializada, Einaudi se ha convertido en una de las figuras centrales del llamado movimiento postclásico, un territorio donde la música de concierto dialoga con la cultura audiovisual y las nuevas formas de escucha.

El músico italiano ocupa un lugar central en el paisaje donde conviven compositores como Max Richter, Ólafur Arnalds, Nils Frahm o Hania Rani: todos formados en la tradición clásica que dialogan con el ambient, la electrónica, el pop y la música audiovisual. A ese territorio se le dio un nombre: postclásico. Ninguno de ellos, sin embargo, alcanzó la proyección global de Einaudi: Experience, una de sus piezas más célebres, supera los 700 millones de reproducciones en las plataformas digitales.

"El público parece hipnotizado. Pero no hay nada que escuchar”, la frase devastadora la escribió Philip Clark en The Guardian cuando salió Seven Days Walking. Su crítica apunta al vocabulario reducido, "un inventario de secuencias armónicas genéricas y sin alma", diseñadas para "presionar botones emocionales”. Otras críticas no menos demoledoras, como la de Ben Beaumont-Thomas, acusa "una fantasía deshonesta y desconectada que no tiene nada que decir sobre cómo vivimos".

Pocos compositores vivos dividen tanto las aguas. Para millones de oyentes representa una experiencia casi íntima: la música que acompaña un duelo, una película, un viaje, una noche de insomnio o una tarde de lectura. Para buena parte de la crítica especializada, en cambio, su obra encarna todo aquello que la música de tradición clásica debería evitar: simplicidad armónica, repetición, sentimentalismo, eficacia emocional inmediata.

El fenómeno no es nuevo. Lo novedoso es la intensidad con la que vuelve la desconfianza en músicas que privilegian lo contemplativo por encima del conflicto y la resistencia.

Ludovico Einadi se presentará en un concieto de solo piano el 1 de marzo de 2027, en el Teatro Colón.

Ojo con los calificativos

Carl Wilson, en su libro Música de mierda, ofrece una herramienta para entender la recepción de este tipo de músicas. Su hipótesis es que muchas veces confundimos el análisis de una obra con el análisis de quienes la escuchan. En la cultura musical occidental persiste una ecuación tácita: complejidad equivale a calidad; dificultad, a profundidad; éxito popular, a superficialidad. Einaudi desafía precisamente esa lógica.

La paradoja resulta reveladora. Nadie cuestiona que la repetición sea el principio constructivo de Steve Reich o Philip Glass, los fundadores de la corriente minimalista; allí se la celebra como investigación sobre el tiempo, la percepción y la forma. Cuando esa misma repetición aparece en Einaudi, suele convertirse en sinónimo de pobreza compositiva. El problema, entonces, quizá no sea la repetición, sino el contexto cultural en el que se la escucha. Wilson invita justamente a preguntarse por qué un mismo procedimiento adquiere prestigio en un repertorio y desprestigio en otro.

Cuando Philip Clark escribió en The Guardian que en la música de Ludovico Einaudi 'no hay nada que escuchar', probablemente no estaba juzgando sólo a un compositor. Estaba defendiendo una idea del arte: aquella según la cual una obra sólo merece ese nombre si introduce resistencia, conflicto, ambigüedad y transformación en la experiencia del oyente. Pero, ¿qué ocurre cuando una época parece buscar exactamente lo contrario?.

Quizá el verdadero interés del fenómeno Einaudi sea que obliga a preguntarse si esa oposición sigue siendo válida en el siglo XXI o si nuestras formas de escuchar han cambiado más rápido que nuestras categorías críticas.

En una tradición crítica que va de Theodor W. Adorno a buena parte de la estética modernista, el arte encontraba su legitimidad precisamente en su capacidad para resistir la fácil asimilación. La obra verdaderamente importante debía oponer resistencia al consumo. Einaudi parece recorrer el camino inverso: su música ofrece hospitalidad antes que desafío.

Y, en cierto sentido, esta cuestión no es nueva. Entre las décadas de los '50 y '60, se consolidó el llamado easy listening: una música sin exigencias de escucha, concebida para acompañar. La música de Einaudi no pertenece a esa tradición, pero algunos críticos ven una afinidad parcial. Pero el hecho que se la designe como “postclásica” -una categoría estética y comercial más que histórica- desplaza el debate hacia otro terreno. La discusión ya no gira solamente en torno a la música misma, sino alrededor de las expectativas culturales sobre qué debería ser la “música clásica” y sus espacios de legitimación.

Ludovico Einaudi goza de una enorme popularidad. Es uno de los compositores vivos más escuchados del mundo.

Por otro lado, el fenómeno Einaudi también nos obliga a revisar nuestros criterios de escucha. Desde Beethoven hasta la Segunda Escuela de Viena, pasando por Stravinski o Ligeti, gran parte de la tradición occidental entendió el arte como una forma de resistencia. La obra importante obligaba al oyente a reorganizar su percepción. Había conflicto, sorpresa, ambigüedad.

La música de Einaudi rara vez pone en crisis la escucha en una cultura que privilegia, como advierte el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, lo liso, lo transparente y lo positivo frente a la negatividad y la resistencia. Más que preguntarnos qué dice su música, quizá convenga preguntarnos qué revela su extraordinaria popularidad sobre nuestra manera contemporánea de escuchar en una época caracterizada por la ansiedad y la falta de concentración.

Música atmosférica

En Ocean of Sound, Toop sostiene que, a fines del siglo XX, una parte importante de la música deja de organizarse como un discurso lineal para convertirse en un espacio habitable. Ya no se escucha una obra como quien sigue una narración con comienzo, desarrollo y desenlace, sino como quien entra en un paisaje sonoro. Durante buena parte de la tradición occidental, la música se entendía como un recorrido dramático.

El sonido deja de avanzar como un río para comportarse como un océano. En el río existe dirección. En el océano predominan las corrientes. Einaudi escribe muchas veces de esa manera. Le Onde, inspirada libremente en la novela de Virginia Woolf, es casi una ilustración involuntaria de esa idea. No hay acontecimientos decisivos que reclamen atención. Hay oleajes. Pequeñas modificaciones. Respiraciones. El oyente no sigue una historia. Permanece dentro de una corriente emocional. La pieza evoluciona mediante variaciones mínimas, pequeñas inflexiones dinámicas y un crecimiento casi imperceptible. No hay una dramaturgia de contrastes, sino una transformación lenta, semejante al movimiento del agua que le da título.

Ludovico Einaudi: su llegada no invalida el formato clásico; lo obliga a ampliar sus fronteras.

Seven Days Walking, proyecto de siete álbumes, está inspirado en caminatas por los Alpes durante el invierno. Un diario musical que evoca la transformación de un mismo paisaje. La naturaleza también es protagonista en Nuvole Bianche, Una Mattina o Divenire.

En esa deriva puede encontrarse una de las claves de su extraordinario éxito, pero también el núcleo de una crítica recurrente: cuando la música privilegia la continuidad por encima del acontecimiento y la serenidad sobre la fractura, corre el riesgo de convertir la emoción en un estado uniforme. No es casual que George Steiner asociara la perdurabilidad de las grandes obras con su capacidad de contener contradicciones irresueltas: aquello que permanece vivo en el arte es lo que resiste una interpretación definitiva.

Cuando Erik Satie imaginó su "música de amoblamiento" en las primeras décadas el siglo XX, soñaba con un sonido que dejara de reclamar atención para integrarse naturalmente al espacio cotidiano. Un siglo después, Einaudi parece ocupar un lugar paradójico dentro de esa genealogía. Sus obras no fueron concebidas como música funcional: poseen melodías definidas, una clara intención expresiva y una arquitectura emocional cuidadosamente construida. Sin embargo, la cultura digital las ha convertido en banda sonora del trabajo, la lectura, el descanso o la concentración. ¿Einaudi escribe “música de amoblamiento” o es nuestra época la que aprendió a habitar la música de ese modo?.

A pesar de las objeciones de parte de la crítica, el músico es parte del catálogo de Deutsche Grammophon, el sello que durante más de un siglo definió buena parte del canon discográfico de la música clásica y tiene a Martha Argerich entre sus artistas más emblemáticos. Su presencia allí -como la de Max Richter, Ólafur Arnalds o Hania Rani- revela un cambio más profundo que una simple estrategia comercial: las grandes instituciones de la tradición clásica comenzaron a reconocer un repertorio que dialoga con el cine, el ambient, el pop y las nuevas formas de escucha.

La presentación de Einaudi en el Teatro Colón -con las entradas de preventa agotadas en menos de un día- confirma esa transformación. Su llegada no invalida el legado clásico, pero sí lo obliga a ampliar sus fronteras. Más que la consagración de un compositor, el concierto parece escenificar un cambio de paradigma. Se verá el 1 de marzo próximo.